La reproducción del metabolismo social del orden del capital I

István Mészáros

En fases anteriores del desarrollo histórico del sistema del capital, muchos de sus aspectos y tendencias negativos, ocurrieron de tal modo que pudieron ser ignorados con relativa facilidad, excepto por unos socialistas clarividentes como el mismo Marx[1]. Por el contrario, en las últimas décadas emergieron movimientos de protesta desde las más diversas partes de la sociedad. Así, entre ellos, apareció el ambientalismo en sus más variadas formas, con orientaciones y valores, a veces lejanos al socialismo. Estos movimientos en varios países capitalistas, han intentado establecerse en el campo político a través de los denominados partidos verdes. Han tratado de llamar la atención sobre los procesos de destrucción ambiental en curso, dejando sin embargo indefinidas las causas socioeconómicas subyacentes, y sus connotaciones de clase. Hacen esto precisamente para ampliar su atracción electoral, con la esperanza de intervenir en procesos de reforma capaces de revertir tan peligrosas tendencias destructivas.

El hecho de que en un período relativamente breve estos partidos han venido siendo marginalizados, a pesar de sus espectaculares éxitos iniciales en diferentes partes del mundo, debe hacernos reflexionar que las causas que producen la destrucción ambiental son más profundas que las asumidas por los movimientos de reforma con programas no clasistas. Incluyendo a quienes imaginan que tales movimientos pueden constituirse en una alternativa viable al proyecto socialista, e invitan a cambiarse de De Rojos a Verdes.[2]

De una u otra manera, los movimientos verdes tratan de articular sus programas de reforma alrededor de una “reivindicación específica” [single issue] vital, que les permitiría penetrar en la estructura de poder y en los mecanismos de decisión del orden establecido. A pesar de que la protección ambiental es un imperativo incuestionable, ha sido imposible debido a las restricciones que necesariamente impone el proceso productivo dominante. El sistema del capital ha demostrado que no es reformable ni siquiera en sus aspectos más obviamente destructivos.

La actual dificultad no sólo está en que los peligros inseparables del desarrollo sean mayores que los de antes, sino en que el sistema global del capital ha llegado al cenit contradictorio de su maduración y saturación. Ahora los peligros se extienden al planeta entero, y en consecuencia se hace urgente hacer algo para superarlos antes de que sean demasiado agudos. Para agravar la situación, todo se complica porque no es posible encontrar soluciones parciales factibles a los problemas que se confrontan. Por eso ninguna “reivindicación específica” puede ser considerada una “controversia específica” realista. La misma sorprendente marginalización del movimiento de los verdes, en cuyo éxito se habían depositado últimamente muchas esperanzas, incluso por parte de algunos ex-socialistas, ilustra con fuerza lo dicho.

En décadas anteriores fue posible arrancar del capital lo que aparecían como significativas concesiones. Eran las conquistas relativas de los movimientos socialistas (que más tarde se mostraron reversibles, tanto en cuanto medidas legislativas favorables a la acción de la clase trabajadora como a las dirigidas al mejoramiento de sus condiciones de vida), obtenidas a través de organizaciones defensivas de los trabajadores, tales como sus sindicatos y sus partidos parlamentarios. Tales conquistas fueron concedidas por el capital, en la medida en que pudieron ser asimiladas e integradas por el sistema como un todo y convertidas en ventajas productivas para la autoexpansión del capital. Hoy, por el contrario, luchar por reivindicaciones específicas con alguna esperanza de éxito, implica la necesidad de desafiar al sistema del capital en cuanto tal. Es así como en nuestra época histórica, cuando la autoexpansión productiva no es más una vía de salida a las dificultades y contradicciones acumuladas (de aquí el mero buen deseo de superar el hueco negro del endeudamiento por la vía de “ir aumentándolo”), el sistema global del capital frustra necesariamente todos los intentos de interferir hasta en lo más mínimo con sus parámetros estructurales.

