Del androcentrismo en nuestra mejor intencionada educación sexual

Jorge Ángel Hernández 

La edición del 2 de junio de 2011 de Juventud Rebelde incluye un artículo del profesor Diego de Jesús Alamino que pretende defender la familia y sus valores en nuestra sociedad. No he escrito pretende por descuido, desde luego, pues se trata de un trabajo que, lejos de asumir sin prejuicios el problema, provoca reacciones contrarias, no solo por las trampas de la limitación de espacio sino además, y sobre todo, por sus limitadas pretensiones de equilibrio.

Por principio, el profesor DdJA reclama el derecho de determinadas familias a educar a sus niñas en la conservación de su virginidad como un valor esencial ante el matrimonio. No importa que este valor conservado por la tradición represente la ofrenda más sacralizada por el androcentrismo histórico, el patriarcalismo social y el machismo moral que han legitimado siglos de discriminación de género. No importa que el espíritu revolucionario se haya dirigido con medidas concretas y planes que no han escatimado riesgos financieros, a reconocer los derechos de los desclasados y los desplazados en la sociedad, primero con medidas que apuntan a la subsistencia, la convivencia y la posibilidad del desarrollo, la participación activa y la superación personal y, luego de los choques lógicos del resultado evolutivo, en el plano de las nuevas circunstancias que de ello se derivan. No importa que la integralidad familiar, que el propio profesor designa como básica para la recuperación de los valores, pase por la prueba de fuego de la evolución y, aun más, por el difícil curso de aceptar, no sin debate y sin razonamientos diversos, las propuestas de renovación de las generaciones subsiguientes. La virginidad sexual (entiéndase: la abstención al coito con penetración en la hembra, que no en el macho), queda en su visión despojada de su peso cultural histórico, de sus cargas simbólicas sociales, para ser solo una elección educativa de algunas familias. Tal parece que, según estas normas de criterios, basta con respetar la tradición para que todo vuelva a un armonioso estatus de paradisíaca socialización.

Y eso dicho a los jóvenes, por un profesor que educa a futuros profesores, y en el mismísimo diario de la juventud cubana, la misma juventud que ha transformado aceleradamente la mentalidad de este país.

¿No es parte acaso de la quiebra de valores, conjuntamente con las circunstancias económico-sociales de la crisis que vino en los noventas, la ruptura entre los juicios morales de los jóvenes y las generaciones precedentes? Sin que de momento pueda argumentarlo con indagaciones científicas, tengo la percepción de que los jóvenes no intentan compulsar a sus padres y abuelos a imitar sus propias normas de conducta, como con pertinaz frecuencia lo hacemos abuelos y padres, sino que llaman a aceptar su posibilidad de practicar libremente las conductas que van proponiendo de acuerdo con sus necesidades afectivas, impliquen estas a la sexualidad, la amistad, las preferencias musicales, de vestuario o al mismísimo reconocimiento social colectivo.

El elemento de gancho periodístico que el profesor Alamino halló para lanzar su hipótesis educativa se apoya en el mítico sombrero del humorista Chaflán (Argelio García), ya fallecido. Por paradoja, este contiene las bases del prejuicio y es útil incluso para revelarlas. Al quitarse el sombrero, Chaflán hablaba en serio, es decir, en calidad del ciudadano Argelio, y proponía como cierto el enunciado; al colocarse el sombrero, anunciaba la broma, el chiste, lo risible, y asumía el rol del cómico, al modo del bufón a quien se le permitía el disparate y la burla. Más allá de las técnicas de lo humorístico, debió analizar el profesor por qué era risible para un auditorio masivo justo que los estudiantes se quejaran de la carencia de clases prácticas de educación sexual. La capacidad sintética del chiste concentra una contradicción de fondo entre la necesidad de la educación sexual y los obstáculos culturales para que esta se materialice. Por ello, justamente, el enunciado es chistoso; precisamente porque detrás de su contradicción en apariencia simple, en significación simultánea con lo que propone la frase, se halla una ruptura de código ético en tanto se da por sentado que la “clase práctica” es un absurdo risible, ridículo en la educación sexual, a la que solo correspondería lo teórico. Por consiguiente, saber de educación sexual es bueno, en cambio, es malo practicarla. O lo que es lo mismo: critiquemos el tabú, pero que se mantenga intacto, por favor.

A esa tradición interpretativa se suma el profesor Alamino una vez que acude a la comparación análoga con la ética médica respecto al cuidado de no dañar al paciente. Al parecer, y según lo que deja entendido en el artículo, este profesor solo considera una “práctica” de educación sexual la aplicación de juegos sexuales sobre los educandos por parte del educador, del mismo modo en que el bisturí del cirujano hiende la piel del operado. Hay, pues, un reflejo patriarcalista en su didáctica y no es por tanto extraño que mal defienda el necesario trabajo por la recuperación de los valores en el contexto familiar y provoque reacciones airadas, de contragolpe más que de búsqueda de análisis objetivo y profundo, como las que de inmediato se reflejan en los Blogs Hombres por la Diversidad y Paquito el de Cuba.

He escuchado en esta misma semana dos anécdotas de amigos acerca de sus niños de 10 años de edad. Estos, preocupados por saber, y al descubrir que sus padres y padrastros declaraban no practicar sexo oral, anal y verlos expresarse ante ellos con besos “de piquito”, los han recriminado, advirtiéndoles cómo debe ser practicado en realidad y para mejor armonía en la pareja. Son testimonios, no chistes, pues no solo los jóvenes sino también los niños, buscan su propia experiencia —y clase— práctica, sobre sus propios cuerpos, en tanto debatimos doctamente, ajenos y distantes, en tanto nos vamos por la tangente de decir que educamos, y amoldamos al paso los prejuicios, como piedra en zapato cuya expulsión se pospondrá hasta el momento del sueño.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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