La reproducción del metabolismo social del orden del capital II

István Mészáros

El capital como modo de control del metabolismo social

El capital es por sobre todas las cosas un modo de control, antes de ser él mismo —en un sentido superficial— controlado por los capitalistas privados (o posteriormente por los funcionarios de un Estado de tipo soviético). Las peligrosas ilusiones de superar o disminuir el poder del capital a través de la expropiación política o legal de los capitalistas privados, surge de ignorar la verdadera naturaleza de la relación controlador/controlado. El modo de control del metabolismo social del capital, necesariamente, siempre conserva su primacía sobre el personal, aun cuando se manifieste en diferentes formas a través de su personalidad jurídica en distintas épocas históricas. En este sentido, las críticas al sistema soviético en cuanto a la “burocratización”, erraban el blanco por una distancia astronómica. Incluso, el completo reemplazo del “personal burocrático”, tal como la invención del “capitalista bondadoso”, dejaría el edificio del sistema del capital postcapitalista en pie. Y si por algún milagro ello fuera posible no se alteraría en lo más mínimo el carácter deshumanizante del sistema del capital del “capitalismo avanzado”.

Para que pueda funcionar de un modo totalizador que controle el metabolismo social, el sistema del capital y sus principales funciones inherentes, debe tener su estructura de mando históricamente única.

Consecuentemente, en aras de lograr los objetivos metabólicos fundamentales adoptados —en todas sus funciones productivas y reproductivas— la sociedad como un todo debe estar supeditada a los más profundos requerimientos del estructuralmente limitado modo de control del capital (aunque dentro tales límites puedan variar significativamente).

Este proceso de sometimiento, en uno de sus principales aspectos toma la forma de una sociedad dividida, con clases sociales imbricadas aunque sobre bases objetivas irreconciliablemente opuestas. Otro de sus aspectos principales consiste en instituir el Estado moderno como forma de control político totalmente abarcativa. Y debido a que la sociedad se desmoronaría si esta dualidad no pudiera ser firmemente consolidada bajo un denominador común, debe superponerse  un sofisticado sistema de división social del trabajo jerarquizado sobre la división funcional/técnica (a posteriori altamente integrada tecnológicamente) del trabajo, como una fuerza que sea capaz de aglutinar al conjunto, superponiéndose a sus más profundas tendencias centrífugas.

Esta superposición de la división social del trabajo jerarquizada como la más problemática fuerza unificadora de la sociedad, y sin duda en última instancia explosiva, es una inevitable necesidad. Surge de la insuperable condición según la cual una sociedad que se rige por la regla del capital debe ser estructurada antagónicamente de una manera específica, ya que las funciones productivas y de control del proceso de trabajo, deben estar radicalmente divorciadas una de la otra y asignadas a diferentes clases de individuos. Así de sencillo, el sistema del capital —cuya razón de ser es la maximización de la extracción de plustrabajo de los productores en cualquier forma compatible con sus límites estructurales— no podría posiblemente cumplir sus funciones de metabolismo social de otra manera. En contraposición a ello, ni aun el orden feudal tiene que instituir ese divorcio tan radical entre la producción material y el control. Independientemente de cuán completo sea el cautiverio político del siervo, privado de su libertad personal para escoger la tierra donde trabaja, él conserva la posesión de los instrumentos de trabajo y retiene un control sustantivo y no formal sobre gran parte de la misma producción.

