Hay un sitio llamado Carora al que deberé volver

Crónicas venezolanas
Arístides Vega Chapú

En el Consejo Comunal La Guzmana, en Carora, bailan el Tamunangue, o Sones Negros, compleja danza que se baila como parte de una ceremonia religiosa


(entrega exclusiva para Ogunguerrero)

A Carora llegué el veintiséis de junio, por carreteras llenas de artesanos mostrando sus obras, sobre todo las variadas y coloridas hamacas, varios diseños de vajillas de barro y vistosos tallados en madera; viajaba desde la ciudad del Tocuyo, ambas del estado de Lara.
Todavía, como todo recién llegado, desconocía que no hay mejor Cocuy en toda Venezuela que el de Carora, como tampoco un queso de cabra tan exquisito, ni tanta reverencia por el cuatro, instrumento que desde muchacho, en las propias escuelas, comienzan a dominar con virtuosismo.
En la ciudad de Carora o se sabe bailar las danzas tradicionales o se sabe tocar el cuatro o algún otro instrumento típico o se sabe entonar alguna de las muchas canciones tradicionales con los que han sabido, a través del tiempo, enamorarse.
El clima semidesértico los ha obligado a crear un contorno menos hostil y lo han logrado.
Es el sitio en el que se hace la mejor cachapa, una tortilla de maíz tierno con mucho queso y es donde único disfruté de un helado de mamoncillo tan exquisito como para degustarlo a cada rato, al menos a escala de recuerdo.
A mil quinientos metros sobre el mar existe una comunidad llamada Jabón, en la parroquia de Torres, en la que los alumnos y profesores de la Escuela Bolivariana Francisco Suárez, me mostraron la relación cotidiana de todos ellos con el arte; bailando las danzas tradicionales y religiosas, como el culto a San Benito, fiesta que se realiza cualquier día del año como agradecimiento a lo concedido por el santo, mostrando un absoluto dominio de los instrumentos típicos, mostrándome labores artesanales muy creativas y curiosas.
La propia conservación, orden y estética de la escuela y la comunidad toda demuestran cómo desde ese desarrollo del instinto creativo se puede dar solución a muchos problemas del cotidiano.
Estuve también en San Francisco, en la Parroquia Montes de Oca, en una escuela que sobre los años sesenta la construyeron por equivocación allí. La escuela es espaciosa e iluminada, una construcción sólida, pero lo más interesante son los profesores que nos muestran con orgullo un coro de estudiantes que cantan canciones tradicionales del amplio repertorio venezolano y a muchos de los alumnos que dominan el cuatro o cualquier otro de los instrumentos tradicionales.
Uno de los profesores compone canciones y otra profesora enseña diferentes labores artesanales a los alumnos, otra, recién graduada de la Misión Sucre me muestra creativas láminas que sirven de material auxiliar para sus clases, para hacerlas distintas, me dice y yo le creo esa pasión que tuve la suerte de apreciar en muchos de mis maestros.
Una tarde fui invitado a un local del Consejo Comunal de la Guzmana. Un local levantado por sus propios vecinos. Vi allí bailar con mucha pasión a jóvenes el Tamunangue o Sones de negro, una compleja danza que sirve de ritual religioso. Antes habían cantado dos trovadores temas de Silvio y Pablo. Yo les había conversado sobre la importancia de la lectura y finalmente había respondido varias preguntas casi todas sobre la realidad actual de Cuba. Nos había alcanzado la noche y Laura Herrera, la directora de la Casa de la diversidad, nos invitó a su casa. Dos músicos populares cantarían para nosotros las bellas canciones caroreñas, que ya son definitivamente parte de mis sonidos afectivos.
Laura Herrera lucha porque le devuelvan la utilidad de su institución. Una vieja casona en el centro de la ciudad que el tiempo le derribó con saña su techo. Pero ella es tan inquieta que ha seguido trabajando incansablemente, pese a este inconveniente. Y a su favor cuenta con el conocer, respetar y reverenciar la rica y diversa cultura popular que hacen de Carora un sitio tan especial.
Por suerte Laura no está sola. Víctor y Edecio, emplantillados como operadores culturales, pero tan activos que su puesto les queda demasiado pequeño para todos los empeños que se proponen, la acompañan en toda esa cruzada en defensa de la cultura que saben debe jugar un papel protagónico en los tiempos que ellos llaman nuevos.
Con ellos bajé y ascendí cerros, conocí comunidades apartadas, el centro cultural de la ciudad, sus comidas típicas, sus sitios emblemáticos, el por qué de un comportamiento culturalmente tan activo.

El artesano de la foto ha sido condecorado por la UESCO por mantener las técnicas artesanales de sus antepasados indios


Mi llegada a Carora había coincidido con las fiestas patronales. Estas últimas habían sido salvadas primero por un desfile cultural y luego por una memorable velada artística que muchos caroreños disfrutaron en un espléndido parque de diversiones que por primera vez mostraba algo diferente a las carreras de caballos.
Apenas llegué me contaron lo que juntos disfrutábamos. Los opositores se habían negado a celebrar la tradicional fiesta patronal y el alcalde les había pedido a los operadores culturales salvaran estas fiestas populares de la manera en que ellos podían hacerlo, desde la cultura.
Muchos me aseguraron que habían sido los festejos más espléndidos de cuantos recordaban. El entusiasmo de los participantes y de los organizadores me hizo saber, apenas era un recién llegado, que viviría en esta ciudad experiencias muy importantes. Y no estuve equivocado.
Subiendo y bajando cerros escribí un poema que ahora comparto. En sus líneas está mi agradecimiento a personas tan creativas y laboriosas, tan comprometidas como Laura, Víctor y Edecio, personas que saben la utilidad y la importancia de la cultura.

Camino a los cerros, desde Carora

Detrás del grueso cristal que nos protege
del encuentro con un viento áspero y rudo
veo los árboles desprenderse de raíz,
pasar velozmente
enfrentándose con temor al paisaje
regido por los cerros.
Estuve antes aquí,
no sé en cuál de mis otras vidas
pero reconocí detrás de la neblina,
que suavemente se deja caer,
los espléndidos paisajes de Torres.
El auto avanza por mínimos senderos
que la lluvia ha estrechado
y recorren con pereza las cabras
que saben de la simpleza de ascender
los cerros sujetos por un sereno cielo
que ha puesto cierto orden a mis recuerdos.

En los posteriores días a mi llegada me mostraron a alfareros que trabajan el barro de la manera que lo hacían los indios, una coral integrada por cantores en su mayoría por estudiantes universitarios con un respetadísimo repertorio, músicos populares, artistas de la plástica, un festival del papalote, al que ellos llaman papagayo, una editorial en una comunidad montañosa llamada Curarigua, bibliotecas populares sostenidas por el empeño de sus pobladores y tantas otras experiencias vitales para saber que hay un sitio llamado Carora, en el Estado de Lara, en Venezuela, al que deberé regresar.

Grupo de música tradicional en una comunidad montañosa, Rio Yaracuy


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Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a Hay un sitio llamado Carora al que deberé volver

  1. Myriam dijo:

    Siendo parte de estas manifestaciones culturales quiero agradecer al amigo y escritor Aristides Vegas por narrar tan bonito y con tanto amor su paso por los caminos del pueblo creador de la patria de Bolívar. Cuando lo desee aquí está su casa

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