En este sentido, los obstáculos a superar son actualmente compartidos por el trabajo —esto es, el trabajo como la alternativa radical al metabolismo social del orden del capital— y por los movimientos de “reivindicaciones específicas”. El fracaso histórico de la socialdemocracia indica claramente que bajo la égida del capital sólo las ganancias que son integrables pueden tener legitimidad. Por su naturaleza, el ambientalismo —así como la causa histórica de la liberación femenina— no son integrables. En consecuencia, ninguna de esas causas podrán desaparecer dentro del sistema del capital, independientemente de los reveses y derrotas que las formas de organización política de “reivindicaciones específicas” puedan tener en el futuro previsible.

Sin embargo, la no integrabilidad definida en términos históricos o de época, aunque sea muy importante para el futuro, no puede per se garantizar el éxito. Por lo tanto, el pasaje de los socialistas desilusionados desde la clase trabajadora a los llamados “nuevos movimientos sociales” (elogiados en oposición a y con una renuncia total al potencial emancipatorio del trabajo), debe ser considerado como prematuro e ingenuo. Los movimientos de “reivindicaciones específicas”, aunque pelean por causas no integrables, pueden ser divididos y marginalizados uno por uno, dado que no representan una alternativa integral y coherente al orden establecido como modo de control social y sistema de reproducción societal. Es por esto que focalizar el potencial emancipatorio socialista del trabajo resulta hoy mucho más importante que nunca antes. El trabajo no es sólo no integrable (en contraste con algunas manifestaciones políticas específicas históricas, tales como el reformismo socialdemócrata, correctamente caracterizado como integrable y más aún completamente integrado en las últimas décadas), sino que él —como la única alternativa estructural viable al capital— puede proveer el marco de referencia estratégico integral dentro del cual todos los movimientos emancipatorios de “reivindicaciones específicas” pueden exitosamente hacer causa común para la supervivencia de la humanidad.

 

Las condiciones objetivas del metabolismo social del orden del capital global

Para entender la naturaleza y la fuerza de las limitaciones estructurales prevalecientes, es necesario comparar el control del metabolismo social del orden establecido con sus antecedentes históricos. Al contrario de la mitología autoconstruída por sus ideólogos, el modo de operación del sistema del capital es la excepción y no la regla tanto en lo que se refiere al intercambio productivo entre seres humanos y la naturaleza como entre ellos mismos.

Lo primero que debe ser enfatizado es que el capital no es una “entidad material” -menos aún un “mecanismo” racionalmente controlable, como tratan de hacernos creer los apologistas del supuestamente neutral “mecanismo del mercado” (que fuera alegremente adoptado por el “socialismo de mercado”)- sino más bien se trata de un modo de control del metabolismo social que a su vez es en última instancia incontrolable. La principal razón por la cual este sistema debe escapar a un grado de control humano significativo es precisamente porque ha emergido en el curso de la historia como un poderoso -hasta el presente como el más poderoso- marco de control “totalizante”, dentro del cual todo, incluyendo los seres humanos, debe ajustarse, y probar su “viabilidad productiva” o perecer si no lo hicieran. No se puede pensar en un sistema de control más inexorablemente abarcador -y en este importante sentido “totalitario”- que el sistema del capital globalmente dominante. Porque este último somete ciegamente a los mismos imperativos a la seguridad social que al comercio, a la educación que a la agricultura, al arte que a la industria manufacturera, imponiendo brutalmente su propio criterio de viabilidad a todo, desde las más pequeñas unidades de su “microcosmo” a las más gigantescas empresas transnacionales, y desde las más íntimas relaciones personales a los más complejos procesos de toma de decisiones de los monopolios industriales, favoreciendo siempre al más fuerte contra el más débil. Irónicamente (y de manera bastante absurda), sin embargo, se supone, en la opinión de sus propagandistas, que este sistema es inherentemente democrático, más aún, que es la base paradigmática de toda democracia concebible. Es por eso que la dirección y los editorialistas de The Economist de Londres pueden escribir seriamente que:

 

No hay alternativa al libre mercado como forma de organizar la vida económica. La propagación de la economía de libre mercado debería conducir gradualmente a una democracia multipartidaria, porque la gente que tiene una libre elección económica tiende también a insistir en una libre elección política.[3]

El desempleo millonario, entre las muchas bendiciones de la “economía de libre mercado”, pertenece a la categoría de “libre elección económica”, al lado de la cual aparecerán, no más ni menos que los frutos de la “libre elección política” -la “democracia multipartidaria”-. Y en consecuencia, obviamente, todos viviremos felices para siempre.