Bajo el sistema del capital, la división social jerarquizada del trabajo como una necesidad inexcusable, no debe ser solamente sobreimpuesta a los aspectos técnicos y funcionales del proceso de trabajo como una determinada relación de poder. También debe ser mistificada como la justificación ideológica absolutamente incuestionable y el contrafuerte de apoyo al orden establecido de cosas. En ese sentido, las dos categorías de la “división del trabajo” deben confluir, para que el hecho histórico y las condiciones de jerarquía y subordinación impuestas por la fuerza se puedan caracterizar como un dictado inalterable de la “naturaleza misma”, por la cual las desigualdades estructurales impuestas puedan reconciliarse con la mitología de la “igualdad y libertad” —“libre elección económica” y “libre elección política” en el lenguaje del The Economist— y también santificadas por el dictado de la razón. Significativamente, aun en el sistema idealista de Hegel, en el cual a la categoría de la naturaleza —en sintonía con la orientación de los valores de todos los sistemas filosóficos idealistas— se le asigna una posición inferior, sin la menor vacilación y temor de ser inconsistente se hacen apelaciones directas a la autoridad de la naturaleza, en los más variados contextos ideológicos, justificando una desigualdad socialmente creada e impuesta en nombre de una “desigualdad natural”, como hemos visto anteriormente.[5]

En relación con sus más profundas determinaciones, el sistema del capital es orientado hacia la expansión e impelido a la acumulación. Tal determinación constituye tanto un formidable dinamismo anteriormente inimaginable como una fatídica deficiencia. En ese sentido, como sistema de control del metabolismo social, el capital es casi irresistible en tanto pueda exitosamente extraer y acumular plustrabajo —ya sea de manera directamente económica o primariamente en la forma política— en el curso de la reproducción ampliada de la sociedad dada. Sin embargo, una vez que este proceso dinámico de expansión y acumulación se agota (por cualquier motivo), las consecuencias resultan devastadoras. Incluso dentro de la “normalidad” de las perturbaciones cíclicas y los bloqueos relativamente limitados, la destrucción que acompaña las consiguientes crisis socioeconómicas y políticas puede ser enorme, como revelan las crónicas del siglo veinte, que incluyen dos guerras mundiales (sin mencionar las incontables conflagraciones menores). Por tanto no es difícil imaginar las implicaciones de una crisis sistémica, verdaderamente estructural, esto es, que afecte el sistema global del capital no sólo bajo uno de sus aspectos —el financie­ro/monetario, por ejemplo— sino en todas sus dimensiones fundamentales, cuestionando globalmente su viabilidad como un sistema de reproducción social.

En las condiciones de una crisis estructural del capital, sus componentes destructivos aparecen en la escena vengándose, desatando el espectro del descontrol total, de forma que prefigura la autodestrucción tanto del sistema reproductivo social como de la humanidad en general. El capital nunca fue sumiso a un control apropiado y durable o a una autorestricción racional. Fue solamente compatible con ajustes limitados y sólo en tanto que el capital pudiera continuar la búsqueda en una forma u otra de las dinámicas de autoexpansión y del proceso de acumulación. Y en caso de no poder el capital demoler frontalmente los obstáculos y resistencias que encontraba, tales ajustes fueron esquivados.

Esta incontrolabilidad característica fue, de hecho, uno de los factores más importantes que aseguró el avance irresistible y la victoria definitiva del capital, que se produjo a pesar del hecho anteriormente mencionado, de modo que el control del metabolismo del capital constituyó la excepción y no la regla en la historia. Después de todo, al principio el capital apareció como una fuerza estrictamente subordinada en el curso del desarrollo histórico. Y más aún, considerando la necesaria subordinación del “valor de uso” —esto es, la producción para las necesidades humanas— a los requerimientos de la autoexpansión y acumulación, el capital en todas sus formas tuvo que superar el oprobio de ser considerado durante largo tiempo el modo más “antinatural” de controlar la producción de riqueza. De acuerdo con las confrontaciones ideológicas de los tiempos medievales, el capital fue acusado fatalmente y de muchas maneras como “pecado mortal”, y consecuentemente fue puesto fuera de ley como “herético” por las más altas autoridades religiosas, el Papado y sus Sínodos. El capital no pudo convertirse en la fuerza dominante del metabolismo social hasta que barrió la absoluta —y religiosamente santificada— prohibición de la “usura” (impugnada bajo la categoría de “ganancia bajo alienación” que realmente significaba: retener el control sobre el capital monetario/financiero de la época en favor del proceso de acumulación, al mismo tiempo que aseguraba la ganancia a través de los préstamos) y ganó la batalla sobre la “enajenación de la tierra” (de nuevo, el sujeto de la absoluta y religiosamente santificada prohibición del régimen feudal) sin la cual la emergencia del capitalismo agrario -condición vital para el triunfo del sistema del capital en general- hubiese sido inconcebible.[6]

