El pánico en la industria y la volatilización del Libro

Jorge Ángel Hernández
El peligro de la desaparición del libro ante el avance de las tecnologías digitales, no solo se ha convertido en un fantasma, sino además en un centro de choque que evade los verdaderos puntos a atender respecto a sus circunstancias objetivas. Un tópico central del postmodernismo se centró en un proceso de decapitación de paradigmas, desde la Historia hasta el autor. Pero este tópico tenía un fundamento ideológico clave: garantizar la hegemonía de una cultura en decadencia en tanto se ha desarrollado a la par de un sistema de relaciones sociales en vías de desaparición.
Daniel Bell, erigiéndose en una de los primeros defensores del libro ante el auge de la tecnología, relacionaba cinco aspectos que para él tenían desigual valor en la atención:
1º El libro como dispositivo práctico: medio para organizar información.
2º El libro como modo de aprendizaje y adquisición de conocimientos.
3º. El libro como entretenimiento, placer e imaginación.
4º. El libro como objeto estético: placeres artesanales, tipográficos, diseño de página, ilustraciones, encuadernación, etc.
5º. El libro como objeto de colección: para satisfacer impulsos de consumo, necesidades de representación social o personales deseos de posesión. 1
Bell considera “tontos” varios de estos aspectos y se centra en aislar el conocimiento y la información. Para ello, ubica el centro de la cuestión en el valor cultural, de contenido, que el libro representa. Por consiguiente, y aun cuando no me parezca adecuado separar, desde e punto de vista de la sociología, que el suyo, el resto de los aspectos, la verdadera existencia del libro debe condicionarse a estos puntos esenciales.
En uno de los animados de Disney, que se desarrolla en una muy sui generis prehistoria, un repartidor de periódicos, montado en una bicicleta con ruedas de piedra, lanza un diario de piedra a la puerta de una casa. El golpe la derrumba. Se trata de un chiste que somete a resignificación inmediata todos los códigos cronológicos posibles. Este tópico ha sido reciclado por el dibujo animado posterior, desde los conocidos Picapiedras (The Flintstones), de Hanna-Barbera, hasta los filmes de live action de Brian Levant (1994 y 2000), no solo proyectando los avances de la modernidad en un contexto de la época de piedra, sino acumulando sobre un mismo periodo prehistórico, los elementos de varios bien distantes entre sí. Esa visión redistanciadora, de convergencia arbitraria y simultanea, concebida para el humor y por lo tanto libre de la acusación de anacronismo que pesa sobre lo que se considera histórico, contiene sin embargo una afasia histórica en los patrones interpretativos humanos.
De algún modo, el pánico acerca de la desaparición, o la también declarada obsolescencia del libro, muestra hasta qué punto este patrón se reproduce en circunstancias diversas de nuestra cultura. La propia evolución de los soportes ideados para plasmar la letra, o los símbolos ideográficos de diverso tipo, debe advertir acerca de la necesaria transformación, justo, del soporte. El libro enfrenta en estos momentos de la historia de la humanidad, una alternativa de cambio de soporte, o de renovación. Visto desde un punto de vista cultural, atendiendo como foco principal al acto estricto de la lectura, el problema es menos complejo. El ser humano va reconstituyendo lo que mejor le va en correspondencia con la necesidad de leer y el modo en que se lleva a cabo. La tecnología reacondiciona sus adelantos al propio transcurso de la sociedad, en cuanto a sus demandas y posibilidades. De la derivación nace la originalidad en la medida en que la sociedad hace necesario el uso.
Sin embargo, el punto de vista del análisis del fenómeno debe necesariamente ensancharse hacia los modos de producción de la sociedad que socializa al libro. Es ahí donde radica la esencia del pánico así como de otros elementos de compulsión de la alarma general. Ver los resultados de mercadotecnia solo a partir de productos, discriminando los contenidos específicos de esos productos, y la incidencia de los autores, aun bajo la presión de las circunstancias, deja en la superficie en tema de la investigación acerca del futuro del libro.
Desde 2001, cuando se lanzó a la publicidad la creación del e-book como el dispositivo que liquidaría de inmediato las ediciones impresas, las compañías promotoras de tecnologías digitales han tenido que avanzar por pasos y, sobre todo, que conciliar la documentación bibliográfica tradicional con los escenarios prácticos de la tecnología: lo que se hace accesible a través de la conectividad, en una pantalla de ordenador. La socialización de Internet se produce y reproduce de acuerdo con las posibilidades adquisitivas de sus usuarios, lo que remarca puntos de diferenciación en los niveles de acceso, aun cuando, en efecto, la accesibilidad a textos difíciles, incluso a incunables, depende de que una persona con actitud filantrópica los cuelgue en algún sitio de descarga. El lanzamiento de la Biblioteca Digital Mundial, auspiciada por la UNESCO, el Congreso estadounidense y treinta y dos socios anexos, muestra un interés por la conservación de una visualidad tradicional inserta en el ámbito de la tecnología. Parece, al menos en sus primeras colecciones, un acto de prudencia ante el choque que enfrentaron los proyectos anteriores, presentados como decapitadores del libro y hasta del autor. Obras de difícil acceso, clásicas en la investigación, son puestas a disposición de los usuarios sin más restricciones que la de la propia conexión. También, por supuesto, han surgido empresas de comercialización del libro digital, como la significativamente emergente Amazon.
