Ernesto Sábato: la noticia es el riesgo de la especie, no su muerte

Jorge Ángel Hernández

Avocado al siglo de existencia, el gran escritor Ernesto Sábato ha fallecido. Poco tiempo atrás, estuve leyendo su libro La resistencia (Sex Barral, 2000/2001). Son cinco cartas, con un epílogo, donde una vez más demuestra sus posibilidades como ensayista, filósofo, narrador y poeta. Me apropié de una de sus sentencias para usarla como exergo de mi próximo ensayo, Sentido intelectual en Era de globalización mecánica, en fase productiva por Ciencias Sociales.

“Hay días —dice la frase con la que inicia el libro— en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos.” Y continúa: “me he puesto a escribir casi a tientas en la madrugada, con urgencia, como quien saliera a la calle a pedir ayuda ante la amenaza de un incendio, o como un barco que, a punto de desaparecer, hiciera una última y ferviente seña a un puerto que sabe cercano pero ensordecido por el ruido de la ciudad y por la cantidad de letreros que le enturbian la mirada”.

Perseguí sus libros. Varias veces he leído Sobre héroes y tumbas, en su edición de Casa de las Américas. Perdí, sin embargo, mi ejemplar de Uno y el Universo, por un acto impotente de despecho. Quería, y creía castigar a una persona que amaba, quien competía conmigo en la adicción al libro. Si lo vendía al postor que había estado sonsacándome con precios tentadores, me dije, sufrirá. Y lo sufrió, por supuesto, hasta los días de hoy, aunque también yo lo sufro cada vez que el recuerdo lo reactiva, casi dos décadas después. No me gusta, le dije, cuando no lo encontró en el anaquel privilegiado en que lo conservaba; es una retahíla de frases para impresionar. Ella sabía que no le hablaba en serio, que mentía con descaro y desafío, así que sonrió, ocultando las ganas de insultarme, y se tragó el reproche trabajosamente. De mala gana, a fin de cuentas, nos comimos las pastas que compré con el dinero del libro.

Tal vez por eso, cuando encontré el ejemplar de La resistencia me apoderé de él, no solo pagando el precio que el revendedor pedía, sino avanzando por sus frases como si lo escuchara, como si, por fin, tuviera la oportunidad de pagar mi deuda por haber vendido tan tontamente Uno y el Universo. En estas cartas, Sábato llama a resistir ante el peligro de desaparición en que se ve nuestra cultura.

“Si cambia la mentalidad del hombre —escribe—, el peligro en que vivimos es paradójicamente una esperanza. Podremos recuperar esta casa que nos fue míticamente entregada. La historia siempre es novedosa. Por eso a pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas, son las que están generando una nueva narración de la historia, abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida.”

En un momento en que la mayoría se entusiasmaba con la decapitación cultural de cada paradigma, Sábato apostaba por la resistencia. Era, en sus palabras “un tiempo angustioso y decisivo, como lo fue el pasaje de los días imperiales de Roma al feudalismo, o de la Edad Media al capitalismo. Pero me atrevería a decir que es más grave porque es absoluto, ya que la vida misma del planeta está en juego”. “Nuestra cultura —seguía— está mostrando signos inequívocos de la proximidad de su fin. Sin tregua se ve obligada a reinventar noticias, modas o nuevas variantes, porque nada de lo que extrae de sí es perdurable, fecundo o sanante. Como cuando un enfermo está muy grave y el médico le receta algo nuevo cada día y la familia, en su desesperación, cambia de médico y de tratamientos. Así nos está pasando, confundimos noticia con novedad. Lo decisivo es no creer que todo seguirá igual y que este modo de vivir da para rato.”

Las gestas cotidianas como lumbre del saber y la razón, como piedra de toque de la resistencia ante la destrucción de la especie por la propia especie. “La capacidad de convicción de nuestra civilización es casi inexistente y se concentra en convencer a la gente de las bondades de sus cachivaches”. Adicto también a esta obra suya, la recorro al azar, abriendo aquí o allá sus páginas, releyendo los pasajes marcados, como este, que es profético y paradójicamente reversible: “Como la luz de la aurora que se presiente en la oscuridad de la noche, así de cerca está la muerte de mí. Es una presencia invisible.”

Para otro homenaje lo esperaban en la Feria del Libro en Buenos Aires. En la última carta de La resistencia confesó que, cuando iba a algún acto, “donde una multitud durante horas me está esperando y me colma con su afecto, una invencible sensación de despedida me nubla el alma”.

Prefirió acaso evitar la despedida, hacer que la multitud quedase siempre a la espera de su alma, luminosa y guerrera.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a Ernesto Sábato: la noticia es el riesgo de la especie, no su muerte

  1. Excelente hache, es un homenaje desde el lector y desde la escritura, linda anécdota.
    JC Recio

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