En gran medida, gracias a su incontrolabilidad, el capital tuvo éxito en superar todos los inconvenientes que se le opusieron —independientemente de cuán materialmente poderosos y absolutos fueran los valores prevalecientes en la sociedad—, elevando su modo de control del metabolismo al poder de dominio absoluto como un sistema global, totalmente extendido. Sin embargo, una cosa es superar y dominar las restricciones y obstáculos (aun los oscurantistas), y otra muy distinta instituir los principios positivos de un desarrollo social sostenible, guiado por los criterios de satisfacer objetivos humanos, en oposición al ciego propósito de la autoexpansión del capital. Así, las implicaciones del mismísimo poder de la incontrolabilidad, que en su tiempo aseguró la victoria del sistema del capital, están lejos de asegurarla hoy, cuando la existencia de restricciones es aceptada —al menos en la forma de un elusivo desideratum de “autoregulación”— incluso por los menos críticos defensores del sistema.

El capital como extractor del plustrabajo

Las unidades básicas de las anteriores formas de control del metabolismo social se caracterizaron por un alto grado de autosuficiencia en la relación entre la producción material y su control. Esto se aplica no sólo a las comunidades tribales primitivas sino también a la economía doméstica de las antiguas sociedades esclavistas y también al sistema feudal de la Edad Media. Desde los tiempos en que esta autosuficiencia se quebró y cedió a conexiones y determinaciones reproductivas y metabólicas más amplias, hemos podido presenciar el victorioso avance del modo de control del capital, trayendo con él la difusión universal de la alienación y del fetichismo.

Lo que resulta particularmente importante en este contexto es el paso de las condiciones expresadas en el proverbio medieval “nulle terre sans maître” (no hay tierra sin dueño) a “l’argent n’a pas de maître” (el dinero no tiene dueño), lo que representa un cambio extraordinario. Indica un vuelco radical que encuentra su última expresión consumada en el sistema del capital completamente desarrollado.

Algunos elementos de lo anterior pueden ser identificados —al menos de manera embrionaria— desde hace muchos siglos. Así el dinero, en contraste con la relación fija de la tierra con el señor feudal, no sólo no tiene un dueño permanente, sino que incluso, por principio, no puede ser confinado a límites artificiales respecto a su potencial circulación. De manera similar, la reclusión del capital mercantil en límites territoriales sólo puede ser temporal y artificialmente impuesta. En consecuencia, tales fronteras están destinadas a ser barridas tarde o temprano.

De esta manera, emerge un modo específico de control del metabolismo social con componentes fundamentalmente ilimitados y productores de fetichismo. Uno es la imposibilidad de reconocer barreras (ni siquiera sus propios límites estructurales), sin importar cuán devastadoras sean las consecuencias cuando se alcanzan los límites últimos de las potencialidades productivas del sistema. Esto se debe a que las unidades económicas del sistema del capital no necesitan ni son capaces de alcanzar la autosuficiencia, en neto contraste con las formas anteriores de los “microcosmos” altamente autosuficientes y socioeconómicamente reproductivos. Esta es la razón por la cual la forma del capital, por primera vez en la historia somete a los seres humanos a una confrontación con un modo de control del metabolismo social, que puede y debe constituirse —para alcanzar su forma de desarrollo más elevada— en un sistema global, demoliendo todos los obstáculos que se presentan a su paso.

