La reproducción del metabolismo social del orden del capital III

Los antagonismos del capital

Es innegable que, a lo largo de la historia, el proceso de liberación del capital de las restricciones de autosuficiencia, produjeron un aumento de la productividad. Pero simultáneamente existe otra cara de este logro incontrovertible del capital. Esta otra cara se refiere a la ya mencionada inevitable pérdida de control sobre el sistema de reproducción social como un todo, aunque permanezca oculta durante la larga etapa de desarrollo, gracias al desplazamiento de las contradicciones que se producen durante las fuertes fases expansivas del capital.

En la historia del sistema de capital, el imperativo de expansión, que se hace cada vez más intenso, es en sí mismo una manifestación paradójica de esta pérdida de control, en el sentido de que ayuda a posponer el “día del juicio final” por tanto tiempo como este proceso de expansión que lo abarca todo pueda mantenerse. Pero es precisamente por culpa de esta interrelación paradójica, que el bloqueo del camino hacia una expansión sin problemas “como resultado de la consumación de ascendiente histórico del capital”, y a través de este bloqueo el minado de los desplazamientos simultáneos de los antagonismos internos del sistema, tiene que reactivar y multiplicar los dañinos efectos de la expansión que anteriormente consiguió solucionar los problemas. Porque los problemas y las contradicciones que comienzan a surgir a escala de la magnitud obtenida por el sobrextendido sistema de capital global, necesariamente traerán aparejados un desplazamiento de la expansión de magnitud semejante, poniéndonos en la situación en que nos enfrentemos con el espectro del total descontrol ante la ausencia del desplazamiento de la expansión gigantesca que es necesaria. Así hasta los problemas relativamente limitados del pasado, como por ejemplo, la obtención y pago de servicios de la deuda del Estado, asumen proporciones cósmicas. Es por eso que hoy en día sólo aquellos que creen en milagros pueden seriamente pensar que las literalmente astronómicas sumas de dólares y libras esterlinas -así como liras, pesos, pesetas, francos franceses, marcos alemanes, rublos, escudos, bolívares, cruceiros, etc.- absorbidos en el agujero negro del endeudamiento global, podrán algún día emerger de ella, con interés compuesto, como si fueran cantidades ilimitadas de crédito sano disponible, para permitirle al sistema cubrir sus necesidades ilimitadas autoexpansivas hasta el fin del tiempo.

A pesar de todos los intentos, la pérdida de control que se encuentra en la raíz de estos problemas no puede remediarse de manera sostenible a través de la separación radical de la producción y el control y la superimposición de un agente distinto -las “personificaciones del capital” de una forma o de otra- sobre el agente social de la producción: el trabajo. Y precisamente porque el exitoso ejercicio de control sobre las unidades de producción especiales -en la forma de la “tiranía de la fábrica” ejercida a través del “empresario” privado, o el gerente, o el secretario del partido stalinista, o el director de la fábrica estatal, etc.- no es suficiente para conseguir la viabilidad del sistema de capital de conjunto, es que se deben intentar otras formas para remediar los defectos estructurales del control.

En el sistema del capital estos defectos estructurales son visibles desde el principio al encontrarse fracturados, en más de una manera, los nuevos microcosmos que los constituyen.

* Primero, la producción y su control están separados y se encuentran diametralmente opuestos uno al otro.

* Segundo, en el mismo sentido y debido a las mismas determinaciones, la producción y el consumo adquieren una independencia y una existencia separadas extremadamente problemáticas, tal que el “consumismo” más absurdamente manipulado y derrochador en algunas partes del mundo[11], puede encontrar su horrible correlato en la inhumana negación de las necesidades más elementales para incontables millones de seres.

* Y tercero, los nuevos microcosmos del sistema de capital se combinan en una especie de todo manejable de tal forma que el total del capital social debería poder entrar -ya que debe hacerlo- en el dominio global de la circulación (o para ser más preciso, para que pudiera crear la circulación como una empresa global de sus propias unidades internamente fracturadas) en un intento por superar la contradicción entre producción y circulación. De esta forma la necesaria dominación y subordinación prevalecen no sólo dentro de los microcosmos particulares -a través de los agentes individuales que “personifican al capital”- sino también a través de sus límites, trascendiendo no sólo las barreras regionales sino también las fronteras nacionales. Es así como la fuerza de trabajo total de la humanidad se encuentra sometida -con las mayores injusticias imaginables, en conformidad a las prevalecientes relaciones de poder históricas- a los alienantes imperativos de un sistema global del capital.

En las tres instancias arriba mencionadas el defecto estructural del control radica en la base y se concreta en la ausencia de unidad. Más aún, cualquier intento por crear o superponer algún tipo de unidad, en las estructuras sociales reproductivas internamente fracturadas, está condenado a ser problemático y estrictamente temporario. El carácter irremediable de la unidad perdida se debe a que la misma fractura asume la forma de antagonismos sociales. En otras palabras, se manifiestan también a través de conflictos de intereses fundamentales entre fuerzas sociales alternativas hegemónicas.

