Dos poemas de Criaturas finitas y contables

CONVERSACIÓN CON EL ÚLTIMO TURISTA

Esta muchacha no es,
no lo supongas,
una flor,
silvestre en las resacas del neón y los autos.
Sus manos
fueron duras ayer
mientras se hundían en los raudos menhires
que horadaban sus noches,
sus tardes de estudiante
dispuesta a no aburrirse.
Sus dedos, es verdad,
fueron pétalos amplios al pie de tus sudores
y su boca un espejo de corolas abiertas.
Pero no es, a fin de cuentas, una flor;
aunque el viento le suba por la sed de sus ramas
y la nostalgia de un futuro soñado e improbable
se detenga en la sombra de sus curvas
a denostar
las malas incidencias de la vida industrial
y el desarrollo.
No es,
aunque tus buenas gestiones lo supongan,
un gajo parpadeando en la humedad del susto
ni,
siquiera,
el tallo que una vez arrancamos a punto de un regalo.
Esta muchacha socorre sus vestigios
bajo una infiel metamorfosis,
alucinante en los descargos de esos mitos que usurpa
para que usted los colecte y los exhiba
allá en sus emociones,
allá en sus desesperos,
allá en sus inclementes jornadas cotidianas.
Esta muchacha no es, en realidad,
una flor
embrujada sin prisa en el asfalto del trópico,
deslizándose apenas tras el arduo rocío
que usted le va hermoseando.
Ella sabe,
supóngalo al dedillo,
que es una obrera más
tascando paso a paso la fe de su jornal;
que labora en las márgenes del alma cotidiana
para acercarse algo más a ser feliz.
No vende su existencia,
ni su amor  —hechizado o pragmático, no importa—,
ni su pobre moral o su conducta;
ella vende su libre condición de fuerza de trabajo,
su magia elemental,
su habilidad
adquirida en los días de no aburrirse.
Ella no es,
no lo supongas,
una flor
plantada en la soberbia de tus sueños;
y usted,
por consiguiente,
no debe presumirse un jardinero.

LA JINETERA

Hemos venido a renacer junto a la luz y el humo.
Bajo los autos ingentes
la soledad se pliega al esplendor.
La belleza nos grita que ya no habrá futuro,
que el presente es un monstruo,
veloz y retorcido,
un lúcido artefacto
de los más vivos efectos especiales.
Haremos nuestro pan con la materia del cuerpo.
Ya no importa la brisa
ni las noches
ni la emoción de aquel que nos desprecia.
Nuestra senda se acuna en la vigilia,
en el orgullo,
en la fe de no ver que hay un abismo.
No hay soledad
si mañana dispongo de otros dones,
si nadie en realidad me ha despreciado,
si cada noche renazco en la virtud del cuerpo.
Hemos venido a crecer junto a la noche,
a saber que nos aman,
limpiamente,
pues no somos de lujo
sino única,
exclusivamente hermosas, instruidas,
casaderas ingenuas,
guerrilleras del tiempo y de la luz.
Nuestra vanguardia ha cundido los hoteles,
ha traspasado las filas enemigas (del dólar y el mercado).
No hay soledad en nuestros ojos.
La victoria nos sigue a todas partes,
a Trieste o a Madrid,
a Murcia o a Estocolmo.
Hemos venido a renacer:
nadie lo advierte.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a Dos poemas de Criaturas finitas y contables

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