Jorge Ángel Hernández
De vez en vez, llegan versos que sacuden las faenas cotidianas. Molestos, incómodos, impertinentes como el niño que reclama atención a toda costa, obstruyen el buen suceder de los deberes, ponen en riesgo compromisos contraídos, solo para que uno ceda y los apunte. Hasta ese instante son modestos, se conforman con verse en solitario, entre líneas de verso.
Para después, me digo, y los dejo en la gaveta, en archivos que, después, se olvidan. Cuando pasa el tiempo, y uno pretende armar un poemario, o cuando se busca un texto por cualquier motivo inesperado, esos versos emergen de la nada, con reproche silencioso y una modesta espera. Así he escrito varias décimas que se han quedado solas, esperando el azar que las sacuda de nuevo. Al cabo del tiempo la compañía no aparece y tienen que labrarse por sí mismas el camino. Esta que traigo hoy a Ogunguerrero es una de ellas.
EL SUSTO DE NO AMPARARME
¿Qué tengo, si no esta vida
que se quiebra ante el espejo?
¿Qué si no el duro consejo
que soporto en la embestida?
¿Qué salvo, si no la herida
cotidiana de no hallarme?
¿Qué verso vendrá a raptarme
de tanto alud de grafito?
Ah, la pobreza del mito.
Ah, el susto de no ampararme.
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