De una vieja polémica y sus vigentes circunstancias

Jorge Ángel Hernández
Sacudido por una irreverente agresión cínica que inundó los buzones de destinatarios de correo electrónico de no pocos cubanos, el traductor y ensayista Desiderio Navarro se preguntaba, con sugerida respuesta negativa, si tal cinismo quedaría tácitamente aprobado y dejaría, para el futuro inmediato, la posibilidad de la agresión impune de cualquiera sobre cualquiera. El siguiente texto de su agresor respondería con creces: no solo se puede, sino que se practica con impunidad olímpica. La responsabilidad intelectual, y el respeto a la persona humana, quedan muy por debajo de la ley y el orden y ceden a la suplantación del juicio público y la valoración personal.
Esta es la norma sobre la cual se ha levantado uno de los mitos de la libertad de expresión que el uso de Internet propone: el desparpajo en la opinión. Como si la condición de personal del blog lo convirtiera en un espacio verdaderamente doméstico; como, incluso, si dentro del ámbito de lo doméstico no estuviesen reglamentadas las normas de conducta, culturales y legales. Sin embargo, la mayoría de los comentarios que hallamos en los blogs que como libres y polémicos suelen presentarse, serían considerados culpables de difamación, injuria, lesiones a la moral, y otras figuras delictivas, en los tribunales de casi todo el mundo. Las compañías, por su parte, suelen centrarse en lo que consideran terrorismo, o piratería, es decir, en quienes llaman a la resistencia política al auge totalitario del neoliberalismo global, y a quienes ponen en socialización gratuita las fuentes del conocimiento.
Son patrones de hegemonía que han estado ejerciendo su dominio con plena impunidad.
Pero también es cierto que, luego de la fugaz andanada de correos electrónicos que produjera la aparición Pavón-Serguera a propósito del programa televisivo del cantautor Alfredo Rodríguez, que terminaran nominando como “guerrilla de los e-mails”, en concesión a quienes no pierden oportunidad para embestir contra el proceso revolucionario cubano, la generalidad de los ataques de este tipo apenas recibe la respuesta del agredido y la de algún que otro amigo y allegado. La aceptación tácita se ha convertido en un modus operandi, no sólo del cinismo ideologizado que de desideologización se disfraza, sino de la nutrida competencia que puebla la cultura nacional.
A esta actitud, se suma el acto del desconocimiento voluntario, aún cuando aparezcas en catálogos de exposiciones, de publicaciones, o en programaciones de espectáculos; aun cuando muchos de esos dejados al silencio cumplan de mejor modo las características que fundamentarían las tesis de los críticos. O sea, la guerra de omisión como ejercicio de desplazamiento agresivo, camuflado e hipócrita; la condena al silencio como método para validar sólo el gremio de los incluidos, generalmente en jerarquía geoestratégica y en condición de cercanía en las relaciones personales. Nivel técnico y profesionalidad se corresponden poco. Y el juicio subjetivo, convertido en patente de valor, intimida y se impone, en el más devastador ejercicio de la autoridad.
A propósito de la referida polémica, Desiderio expresaba, no sin razón, que no conocía autores, de su generación y de otras posteriores, que le rebasaran en producción teórica. Y es posible incluso que conozca pocos autores (cubanos) que desarrollen teorías, o cuestiones teóricas de análisis y hasta que reconozca a menos de los que conoce. Cuesta trabajo, aun cuando se dispone de una magnífica trayectoria que reconocimientos mil merece, recibir como un igual al otro. La teoría es, hoy por hoy, uno de los elementos que más discriminación recibe en nuestro panorama cultural, tanto en el plano editorial, como en el del debate oral, más rico en proporción, como en el del ejercicio de las hegemonías autoritarias. De hecho, se le califica con una palabra que equivale al uso de “mariconcito” o “tortillera” para los homosexuales, “guájaro” o “guacho”, para los campesinos, “puta” para la mujer liberal que, sin embargo, no se prostituye, o “negro’e mierda”, “tizón” o “coco-timba” para el negro: metatranca.
Tanto el texto teórico como la persona que se atreve a ejercer la teoría, son considerados con impunidad total como metatrancosos, productores lastimeros de metatranca, sin que se juzgue el valor de las proposiciones expuestas. Este es un estamento que campea por su irrespeto en los patrones de juicio con que nos rodeamos sin que se indignen demasiadas personas. Ello, se sumaba a la saña que algunos pudieran guardarle a Desiderio Navarro. Lo cual lo obligaba, adecuadamente a mi manera de ver, a poner en blanco y negro su respuesta. Es, de cualquier modo, una trampa difícil de evadir, por cuanto el desparpajo en la opinión carece de coto y egocéntricos confesos e insolentes como su agresor de entonces lo saben y muy bien lo aprovechan.
Elementos que llaman la atención de Navarro son: el deterioro moral, ideológico y educacional, para él del país, para mí de ciertos sectores cínicamente mercantilizados; los mecanismos seudopolémicos, de los cuales relaciona tres aspectos de creciente vigencia: insinuaciones denigrantes, falsas imputaciones y atribución falaz de afirmaciones; cambios de casaca, lavados de autobiografía y reciclajes políticos de “rojos” con carnet; fachada postmodernista dispuesta a encubrir la falta ética, la negación de la verdad y la desacreditación del conjunto deliberadamente encumbrado como “resabios modernos”.
