De la serie 50, su final y el futuro del beisbol cubano

Jorge Ángel Hernández

AIN FOTO/Osvaldo GUTIERREZ GOMEZ

Mientras se acercaba a su final el periodo clasificatorio de la serie número cincuenta del béisbol cubano, un temor sacudía a la opinión pública: quedarían fuera los equipos “grandes”, como Industriales y Santiago de Cuba. Luego, otro “grande”, Villa Clara, que había clasificado trabajosamente, fue eliminado contra todos los pronósticos. Y así también Sancti Spíritus y Habana, con sus trabucos de bateo y pitcheo, respectivamente.
Hay, pues, más allá del natural fanatismo de simpatizar y apoyar a un equipo, una actitud de supeditación cultural que se incorpora a la conducta general y, por consiguiente, a la opinión pública. Sin propósito acaso, repetimos estructuras que tienden

a perpetuar hegemonías, como ocurre en el deporte en el mundo, dominado por el peso del rating. Es cierto que, atendiendo a resultados históricos, estos equipos impresionan por su trayectoria, por sus números y, desde luego, por las figuras que han elevado el nivel de la pelota cubana en el ámbito mundial. Pero también lo es que estas provincias han sumado a la tradición un apoyo igualitarista, no diferenciado, que, como se sabe, perjudica a los menos beneficiados históricamente. Un grande incluido en la final, Pinar del Río, recibió en su momento la ayuda que necesitaba para desarrollarse, para dejar de ser la Cenicienta. Y demostró que si esto ocurre, los talentos llueven y el colectivo crece. Y crece,

foto: Ismael Francisco (Cubadebate)

desde luego, el equipo, o los equipos Cuba.
De cualquier modo, las estadísticas no dicen la verdad si se manejan en bloque: deben ser analizadas también cualitativamente. Por ejemplo, ¿contra qué equipos, y en qué horarios y estadios, se han llevado a cabo las frecuencias de cifras con que la calidad de grande se ha otorgado?
No quiero entonces llamar la atención acerca del futuro campeón, sino del futuro del béisbol cubano. En concreto, sobre prácticas institucionales que frenan la igualdad de oportunidades y, con ello, un más reñido campeonato, donde no haya equipos “monas” frente a equipos “grandes”.
Las normas actuales facultan a las direcciones provinciales a negarle el derecho de jugar en la serie a los atletas que no han escogido para el equipo, hasta donde sé, sin intervenciones de la Comisión Nacional que puedan paliar las sistemáticas injusticias. Si las provincias compiten entre sí, es lógico que en sus decisiones el regionalismo pese y, por tanto, no permitan a otras que se fortalezcan con “sus” peloteros, es decir, atletas de los cuales se apropian. Desde el punto de vista de la relación entre la política estatal y la práctica institucional, se aprecia una contradicción, en tanto el apoyo y las oportunidades de la Revolución al deporte se establecen para todos y en cuanto las provincias cuentan con la posibilidad de sectarizarlas a su antojo. Es algo que debe resolverse más allá de la buena voluntad.
¿No se pudiera exigir a los clasificados, para arriesgarme con una sugerencia, que concluyeran su nómina antes que el resto, para que aquellos peloteros valiosos, cuya juventud y plenitud física pasan irremisiblemente, queden disponibles para los equipos más débiles? ¿No se pudiera reglamentar esa elección teniendo en cuenta, además de la cuestión regional, la necesidad real del equipo que reclama al pelotero?
Si los sotaneros habituales pudieran incluir en su nómina, por soberanía de elección, a jugadores que a fin de cuentas van a quedar fuera, sus equipos se fortalecerían y el nivel de la serie ascendería, poniendo cada vez más difícil la clasificación expedita de los “grandes”. Ello, conllevaría incluso a estos equipos de mejores resultados históricos a rendir más sistemáticamente, mientras su afición los sigue paso a paso, y a no confiar en que al final apelarán “al peso de la camiseta” para salir por los pelos a la clasificación. Una serie reñida obligaría además a los mentores a aplicar estrategias y variantes diversas y le exigiría al atleta una preparación constante, imprescindible para elevar el rigor del juego diario.
La reglamentación en el pitcheo, por su parte, no es una opción, sino una necesidad, que cuida al mismo tiempo al béisbol y al atleta. Debe tenerse en cuenta que, en calidad, es decir, en proyección futura, la victoria es más efímera que el deporte, aun cuando parezca que la meta sea ganar. Lo visto en la final demuestra, por el contrario, que la obsesión por la victoria destruye la estrategia y, con ella, el brazo y el record de los lanzadores. En el terreno, como sabemos, no se gana por nombre, sino por un buen juego.
Por último, a propósito de este lugar común y como una cuña a esos patrones de opinión que mal conducen a una afición tan especializada como la cubana, y que peor la representan, quiero llamar la atención sobre la pobre calidad analítica de nuestros narradores deportivos, hoy por hoy el punto más flaco de nuestras series nacionales. Apena escucharlos repetir frases insulsas como “Esto no se acaba hasta que se acaba”; “Es el terreno el que dice la última palabra” o “El importante primer out”, entre muchas, muchísimas otras que tientan a presionar con indeseada rabia en el botón de mute. Tampoco demuestran haberse preocupado por el desempeño de la serie más allá de los juegos que ellos mismos han narrado, como si parte de su profesionalidad no estuviese en el acto de indagar como han marchado los equipos, con sus jugadores, cuyos partidos van a describir. Por suerte, los estadísticos les salvan las castañas una y otra vez.
Me gustaría que no se hiciera mute ante ideas, y soluciones concretas e inmediatas, que permitan que nuestro béisbol crezca, y se rejuvenezca, en calidad futura. Y, si se me permite ironizar una vez más con el lugar común, aunque no gane el mejor, el “grande”, que gane el que mejor se desempeñe, o sea, el que gane.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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