De tal manera que estos antagonismos sociales deben ser atacados con mayor o menor intensidad, según lo permitan las circunstancias históricas específicas, indudablemente favoreciendo al capital contra el trabajo durante los largos períodos de su dominación histórica. Sin embargo, aunque el capital triunfe en las confrontaciones, los antagonismos no pueden ser eliminados -a pesar del arsenal de buenos deseos proclives a una salida favorable para la ideología dominante- precisamente porque son estructurales. En las tres instancias estamos concentrados en lo vital del capital y con sus estructuras irremplazables, y no -al ser el capital en sí mismo trascendible- en sus limitadas contingencias históricas. Consecuentemente, los antagonismos que emanan de estas estructuras son necesariamente reproducidos bajo todas las circunstancias históricas que cubren una época del capital, cualquiera que sean las relaciones de fuerza prevalecientes en un determinado momento.

Los correctivos obligatorios del capital y el Estado

La acción correctiva se logra -hasta un nivel viable dentro del marco de referencia del sistema del capital- a través de la formación de un Estado moderno burocrático inmensamente hipertrofiado y en términos estrictamente económicos derrochador.

Por cierto, tal estructura correctiva debería parecer altamente cuestionable desde el punto de vista del capital mismo como entidad económica que predica la eficiencia por excelencia,(algunas marcas de teoría económica y política burguesa recurren siempre a una crítica sin sentido de este tipo, abogando -en vano- por la “necesaria disciplina de una economía sana”). Es muy revelador, por lo tanto, que el Estado moderno emergiera con la misma inexorabilidad que caracteriza la difusión triunfante de las estructuras económicas del capital, calificando a estas últimas como la estructura de mando político totalizadora del capital.

Este inexorable despliegue de las estructuras estrechamente ligadas al capital es esencial para establecer la viabilidad de este singular modo de control del metabolismo social a lo largo de su histórica existencia.

La formación del Estado moderno es un requerimiento absoluto para asegurar y salvaguar­dar de modo permanente los logros productivos del sistema. El dominio del naciente capital en el ámbito de la producción material, va a la par del desarrollo de prácticas políticas totalizantes en la forma de un Estado moderno. De esta manera, no es accidental que el dominio histórico final del capital en el siglo veinte deba coincidir con la crisis del Estado moderno en todas sus formas, desde las formaciones del Estado democrático liberal hasta los estados capitalistas más autoritarios (como la Alemania de Hitler o el miltonfriedmaniano Estado chileno), los regímenes postcoloniales o los Estados postcapitalistas de tipo soviético. Comprensiblemente, la extendida crisis estructural del capital afecta profundamente todas las instituciones del Estado y sus correspondientes formas organizacionales. Más aún, esta crisis trae aparejada la crisis de la política en general, bajo todos sus aspectos, y no sólo aquellos directamente concernientes con la legitimación ideológica de un sistema de Estado en particular.

El Estado moderno es creado, sobre todo, en su histórica modalidad específica para ser capaz de ejercitar un control comprensivo sobre las fuerzas centrífugas no reguladas que emanan de las unidades productivas separadas del capital como un sistema social reproductivo antagonísticamente estructurado. Como señalamos antes el dictum: l’argent n’a pas de maitrê marca el derrumbe radical de lo que existía antes. Al superar el principio rector del sistema reproductivo feudal aparece un nuevo tipo de microcosmos socioeconómico, caracterizado por una gran movilidad y dinamismo. Pero el éxito creciente de este dinamismo sólo puede ocurrir a través del “pacto de Fausto con el diablo” y, por así decirlo, sin ninguna garantía que al debido tiempo surja un dios benevolente para rescatarlo y burlar a Mefistófeles cuando llegue a reclamar su premio.[12]

El Estado moderno constituye la única estructura terapéutica factible acorde a los parámetros del capital como un modo de control del metabolismo social. Entra en juego para rectificar -de nuevo debe ser enfatizado: sólo hasta el punto en que la acción correctiva requerida quepa dentro de los límites últimos del metabolismo social del capital- la ausencia de unidad en los tres aspectos señalados en la sección anterior.

Notas:

[11]. Véanse los capítulos 15 y 16 relativos al espantoso desperdicio debido a la rata decreciente de utilización como la tendencia fundamental del desarrollo capitalista, y el rol del Estado al tratar de hacerle frente a sus consecuencias.

[12]. Como única salida de Fausto a su autoimpuesto predicamento, el Fausto de Goethe -en contraste con el de Marlowe- termina con el rescate divino del héroe. Sin embargo, lejos de estar encandilado o encegecido por el apologético buen deseo, Goethe presenta esta solución en conjunción con una escena de suprema ironía. En la escena en cuestión al moribundo Fausto le llega desde afuera el sonido que es el eco de una gran actividad industrial -con un exitoso reclamo de tierra al mar para la construcción de canales monumentales para el mejoramiento y felicidad futura de la humanidad- quedando él convencido que ahora puede morir como un hombre feliz, aun cuando haya perdido su pacto con el diablo. En realidad, el sonido que él oye es el ruido que hacen sus sepultureros al cavar su propia tumba. Sin necesidad de mencionarlo, no hay signos de una operación divina en el horizonte de hoy. Solamente que el ruido de la tumba cavada por el capital es cada vez mayor.

Artículos anteriores relacionados:

La reproducción del metabolismo social del orden del capital I

La reproducción del metabolismo social del orden del capital II

Fuente Revista Herramienta Nº 5

Url: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-5/la-reproduccion-del-metabolismo-social-del-orden-del-capital-primera-parte

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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