El primer día que visitamos a papá

Laura Labañino Palmeiro

(hija de Ramón)

Cuando hablamos de los momentos más

Laura Labañino Palmeiro (hija de Ramón) en diálogo con los lectores de la redacción digital de Juventud Rebelde Foto: Raúl Pupo

duros de nuestra vida sin mi papá es imposible dejar de mencionar las visitas a las prisiones en territorio estadounidense.

En este momento que me pides una anécdota, pues me viene a la mente la primera visita en Beaumont, Texas, una prisión de máxima seguridad en la que mi padre cumplió los primeros años de su condena. Recuerdo que mi hermana menor tenía 5 o 6 añitos, yo tenía 10 y mi hermana mayor 14. Esta era la primera vez que nos enfrentábamos a semejante situación. Solo por un momento, imagínate, tres niñas con dichas edades, una madre joven en un país extraño, desconocido, y por demás del que siempre solo has escuchado cosas negativas.

Bueno, ya dentro de la prisión llegaba un momento bastante complicado, las revisiones. Las tres niñas y la señora se disponen primeramente a llenar las planillas con datos generales que piden a la entrada (nombre, carne de identidad, numero de teléfono, lugar de residencia), al entregar la planilla se deben dar también los pasaportes, esperamos alrededor de 20 o 30 minutos a que nos analicen, luego nos llaman y nos sometemos al proceso de detección de metales, drogas, cacheo y demás. Hay una parte, muy interesante de todo este proceso, y es un cuñito transparente a la vista, que solo puede ser visto con luz ultravioleta, el cual se le pone a todos los visitantes, con el objetivo de poder diferenciar al familiar del preso… bueno, luego de todo ese proceso, mi hermanita menor, Lizbeth, intranquila como cada niña de esa edad, recibe un fuerte regaño de parte de uno de los guardias, esas personas que desde la perspectiva de la niña son grandes, gordos y suenan como cencerros por la cantidad de cadenas y llaves que llevan colgados de su cintura.

Luego del susto correspondiente, nos dirigimos a entrar al interior de la instalación, cuando otro de los guardias regresa a mi hermanita Lizbeth a la entrada principal, ya que, según sus consideraciones, el sello transparente no se veía bien, y debían colocárselo correctamente para que no hubiese ninguna situación desagradable a la hora de la salida (supongo que para no confundir a la niña pequeña con ninguno de los presos).

Este incidente provocó un susto tremendo en mi hermanita menor, hasta creyó que no podía conocer a ese hombre del que mi mamá llevaba años hablándonos. Por suerte no ocurrió nada, y el encuentro se dio sin problemas. Emociones miles en ese momento, aunque al principio mi hermanita no lo reconoció y hasta lo rechazó durante los primeros 20 minutos de visita, pero para sorpresa de todos, luego de ese primer momento de miedo, todo se transformó en amor, cariño y besos y recuerdos y momentos agradables.

Espero que esta, nuestra primera experiencia en visita a mi papá, te haya resultado útil, aunque a muchas personas le pueda resultar un poco fuerte escucharlo o leerlo, ha sido uno de los momentos más felices de mi vida, cuando convertimos una sala de visitas en una prisión de máxima seguridad, en una playa, con juegos y diversiones, y los hombres gordos y ruidosos no son más que salvavidas y animadores del centro recreativo donde nos encontramos.

Esa es la idea, la versión de los hechos reales que nuestro padre nos hace creer en cada visita, a demás de siempre recordarnos que esta será la ultima, porque la próxima es en nuestra Cuba, con un cerdo asado, y muchos chicharrones.

Nota de Ogunguerrero: he extraído esta anécdota de la conversación que sostuvieron este jueves Laura Labañino Palmeiro (hija de Ramón) e Irma González Salanueva (hija de René), con los lectores de Juventud Rebelde, desde su Redacción Digital.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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