En Europa, ya en 2007, la venta de libros digitales se había colocado entre los primeros lugares de la industria cultural. Lejos de lo que se temía al inicio, es decir, la banalización absoluta de las redes comerciales, los índices de venta han tenido que recurrir a obras clásicas, o a obras de autor, por excelencia. El alcance del best seller responde, en gran medida, a la estrategia propagandística, a la persuasión mediática que sobre los lectores y los circuitos de comercialización se ejerce durante el ciclo de su aparición. Su rápido envejecimiento es una muestra de ello. Así, en tanto las obras de autor son reeditables, best sellers en potencia si bien se recolocan, las obras de inmediatez, donde el autor es un heterónimo de la producción y la reproducción comercial, o sea, más una marca que una persona, son difícilmente reeditables. Ken Follet, por ejemplo, ha conseguido reeditar como best-seller Los pilares de la tierra, es decir, la obra que no fue considerada como tal por la industria del marketing y que, para su primera edición, tuvo que costear por sí mismo.
La dispersión de los escenarios de Internet hace entonces más difícil el proceso de direccionamiento comercial del best seller, diseñado para una lectura mediada por el objeto-libro impreso, y obliga a recurrir a valores culturales más asentados por la tradición. De modo que esa muerte del libro es imposible, aunque sí puede vislumbrarse un proceso de volatilización del soporte, sobre todo si se piensa que la sociedad, en su inmensa mayoría, puede andar con un dispositivo de lectura digital en el bolsillo, o en su equipaje. Y es imposible, también, la muerte del autor. Aun el plagio, la apropiación indiscriminada y hasta la superchería, necesitan de autores referentes, generadores de, al menos, lo que la era digital ha llamado contenidos, para regenerar en hipertextos. Tampoco esos intentos de escritura colectiva y espontánea, se han podido mantener. De inmediato, tanto en obras experimentales como en casos como el de las enciclopedias en línea, valga el más famoso de la Wikipedia, la necesidad de acudir a autoridad, como garante legitimador del conocimiento, obliga a relativizar la participación colectiva e, incluso, la socialización del conocimiento.
¿Por qué debemos pensar que ha fallecido el libro por el hecho de que, en vez de andar con uno o dos libros en el equipaje, pueda moverme con una biblioteca de miles de volúmenes? ¿Será eso muerte, o multiplicación? ¿No es acaso más efectivo generar las redes interbibliotecarias para las consultas, con las que se pueden establecer mecanismos de intranet y, por otra parte, ayudar a la conservación del ejemplar?
Quienes sí entran en pánico son los monopolios editoriales, las industrias que viven de generar plusvalía a costa de la necesidad del conocimiento, la recreación y la cultura, tanto en sus dimensiones pragmáticas como en sus “caprichos” estéticos. Los índices de venta del libro impreso han ido decayendo, en efecto, en los últimos años de la primera década del siglo XXI y sobre todo en lo que va de este que inicia la segunda; en parte a causa de la crisis económica mundial, pero también, y no sin relación con lo anterior, porque el lector comienza a evadir la explotación que sufre a través de la comercialización tanto del conocimiento como del entretenimiento. Las posibilidades que se abren a través de la tecnología sacuden el largo estancamiento de la relación contractual entre el dueño de la industria y el consumidor. Pero el consumidor no ha renunciado al libro ni el autor ha renunciado a expresarse a partir de una necesidad cultural, independientemente de su necesidad vital de subsistencia y calidad de vida. No por gusto, los monopolios editoriales han acosado a aquellos que han colocado bibliotecas gratuitas en sitios de Internet, gastando recursos y dinero para llevarlos a los tribunales.
Y no es raro, tampoco, que los gobiernos neoliberales hayan acudido a recortes drásticos de presupuestos con las bibliotecas públicas. Se aviene una era de transformación de los soportes de lectura, de reconstitución del documento, y se han lazado a una carrera por el control de comercialización de esas nuevas circunstancias que constituirán el marco de distribución y de reproducción del libro. En Estado Unidos, las bibliotecas públicas de casi todas sus ciudades se han visto obligadas a disminuir sus horarios, a cerrar por temporadas o a clausurar los servicios sin que se sepa si de nuevo se abrirán. Al menos 438 se habían visto en trance de cierre definitivo. De modo que lo que está en crisis es la empresa y urge, por supuesto, darle un vuelvo desde un punto de vista cultural, desde un modelo social que no considere superflua a la cultura ni, tampoco, al entretenimiento.

1. Daniel Bell: «Gutemberg y la computadora. El futuro del libro», en URl: http://www.infoamerica.org/teoria_articulos/bell1.htm. Traducción: Aurelio Asiain

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en Polémicas en Web y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s