En realidad, sin embargo, el sistema del capital es el primero en la historia que se constituye a sí mismo en un totalizador irresistible y sin excepciones, sin importar cuán represiva deba ser la imposición de su función totalizante, en el momento y en el lugar donde enfrente resistencia.

Para ser claros, esta característica hace que el sistema del capital sea más dinámico que la suma de todos los sistemas anteriores de control del metabolismo social. Pero el precio que debe pagarse por este inconmensurable y totalizante dinamismo es, paradójicamente, la pérdida de control sobre los procesos de toma de decisiones. Esto se aplica no sólo a los trabajadores, en cuyo caso la pérdida de control —tanto con un empleo remunerado como sin empleo— es ciertamente obvia (aunque The Economist, viendo el mundo desde una altura que produce vértigo, puede caracterizar esto con la categoría de “libre elección económica”[4]); sino también a los más ricos capitalistas. Sin importar cuántas acciones ostenten controlar en la o las compañías que legalmente poseen como individuos particulares, su poder de control dentro del marco del sistema del capital como un todo es insignificante. Deben obedecer los imperativos objetivos del sistema en su totalidad tal como cualquier otro, o sufrir las consecuencias y salir del negocio. Adam Smith no tuvo ilusiones al respecto cuando escogió describir el real poder controlador del sistema con la famosa expresión de la “mano invisible”. Mientras más se impusieron las condiciones objetivas del metabolismo social del orden del capital global en el curso de la historia, más se convirtió en una fantasía de los líderes de la socialdemocracia la noción de que un “capitalista bondadoso” se encontraba a cargo de los procesos económicos.

El sistema del capital como un modo de control del metabolismo social, históricamente específico, necesariamente se articula y consolida como una única estructura de mando bajo este sistema. Las posibilidades de vida de los individuos están determinadas de acuerdo a donde los grupos sociales —a los cuales ellos pertenecen— estén situados en la estructura de mando jerárquico del capital. Más aún, dada la única modalidad de su metabolismo socioeconómico, acoplado con un carácter totalizante que no había tenido en toda su historia anterior, conlleva el estableci­miento de una correlación casi inimaginable entre la economía y la política. Mencionamos de pasada que el Estado moderno inmensamente pode­roso —e igualmente totalizante— surge a partir de ese engullidor metabolismo socioeconómico, complementándolo de manera irremplazable (y no solamente sirviéndolo) en sus aspectos más vitales. Por ello no es accidental que el sistema del capital de tipo soviético postcapitalista no pudo avanzar ni un paso infinitesimal en la dirección de “la desaparición del Estado” (más bien lo contrario), a pesar del hecho que desde el mismo inicio, y por muy buenas razones, fue ése uno de los principios orientadores seminales y práctica esencial del movimiento socialista marxista.

Notas:

[1] “En el desarrollo de las fuerzas productivas hay una etapa en la que la fuerzas productivas y los medios de intercambio que existen entran en contradicción con las relaciones existentes, y ya no son fuerzas productivas sino destructivas. (…) Estas fuerzas productivas bajo el sistema de la propiedad privada tienen un desarrollo unilateral, y para la mayoría se transforman en fuerzas destructivas. Así ocurren cosas tales que los individuos deben apropiarse de la totalidad de las fuerzas productivas existentes, no sólo para conseguir su propia actividad, sino también para simplemente salvaguardar su misma existencia”. Marx y Engels, Collected Works, Lawrence & Wishart, London, 1975, vol. 5, pág. 52, 73, 87. 98

[2] Ese es el título de un libro de Rudolf Bahro quién alguna vez tuvo convicciones socialistas. Véase en tal sentido un libro anterior de Bahro por el cual recibió en 1979 el Premio Isaac Deutscher: The Alternative in Eastern Europe. N. L. B. Londres, 1978.

[3] The Economist, 31 diciembre 1991. pág. 12.

Fuente: Revista Herramienta Nº 5

Url: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-5/la-reproduccion-del-metabolismo-social-del-orden-del-capital-primera-parte

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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