Asedios de (y hacia) Kafka

Geovannys Manso Sendán

En su ensayo “La literatura timorata”, Claudio Magris nos advierte:

“Con los buenos sentimientos, decía Gide, no se hace literatura. No hay en efecto artista que, temeroso de que se le considere edificante, no predique la transgresión en lugar de invitar a observar los mandamientos o la moral kantiana. De hecho, la literatura mantiene raras veces la promesa de vérselas con el mal del que la realidad está impregnada igual que el aire de las ciudades de contaminación, y de expresar los sentimientos malignos que anidan en el ánimo, volviéndolo sucio y opaco como el cuello de una camisa que no nos hemos cambiado”.

Precisamente, realidad contaminada y esa promesa que raras veces mantiene la literatura de vérselas con el mal, son, a mi juicio, dos de los ejes distintivos de Los graduados de Kafka, libro de cuentos que bajo el sello de Ediciones Vigía nos entrega Jorge Ángel Hernández, luego de haber casi iniciado —mucho tiempo atrás— su destino literario en este género con Hamartia, texto reeditado por la Editorial Capiro, en una edición menos renacentista, y sí, más contemporánea, para beneplácito de sus lectores.

Conformado por 15 historias, Los graduados de Kafka refracta de manera ambigua y contrastante una realidad siempre contaminada por el ASEDIO que sufren y padecen sus personajes.

Este asedio, no siempre visible, no siempre explícito, genera no solo conflictos singulares, sino también, atmósferas densas, crepusculares, dotando a estas historias de inimaginables reversos que propician lecturas tan disímiles como el destino de cada uno de ellos.

Tal es el caso de cuentos como “Predicciones”, donde sus personajes se ven asediados por el engaño que supone la realidad finita, pues un tercer hombre tensa los hilos de unas marionetas que sin saberlo, prolongan un juego de círculos concéntricos, de realidades que se expanden.

En “Las bromas de Kundera”, la realidad se contamina por el asedio del “otro”, cuando la relación de un maestro y su discípulo se enrarece bajo las pasiones crecientes —siempre literarias, siempre en torno a Kundera— de este último.

Así, cada historia genera sus asedios que, a su vez, generan implosiones, definen el ritmo, clausuran imágenes, aceleran o desaceleran la trama de una u otra historia.

Otro rasgo destacable es el contraste que se establece entre muchos de estos cuentos.

Mientras “Odelí” nos adentra en el oscuro vínculo que desarrolla esta mujer con sus amantes, donde una voz amparada en su introspección va desandando vericuetos siempre frustrantes, siempre apocalípticos, como si mirara con frialdad de femme fatal a una cámara que graba con parsimonia su declaración, “Última agonía de la garza” nos ofrece su dramatismo explícito, pleno de acciones y personajes, pleno de diálogos y causalidades.

También encontraremos historias cuyos hálitos fantásticos, ambientes oníricos, o la aparición de seres que en “Canalizo” dialogan en el texto, nos hacen preguntarnos si todo lo leído  —luego de advertir la posible trampa— no ocurre únicamente en la subconciencia del protagonista.

Así, cuento tras cuento, historia tras historia, Jorge Ángel va creando un tapiz policromado donde el mar (otro asedio que deben sortear muchos personajes) se torna él mismo protagonista, pues esa cruel realidad que hemos vivido los cubanos, la del exilio a cualquier costa, quiero decir, a una única costa, reaparece más de una vez. Siempre, hay que advertirlo, ese mar —como la Historia que a todos nos rebasa en hechos— los asfixia, los traga, los engulle sin miramientos, de ahí el espíritu trágico que trasudan sus páginas. Pero ojo, esta tragedia aparece matizada por un sutil manto poético, como sucede, efectivamente, en “Penélope, la actriz”, último cuento de este libro fascinante.

En todos sus libros, o en casi todos, Jorge Ángel ha sabido revisitar, entre guiños irónicos y corrosivos, ciertos mitos que provienen de su inmenso caudal de lecturas. Aquí, son varios los que sirven de pretextos, de subtextos, o paratextos, de sustrato o de elipsis en la construcción de sus tramas. “Tamar”, a qué dudarlo, nos retrotrae a la historia bíblica, pero cada revisitación nos llega reconvertida, contemporaneizada de forma singular, sugestiva, provocadora.

Al leer Los graduados de Kafka, corroboramos que “tal vez una mirada despiadada sea hoy más necesaria que nunca, en un momento en el que se han desmoronado las ilusiones de las grandes filosofías de la historia, persuadidas como estaban de que las contradicciones de la realidad traerían aparejadas en sí mismas su propia superación y conducirían en cualquier caso a un progreso ulterior”.

Esa mirada despiadada de Los graduados de Kafka, sin ambages, sin edulcoraciones secundarias, esa mirada que hurga en la llaga de la condición humana, en esa condición díscola, que a ratos nos emparenta con la bestia, nos seduce por su pulcritud; por advertir, tras cada párrafo, la mano vigorosa de un narrador que nos sabe arrastrar hacia un cauce turbulento, pleno de barro, pero donde podemos extraer, sin lugar a dudas, esa piedras luminosas que todo río arrastra consigo.

Quizá por ello: “Todo libro verdadero se mide con la demonicidad de la vida”.

Este libro se enfrenta a sus demonios, que son, a fin de cuentas, demonios que nos asedian por igual a todos nosotros, y lo hace a sabiendas de que, en este enfrentamiento, la pregunta última de Tamar alcanza su mayor esplendor: “¿Y nosotros, nos entregamos al conflicto, o nos lanzamos al amor…?”

Sin duda, una pregunta tremenda, con la cual los invito a acercarse, a hojear e intentar dilucidar este regalo entrañable que nos hace Jorge Ángel Hernández…

Santa Clara, febrero 26 de 2009

Publicado en: La Jiribilla, url: http://www.lajiribilla.cu/sumario/ellibro.html>

 

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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