Obama versus Osama y el waterboarding planetario

Jorge Ángel Hernández

Como despegue de su nueva campaña electoral, el presidente estadounidense Barack Obama ha anunciado la liquidación física del terrorista Osama Bin Laden. Se trata de un golpe de publicidad que desplaza en relevancia a la cadena de sucesos adversos que asediaban al Premio Nobel de la Paz que ha decidido dedicarse a la guerra. Y relega, además, los conflictos internos que estaban haciendo descender sus niveles de popularidad  y aceptación. Son puntos indiscutibles que pueden camuflar propósitos de más severa y larga duración.

Su antecesor en la Casa Blanca, George W. Bush, se encargó de hacer que el terrorista Bin Laden apareciera toda vez que necesitaba tomar nuevas medidas en su acelerada puesta en marcha del terrorismo de Estado imperialista que caracterizó su mandato. Como en las más elementales comedias, las siempre oportunas amenazas del líder de Al Qaeda actuaron como fondo de decisiones injerencistas, como excusa de invasiones y espionajes. Su muerte, presentada como en el más claro deus ex machina del teatro clásico, no se lanza a la palestra pública internacional como un indicio de tranquilidad ni como el fin de una batalla de diez años. Rodeada primero de misterios torpes, de comidillas informativas, trae el “valor añadido” de justificar la tortura como procedimiento para obtener información. El director entrante de la CIA, y no precisamente el saliente, ha reconocido su utilidad.

Y en suma, valdrá también la permanencia de la Base militar de Guantánamo. Descubrimos de golpe, y por la magia de los buenos oficios de los torturadores, que es útil y que el error de no eliminarla es a la postre acierto. Y su manual de torturas se revitaliza, desde luego. Queda demostrado, cómo no, que tras años de asfixia simulada, hasta el más pinto de La Paloma suelta información. Las fotos-robot y descripciones geográficas producidas por el waterboarding salen, sin lugar a dudas, con mejor resolución que las del más fiel scanner del satélite.

En su comentario de hoy, en el diario Página 12, Ariel Dorfman ironiza con la estrategia de Obama para usurpar la simbología de Superman en el difícil lance. Como el personaje andaba haciéndole campaña opositora, el presidente lo desacredita a la vez que se apropia de su ascendencia en el imaginario popular. Y se desliza así por un forzoso tobogán mediático: primero, su legitimación de la nacionalidad estadounidense, lo cual consideró como de escasa trascendencia, marcando cómo ha de seguirse la línea de despiste, y enseguida, oportunamente fuera del espacio del comic y de la pantalla fantástica, sus superpoderes reales como presidente de la superpotencia real.

Pero ojo, Supermán andaba apoyando revueltas por Irán. Si mal no se recuerda, fue el primer culpable que George W. Bush eligió cuando lo del ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center. La sobrecarga de evidencias no le permitió ordenar de inmediato la invasión, preparada desde la administración de su padre, pero sí arreció la presión y el proceso de criminalización del presidente iraní y su nación.

En la Al Qaeda Square Garden, la farsa Obama versus Osama implica la recuperación de tópicos políticos que no son puramente eleccionarios, sino contentivos de prácticas brutales de dominio al terror. No al terrorismo, sino al terror con que es manipulado a diario el votante estadounidense y, por extensión, el que sostiene las organizaciones internacionales de control y hegemonía. El terror a la pérdida del financiamiento, las fuentes de saqueo y las posibilidades de seguir derrochando recursos del planeta y continuar ostentando privilegios. Ese es, en efecto, un terror verdadero, que justificaría incluso, tras el adecuado montaje de la escena mediática, un waterbording planetario.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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