Caracas, el descubrimiento de una ciudad

Crónicas de un viaje a Venezuela
Arístides Vega Chapú

El sábado 16 de julio tal y como me habían asegurado, un taxi me fue a recoger al Hotel Península, en Punto Fijo y me trasladó, en cuatro horas de viaje, hasta el aeropuerto de Maracaibo, de donde volé a Caracas a las nueve y cuarenta y cinco de la mañana.
Pero antes de saber que sería a esa hora mi vuelo, de tener el boleto en la mano, viví un momento difícil que puso a prueba mi equilibrio.
Me habían dicho que yo tenía que llegar al aeropuerto y preguntar por la línea aérea Santa Bárbara, posteriormente preguntar por una señorita que sería la que me entregaría mi pasaje.
A la primera pregunta me respondieron que allí no operaba esa línea aérea. A la segunda pregunta que no trabajaba ninguna señorita con ese nombre y a la tercera, ya evidentemente desesperado, me confirmaron que a nombre mío no había ningún pasaje reservado con destino a Caracas.
A esa hora pensé que el taxista me había llevado para un aeropuerto equivocado. Estaba en un lugar desconocido, sin recursos para hacer una llamada, sin conocer a nadie que me pudiera sostener mi equipaje para moverme con soltura y poder resolver, no imaginaba entonces de qué forma, mi situación.
Miré hacia todos lados y en el primer peldaño de una escalera cercana a donde me encontraba había un guardia de seguridad del aeropuerto. Le expliqué lo que me pasaba y le pedí que por favor me pasara un mensaje a Iris Villamizar para que supiera en la situación en que me encontraba.
El guardia con amabilidad me hizo el favor, pero a mi no me fue suficiente esperar una respuesta desde Caracas y pedí hablar con el gerente de la compañía aérea que asumía allí los vuelos nacionales.
Apareció una persona joven que escuchó mi cuento completo para al final, cuando ya me faltaba la voz de la tensión, dijo con absoluta naturalidad: ah usted es el cliente que estábamos esperando, lo que a mí no me dio tiempo comunicarle a la compañía que usted volaría con nosotros, por eso su nombre no aparece en el listado de viajeros.
Después de ese susto aterrizar en Caracas, donde nos encontraríamos de nuevo todo el grupo, fue de alguna manera el anticipo de la alegría que propiciaría unos días más tarde, a nuestro regreso a Cuba, el encuentro con la familia.
El lunes dieciocho de julio dedicamos todo el día a rendir el informe de nuestro trabajo al CENAL. La noche anterior, en la habitación que compartía con Reinaldo Medina, nos habíamos reunido todos para redactarlo. Estábamos seguros todos de haber hecho lo mejor, de haber trabajado intensamente en cada ciudad que visitamos. Nuestros informes personales lo detallaban.
José Manuel Espino, quien desarrolló su trabajo en Caracas organizó el martes diecinueve de julio una lectura de todo el grupo en el Museo Boliviano, a un costado del edificio que ocupa la sede de la Asamblea Nacional. Se contaba con la asistencia de los participantes en los talleres realizados en Caracas quienes ese día recibirían su certificado de asistencia al mismo. Fue justo el día en que conocí personalmente a Gonzalo Ramirez, que asistió a la actividad.
De la lectura salimos a caminar y luego de frustrarse un sitio al que me había invitado a tomar cervezas y estaba cerrado encontró una segunda opción y estuvimos bebiendo y conversando hasta pasada las nueve de la noche y Gonzalo me acompañó a la estación del Metro más cercana para que me trasladara hasta el hotel, que tiene la ventaja de tener, justo en una de sus esquinas una estación, por lo que es muy fácil y cómodo trasladarse a través de esta vía desde el hotel hacía cualquier sitio de Caracas y viceversa.
El miércoles 20 de julio con la entusiasta Iris Villamizar al frente y acompañado por Medina, Mónica y Fefi, fuimos al Sistema Teleférico Waralrarepano, que asciende hasta el Pico de Ávila, 2, 140 sobre el nivel del mar, según hace saber una tarja del abandonado Hotel Humbolt, un impresionante edificio de doce o quince plantas que uno encuentra al ascender al pico, junto con varios puestos de venta de comidas ligeras, flores y suveniles y miradores que funcionan echándole una moneda.
Es impresionante la altura que alcanzan las cabinas en las que uno viaja y desde donde puede verse Caracas, tal y como si se tratase de una maqueta. Tan hermoso es el paisaje que se puede observar desde las cabinas del teleférico como el que uno se encuentra en lo más alto del Pico.
El jueves 21 de julio a sabiendas que era mi último día en esta ciudad traté de aprovechar el tiempo visitando, muy temprano en la mañana, el moderno y confortable edificio del Teatro Teresa Carreño. A pesar de tenerlo frente al hotel, desde el que hay un puente aéreo hasta el teatro, no había tenido tiempo para recorrer sus amplios salones de estar, sus varias salas e instalaciones como una muy surtida tienda artesanal con precios que solo eran posible mirar de lado.
Más tarde fui con Yunier Riquenes, Lenmen Pérez, Mónica Gómez y Fefi Quintana al Museo de Artes, detrás del teatro, que atesora valiosas obras de arte moderno y experimental. En su sala transitoria se podía disfrutar de una muestra de arte moderno de México en el que pude admirar, por primera vez, de fotos originales de Tina Modotti, a la que solo le conocía su fotografía de Julio Antonio Mella.
De allí hicimos un rápido recorrido por el Museo de Zoología, en un edificio muy cercano al del Museo de Artes, cuyo atractivo principal eran unas víboras venenosas que todo el tiempo simularon estar dormidas, según la cuidadora porque es su manera de contrarrestar el estrés que le ocasionan los visitantes y una jirafa tan alta que me pareció de atrezzo.
La tarde la dediqué a visitar el Museo de Arte Contemporáneo. Una impresionante colección que a pesar de haber perdido varias obras, según me contaron, cuando pasó de colección privada a un museo estatal, que incluye varias firmas fundamentales del arte moderno universal como Picassos, Boteros y Marc Chagall. Con una curaduría muy interesante y atractiva basada sobre todo en la iluminación de las salas y en particular de las obras que se muestran.
El viernes 22 de julio apenas nos alcanzó la mañana para terminar de recoger nuestro equipaje. El poeta Gonzalo Ramírez estuvo a tiempo para despedirnos. Salimos a fumar a la fuente que está a la entrada del hotel. Conversamos sobre poesía, sobre los poetas que más cerca hemos querido estar. Conversaba con Gonzalo y me llamaba la atención lo cercano que me sentía de él, al punto de parecerme un conocido de muchos años. Un amigo de siempre. Almorzamos juntos en el hotel y nos dimos el abrazo de una despedida que ambos sabemos será solo por un tiempo.
Sobre la una de la tarde nos trasladaron hacia el aeropuerto. La amiga Iris Villamizar nos acompañó. Fue de la única que tuvimos que despedirnos.
Los cerros y sus casitas de colores vivos; azules, rosadas, amarillas. Las avenidas llenas de autos, las casas de colores y detrás los cerros verdecidos por las lluvias que han caído en estos meses. Un cielo tan azul como el de mi cielo. Es el último recuerdo visual que guardo de Caracas.
Confronte además:
Caracas, una ciudad por descubrir
Del poeta César Seco, Punto Fijo y de otros poetas aparecidos en la conversación
En Punto fijo, con mi amiga Lily Rodríguez
La ciudad de las casas de barro

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en Cromitos cubanos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s