Tras la aprobación de los derechos de los homosexuales a ser considerados por igual ante la ley brasileña para la conformación de la familia, el episcopado ha reaccionado con una extrapolación proferida por su abogado, Hugo Cysneiros: “Poligámicos, incestuosos, pueden alegrarse. Ustedes también buscan afecto.” La pretendida ironía refleja de inmediato la impotencia ante un modo de manifestación cultural en las relaciones sociales que estremece el ámbito de la dominación tradicional. El matrimonio ha sido una importante forma de control social en el proceso civilizatorio. El matrimonio religioso católico, por su parte, es aún más rígido en sus normas y naturaliza el papel de soporte femenino en la pareja. Su ética de los roles de género se quiebra mucho más con la aceptación legal de las parejas gay que con las demandas de igualdad de participación en las parejas heterosexuales. Y más, desde luego, que con la forzosa tolerancia de la unión consensual.
En las circunstancias actuales, la cultura política occidental ha decidido incorporar al campo del Derecho la posibilidad de que las parejas homosexuales construyan también una familia. Lo que fue lento y escabroso, estigmatizado y confinado al simbolismo ambiguo, acontece en la era de la información en un proceso vertiginoso de legitimización legal. Como las normas tradicionales del Derecho han sido androcentristas y discriminatorias, la familia ha funcionado como una institución mediadora y legitimadora de la discriminación. Esos cánones toman ya direcciones diferentes.
La trayectoria del reconocimiento parte de la propia necesidad, y elección, de convivencia, se extiende al campo socializador del problema, con organizaciones y movimientos que lo representan, para acceder desde esa vía al panorama político. De ahí, actuando al modo de grupos de presión, se enfoca hacia el ámbito del Derecho. Llevarlo a este punto no concluye, per se, la solución al problema discriminatorio, por cuanto las tradiciones culturales deben ser erosionadas con paciencia. Se trata de una medida que, por su impacto político, crea contradicciones en la transversalidad con que debe aplicarse la legalidad en la sociedad debido a que la perspectiva de los Códigos no ha dejado de ser androcentrista. Es un paso de avance aun así, y el futuro irá mostrando las consecuencias de esas contradicciones internas del espectro legal.
El otro elemento que refleja el exabrupto del abogado del episcopado brasileño es su persistencia en la criminalización de la familia homosexual. Poligamia e incesto son las dos prácticas que relaciona. Comete, sin embargo, el error táctico de vincularlos con la necesidad de afecto. Hay, como suele ocurrir con quienes predican desde la amenaza del caos, condicionando a sus propios intereses el devenir apocalíptico, un temor al reconocimiento de lo divergente. Y tiene razón a fin de cuentas, siquiera a contrario: todos, absolutamente todos, necesitamos afecto. Que la sociedad garantice por sus leyes la forma de adquirirlo, y los recursos para practicarlo, es algo a lo que no debemos renunciar. No es lo mismo, tampoco, poligamia que incesto, aunque ambos son figuras delictivas. Pero los estamentos morales de la iglesia católica, así como los del cristianismo en general, se han resistido a la transformación y han continuado mediando a favor de la dominación masculina machista.
Lo curioso es que, con estimados generosos de las propias organizaciones LGBT, solo de un 10 a un 15% de la población brasileña puede inscribirse en esa circunstancia de demanda. Y otro tanto ocurre con el resto de la familia en la civilización occidental. Bajo el desempeño de los demás elementos de la cotidianeidad, y ante los propios choques legales con el resto de los Códigos, la familia gay no sería mayoritaria.
¿Por qué ese temor a que las minorías ejerzan sus derechos? ¿Se le han agotado al pensamiento católico las rutas de control?