El capital con su potencial históricamente específico de producción de valores no puede ser actualizado y “realizado” (y a través de su “realización” simultáneamente reproducido de manera ampliada) sin entrar en el dominio de la circulación. Así, dentro de este marco referencialla relación entre producción y consumo es radicalmente redefinida, de tal manera que la indispensable unidad de ambos se torna inevitablemente problemática, conllevando con el tiempo la necesidad de crisis de un tipo o de otro. Esta vulnerabilidad de las vicisitudes de circulación es una determinación crucial a la cual ninguna “economía doméstica” de la antigüedad, ni tampoco la feudal de la Edad Media debió someterse —dejando de lado las unidades reproductivas socioeconómicas del comunismo primitivo y de los pueblos comunitarios a los cuales se refirió Marx en algunos de sus principales trabajos[7]— dado que estaban orientadas primariamente hacia la producción y el consumo directo del valor de uso.

Seguramente las consecuencias de esta liberación de las trabas de la autosuficiencia son, altamente favorables en lo que conciernen a la dinámica del capital. Sin ellas el sistema del capital no podría ser descrito como orientado por la expansión e impelido a la acumulación (o viceversa, cuando fue considerado desde el punto de vista de la “personificación” de sus individuos). Porque en cualquier momento particular de la historia las condiciones de autosuficiencia (o su ausencia) prevalecientes obviamente también circunscriben la conducción reproductiva y la capacidad de expansión del sistema dado.

Al elevarse sobre las restricciones subjetivas y objetivas de autosuficiencia, el capital se convierte en el más dinámico y efectivo extractor de plustrabajo de la historia. Más aún, la eliminación de las restricciones subjetivas y objetivas de la autosuficiencia se produce en una forma completamente fetichizada, con todas las mistificaciones inherentes a la noción de “libre contratación del trabajo”. Esto aparentemente absuelve al capital de la responsabilidad de una dominación impuesta, en contraste con la esclavitud y la servidumbre, dado que la “esclavitud del salario” es internalizada por los sujetos trabajadores y no tiene que ser impuesta y reimpuesta constantemente en ellos externamente en la forma de una dominación política directa, excepto en las situaciones de crisis mayor. El capital como un sistema de control metabólico se convierte en la más eficiente y flexible maquinaria de extracción de plustrabajo y no sólo hasta el presente. Por cierto, se puede argumentar lógicamente que el “poder de bombeo” del capital[8] para la extracción de plustrabajo no conoce fronteras (aunque tiene límites estructurales que la personificación del capital niega, y debe negarse a reconocer) y de esta manera lo que sea que se conciba como extensión cuantitativa del poder de extracción de plustrabajo en general puede ser considerada como correspondiente a la naturaleza del capital, esto es, en total sintonía con sus más íntimas determinaciones. En otras palabras, el capital avanza implacablemente a través de todos los obstáculos y barreras con las que ha confrontado históricamente, adoptando las más sorpren­dentes y extrañas formas de control que las condiciones demandan —con un carácter aparentemente discordante y operacionalmente “híbrido”—. De hecho es así como el sistema del capital redefine y extiende constantemente sus propios límites relativos, prosiguiendo su propio curso bajo circunstancias cambiantes precisamente para mantener el mayor grado posible de extracción de plustrabajo, lo que constituye su razón de ser histórica y su modo de funcionamiento real. Además, el modo de extracción de plustrabajo históricamente exitoso del capital —porque funciona y en tanto y en cuanto funcione— puede también erigirse en la medida absoluta de “eficiencia econó­mica” (cuestión que muchas personas que se consideran socialistas no osarían cuestionar, prometiendo por lo tanto más de lo que el adversario pudiera conceder como la base legítima de su propia posición; y a través de este tipo de dependencia del objeto de su negación —así como también a través de su fracaso en someter a una investigación crítica profunda a la muy problemática relación entre “escasez y abundancia”— contribuyen, a distorsionar gravemente el sentido original del socialismo).[9] Seguramente, al colocarse el capital como la medida absoluta de todos los logros obtenibles y admisibles puede también esconder exitosamente la verdad, de que sólo un tipo específico de beneficio puede derivarse del modo “eficiente” de extracción de plusvalor del capital[10] —y eso aun siempre a costa de los productores—. Sólo cuando los límites absolutos de las determinaciones estructurales más esenciales del capital se ponen en juego, podemos hablar de una crisis proveniente de la falible eficiencia y de la espantosa insuficiencia de extracción de plustrabajo, que afectan a largo plazo las perspectivas de supervivencia del sistema del capital como un todo.

