La vida después del neoliberalismo

Jorge Ángel Hernández


En su libro Socialismo siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?, [Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009. (160 pp.)], el sociólogo argentino Atilio Borón asegura que “el reverso del desarrollo del capitalismo en las metrópolis es el subdesarrollo en la periferia”. Por consiguiente, añade, “las condiciones económicas, sociales, políticas, militares e internacionales que permitieron el tránsito del subdesarrollo al desarrollo por la vía capitalista a lo largo del siglo XX desaparecieron por completo”. El carácter relacional del concepto de subdesarrollo queda con frecuencia hundido en la presentación de las estadísticas de crecimiento, o decrecimiento, de la economía. Son estrategias que la burguesía nacional latinoamericana ha utilizado para reacomodar, en el nuevo panorama neoliberal, el incremento de las desigualdades y la reinstalación de democracias que debiliten al Estado y potencien los procesos de privatización.
El creciente proceso de privatización sostenido por el gobierno de Alan García en Perú, por ejemplo, se sustentó sobre la base de los datos de crecimiento económico y la disminución de los siempre altos niveles de pobreza. Su ideología consistía en descartar todo aquello que reclamara el derecho de las masas al bien público. Con la atinada propaganda del Consorcio PRISA, llamó a este derecho “telarañas ideológicas”. Disfrazaba así su propia red de telaraña ideológica a través de la alta demanda internacional de los productos que exportaba y del elevado precio que estos alcanzaron en el marco de la crisis global del sistema. El volumen de las exportaciones peruanas creció, de enero de 2009 a septiembre de 2010, de 1556 millones de dólares corrientes, a 3326. Con más volumen, aparecen en el Boletín estadístico de la CEPAL México, Brasil, Chile, Argentina, Venezuela y Colombia.
El Estado, visto ya por Marx y Engels como un mecanismo de dominación clasista, se reacomoda no solo en esa su condición primaria de maquinaria garante del dominio de quienes no poseen los medios de producción, sino como instrumento mediador, financiero, político y cultural, entre los monopolios y las clases subalternas, incluida la venida a menos clase media. Esta, ha sido voluntariosamente timada por la ideología del liberalismo económico, y se ha portado tan bien, que aún colabora para conseguir acuerdos que atenúen su estatuto subalterno. En este proceso de dominio y colaboración incondicional del imperialismo neoliberalizado con la clase media, juega un papel fundamental el uso tradicional de la Teoría sociopolítica, dependiente de la naturalización del Estado de Derecho realmente existente, es decir, el Estado que defiende y detenta el derecho de la dominación clasista.


América Latina se halla en el vórtice de un proceso de reacondicionamiento de las estructuras de dominio, las cuales dependen de que los mecanismos de comercio extraccionista se sostengan sobre bases políticas afines con el liberalismo. Los ideales acerca de la libertad individual sustentan también esta estrategia. Se esgrimen declamatoriamente, manejados sobre bases de estereotipos culturales antes que en perspectiva analítica.
En esta línea surge también la tendencia neosocialista que pide el debilitamiento del Estado y la introducción de mecanismos burgueses de disuasión de poderes. La libertad individual de participación económica debe generar no solo procesos de crecimiento económico sino además niveles reales de desarrollo, a diferencia de lo que ha ocurrido en las naciones latinoamericanas. Es lo que se desprende de sus paquetes de propuestas. La experiencia de la Europa del este es ejemplar para no confiar en el sustento teórico de tales buenas intenciones. El sociólogo ruso Boris Kagarlitski considera que, en su país, esta actitud fue una ingenua manera de ceder al capital todo el dominio económico, social y cultural.
No creo, por mi parte, que sea tan ingenua la actitud. Ni antes en Rusia ni ahora en el contexto latinoamericano. Y no se trata solo de Cuba, Venezuela y el ALBA, sino de los procesos eleccionarios convencionales que ponen también en riesgo las garantías crecientes de la privatización. Estos van demostrando que cada vez permanecen menos los índices de credibilidad del votante —y hablo de votante y no de ciudadano, ni de pueblo— y que se reclama, además, un Estado capaz de socializar la riqueza de la que los monopolios se apoderan. Falta, por supuesto, que la sociología política se quite el camisón de fuerza de los estatutos democráticos, con la aceptación de las estadísticas de crecimiento como sustento legitimador, para que pase a deslegitimizar los mecanismos del sistema antes que las particularidades de los mandatarios.
La vida después del neoliberalismo no está determinada ni por los clamores democráticos de la teoría política, ni por el flujo estadístico de crecimiento, ni por los esplendorosos desarrollos que figuran las empresas privadas, sino por el papel que los Estados emergentes jueguen en su relación con la sociedad horizontal, por la capacidad que demuestren para fortalecerse en el periodo de transición. Así, se podrá acceder al primer requisito: dejar atrás la lógica cultural capitalista.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a La vida después del neoliberalismo

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