La megalomanía, el autobombo, el yoísmo exacerbado y la exclusión del otro, son más bien elementos reflejos de personalidad que encuentran aceitado el tobogán de “riesgo” en las condiciones actuales y se apresuran a sumarse al oportuno ambiente. Paradójicamente, donde debían valer por igual todos los juicios, aquel que representa al yo se erige en norma natural, en precepto a seguir.
¿A qué responden las tan airadas reacciones al llamado de algunos a tomar conciencia, desde la creación artística y literaria, del alienante proceso de despolitización, del totalitarismo servil con que la política global se entrega cada día al neoliberalismo económico?
El posmodernismo, pésele a quien le pese, es un proceso más de las vanguardias que, saturado por la inclusión paradigmática, decidió trabajar por el envés de esos mismos paradigmas. Se recicló. Ha dado la vuelta y ha sucumbido a todos los preceptos a los cuales declaró decapitados. Pero, ¡ojo!, en sus aguas pesca con tranquilidad absoluta el sujeto que vive del mercantilismo, del mercenarismo cultural y de la complacencia con el estatuto alienante de la contratación laboral. La politización del arte y la literatura en ciertos sectores de la creación es, entre otras cosas, una reacción ante la ya evidente estafa a que ha contribuido el paradigma posmoderno de la multiplicidad del juicio, de la falta de objetividad del valor, del escándalo efímero que como información libre se presenta. Por consiguiente, cuanto más ignorante sea un emisor, y más conforme su espectro receptor, más escandalosa puede hacerse la provocación, si esta se proyecta a través de los medios adecuados.
La reproducción de ese tipo de irrespetuosas embestidas responde, pues, a esa puesta en escena de la guerra de desgaste ideológico que el neoliberalismo lleva adelante con sorda intensidad. Y, tal y como en la estrategia neoliberal se cumple, bajo declaraciones de despolitización, desideologización y llamando a la insana demagogia de la superficialidad satírica, de un humor negro ofensivo y falaz y una diversidad que a toda costa protege el autoritarismo personal. Nuestros buzones de correos electrónicos reciben diariamente este tipo de mensajes, y escasamente transmiten aquellos que defienden una política revolucionaria inscrita en los valores marxistas, en sociedades que buscan desarrollar el socialismo e, incluso, en críticas objetivas a los errores de la sociedad cubana. Ocupan, con oportunista descaro, el lugar que la crítica no consigue alcanzar, los puestos que nuestro adormecido periodismo dilapida. Suplantan. Supeditan. También su ciclo vendrá abajo, por cuanto carecen de asidero.
Por tanto, si procede del neoliberalismo posmodernista como del ciberchancleteo injerencista, o incluso del plattismo neosocialista, injuriar significa libertad de expresión, aunque, por el contrario, si una advertencia surge desde estamentos revolucionarios, con pensamiento crítico de izquierda, se trata de llamadas a reinstaurar el neoestalinismo, los totalitarismos equis, o cualquier otro execrable etcétera. La Generación Y, a la que pertenece el agresor de Navarro, se ha viciado en la molestia, dilapida sus libertades en estatutos banales, que al alcance de la mano tenía aún antes, y trata de cerrar a toda costa el paso al proceso de recuperación de la Generación X.
Creo que la generalmente larga visión de Desiderio Navarro se torna reducida al suponer que, con agresiones del tipo de la recibida desde esa pizpireta iconoclastia, se busca el lanzamiento de un nuevo paradigma de cinismo capaz de fundamentarse en su propio mecanismo ofensivo. Ello es una práctica que desde tiempo ha, y con el silencio de muchos —el de Desiderio incluido— estamos sufriendo quienes en un momento anterior nos atrevimos a abogar por la responsabilidad intelectual (fue uno de los temas que desarrollé en la nombrada “guerrilla de e-mails” que por mi parte llamé, sin ningún éxito de aceptación, “El Pavonazo”). El pensamiento de izquierda revolucionaria, crítica y participativa, existe, aun cuando siga siendo, en efecto, invisibilizado, tanto por la agresión directa que desde la financiación ideológica de continuada Guerra Fría se sustenta, como desde los tácitos silencios de aceptación que, dentro, se suceden. Algo de salutación del yo, y de anuencia al trabajo de aniquilación del otro asiste a esta actitud, no hay que politizarlo todo al extremo que ignore la dialéctica.
Como resulta lógico, quien vive más hacia las zonas de campo de mi propia residencia, más hacia al campo ha de quedar, con el proceso de invisibilización que le corresponde. Son, pues, gremios reducidos que totalizan la opinión en consecuencia con su propio espacio de dominio; que usurpan y suplantan la cultura declarando como universales y válidos sine qua non sus propios presupuestos; que emplean, cómo no, la conjunción del talento personal y la garantía del proceso revolucionario cubano de alcanzar altos niveles culturales, críticos, epistemológicos, con el egocentrismo individualista en que pudieran reinar, al menos hasta que el giro de la sociedad les coloque ante nuevas disyuntivas.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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