En ese sentido en nuestros días podemos identificar una tendencia, que debería desconcertar aún a los defensores más entusiastas del sistema del capital, debido a que implica el total trastrocamiento de los términos en que definieron la supuesta legitimidad de lo que hasta hace poco se denominaba “el interés de todos”. Esta tendencia consiste en la metamorfosis del “capitalismo avanzado”, desde la época de la postguerra bajo la denominación de “Estado del bienestar” (con su ideología de “beneficios sociales universales” y la simultánea negación de los “recursos necesarios”, es decir means-testing) a la nueva realidad del “bienestar dirigido a ciertos sectores”: el nuevo término utilizado para means-testing con su cínica pretensión de “eficiencia económica” y “racionalidad”, que ha sido adoptado incluso por los antiguos adversarios socialdemócratas bajo la consigna de “nuevo realismo”. Naturalmente, se supone que nadie en su sano juicio tiene dudas sobre la viabilidad del sistema del capital incluso sobre este punto. De todos modos, independientemente de la fuerza con que se sostenga la confusión ideológica, no puede borrarse el hecho incómodo representado por la transformación del capitalismo avanzado de una condición en la que podía hacer alarde del “Estado del bienestar” a otra donde tiene como propósito —incluso en los países más ricos— brindar un plato de lentejas y otros magros beneficios “merecidos por los pobres”. Esto es altamente revelador de la discontinua eficiencia y ahora crónica ineficiencia del antes incuestionablemente exitoso modo de extracción del plustrabajo en su actual etapa de desarrollo, etapa que amenaza con privar al sistema del capital en general de su histórica razón de ser.

Notas:

[5]. Véanse en particular las secciones 1.2.4 y 1.2.5 de Beyond Capital, Merlin Press, Londres, 1995.

[6]. Los lectores interesados en estos problemas pueden consultar mi libro Marx’s Theory of Alienation, Merlin Press, Londres, 1970, y Harper Torchbooks, New York, 1972.

[7]. Veáse por ejemplo Marx, Capital, Foreign Languages Publishing House, Moscú, 1958, Vol 3., pág. 810.

[8]. Marx a menudo se refería al capital como una bomba de extracción de plustrabajo. Por ejemplo cuando el argumenta que “La forma económica específica, por la cual el trabajo excedente (Mehrarbeit) no pagado es extraído por bombeamento (ausge­pumpt) de los productores directos, determina la relación entre dominantes y dominados, como ella crece directamente fuera de la producción, y como reacciona hacia ella como un elemento determinante”. Ibíd, pág. 772.

[9]. La más extrema y más absurda posición en esa dirección fue asumida por Stalin y sus seguidores quienes dictaminaron que “superar la producción de Estados Unidos de América en lingotes de hierro” era el criterio para lograr la etapa mas elevada del socialismo, esto es, el comunismo.

[10]. Los defensores del sistema del capital, incluyendo los así llamados “socialistas del mercado”, les agrada fusionar la noción de “eficiencia económica” con su tipo histórico limitado que caracteriza el modo de específico del capital como control del metabolismo social. Es precisamente el último, con sus graves limitaciones y ultimada destructibilidad, que debería ser sujeto de una crítica radical en lugar de una idealización apologética.

Fuente: Revista Herramienta Nº 5

Fuente Url: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-5/la-reproduccion-del-metabolismo-social-del-orden-del-capital-primera-parte

Artículo anterior: La reproducción del metabolismo social del orden del capital I

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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