Con los poetas de San Felipe

Crónica de un viaje a Venezuela
Arístides Vega Chapú

En la Universidad Politécnica Experimental de las Fuerzas Armadas, con los poetas David Figueroa y Yony Osorio


(exclusiva para Ogunguerrero)
Con muchos de los poetas de San Felipe, organizamos una lectura en el Parque histórico arqueológico San Felipe el Fuerte. Era la primera vez que la mayoría leía en público y lo hicieron tan bien que se sintieron con ganas de repetirlo.
Juntos también fuimos a conversar sobre poesía y otros temas humanos con los alumnos de la Universidad Politécnica Experimental de las Fuerzas Armadas. Eran estudiantes de carreras pedagógicas y pese a la timidez que siempre sucede en el principio de los encuentros se logró una cercanía en que los alumnos participaron con el entusiasmo que pocas veces se logra en ellos.
Antes habíamos presentado en la Librería del Sur, enclavada en la bella edificación del Museo Municipal, el poemario El discreto encanto de la conversación, la antología publicada por el poeta Sigfredo Ariel en Monte Ávila. Casi todos llevaron a casa el libro y yo les aseguré que entrarían en contacto con una de las poéticas más consolidadas de la lírica actual en Cuba.
Otro día, en la moderna sala de la Cinemateca, disfrutamos de la película cubana José Martí: El ojo del canario, de Fernando Pérez, la que motivó quedarnos conversando sobre cultura y poesía, sobre historia venezolana, sobre el presente y futuro y sobre todo sobre Cuba, un país que algunos ya han visitado y al que casi todos desean visitar.
Es como una obsesión que con seguridad la creen posible y mientras el añorado viaje llega lo preguntan todo, como si cada detalle de la Isla les fuera imprescindible para sostener esa foto afectiva que muchos poseen de Cuba.
Con carne asada, yuka, sin el mojo nuestro, y una muy bien preparada ensalada mixta de vegetales, me despidieron los amigos poetas de San Felipe, aunque todos me aseguraron que mi próxima ciudad estaba muy cerca, apenas a unos kilómetros y que me visitarían. Mi próximo destino se llama Chivacoa y a ella llegué el sábado once de junio, en la noche.

En San Felipe, con los poetas Jairol Bijaldo, Yony Osorio, David Figueroa y Marcos Torres y algunos de los participantes en el encuentro con estos escritores en la Universidad Politécnica Experimental de las Fuerzas Armadas


Lo primero que me llamó la atención fue la vida nocturna que tiene esa pequeña ciudad. La céntrica Plaza Bolívar estaba completamente llena de personas que en pareja, o solitario, o en familia, compartían de espaldas a un reloj que marcaba más de la diez de la noche. Algo inusual a lo visto hasta ahora en otras ciudades en las que, apenas oscurece, quedan vacíos los espacios públicos.
Lo otro fue la cantidad de carros que se estacionan a orillas de las aceras con los maleteros abiertos en los que colocan bafles y modernos equipos amplificadores de música que encienden a todo volumen. Esta práctica irrespetuosa no la había visto hasta ese momento en que llegué a Chivacoa, más tarde la volví a padecer en otras ciudades venezolanas.
Finalmente lo otro que, apenas llegué, me llamó la atención fue la cantidad de comercios que se dedican a la venta de santos, velas y todo tipo de recipientes u objetos necesarios para ejercer una religión que, aunque africana, es parte de nuestra idiosincrasia. Además de las fiestas religiosas que se desarrollan en estos comercios públicos.
Me explicaron que varias familias cubanas se asentaron en estas tierras para dedicarse al negocio de la caña de azúcar. Ellos y sus esclavos trajeron sus santos y ritos y ahora son parte de una fe que acompaña a muchos pobladores descendientes o no de aquellos que en tierras ajenas y extrañas reafirmaron sus creencias.
Todo esto lo supe antes de ir a las montañas y visitar el santuario de Maria Lienza, donde organizamos una lectura de poesía en ese sitio que para siempre lo tendré como uno de los más especiales y diferentes de cuantos visité en tierras venezolanas.
Maria Lienza fue una doncella Nivar de un poderoso cacique de Nirgua que fue convertida por la creencia popular en protectora de las aguas dulces, los bosques y los animales silvestres.
Lo atractivo del lugar es que el santuario erigido a su memoria y veneración no está capitaneado por iglesia ni institución religiosa alguna, es un rito popular en que cada creyente expresa su cercanía a Maria Lienza a su manera y deseo.
El Festival Internacional de poesía que cada año se organiza en Venezuela, me sorprendió en Chivacoa, por lo que el viernes 17 de junio, en la tarde, fui convocado a leer poemas junto con los poetas de la ciudad y otros procedentes de otras ciudades cercanas. Ya el día anterior había ido a leer a la ciudad capital del estado, San Felipe, en el Museo de la ciudad, con amplio y entusiasta público que sinceramente me tomó por sorpresa.
Terminada la lectura en Chivacoa, sobre las ocho de la noche, el poeta Jairo nos invitó a su casa, lo que interpreté como una despedida, pues al día siguiente viajaría al estado de Lara. Fue mi último encuentro con amigos entrañables que ganaron un espacio privilegiado en mis afectos. Ya nunca más podré hablar de poesía, o de Venezuela, o de los amigos, sin mencionarlos.
Confronte además:
Bajo los azules cerros de San Felipe

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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