En el Tocuyo, donde un Comandante estuvo a mi orden

Crónica de un viaje a Venezuela

Librería Sur de El Tocuyo


Arístides Vega Chapú
(entrega exclusiva para Ogunguerrero)

Llegué al Tocuyo el domingo 19 de junio, en la tarde, con temperaturas tan altas que no había nadie en la avenida principal, donde estaba la Posada en la que me hospedaría. Por lo que la primera impresión que tuve fue el haber llegado a una ciudad deshabitada.
Dejé mi equipaje en la habitación de la Posada y salí en busca de un Sayber para comunicarme con mi familia.
Un domingo por la tarde en cualquier lugar del mundo, pero sobre todo en los pueblos del interior de Venezuela, puede no encontrarse mucho. Sin embargo y pese a que no había nadie en una calle que se hacía polvorienta y poco transitada por los escasos carros que a esa hora se aventuraban a andar bajo un sol tan poderoso, encontré el sitio del que podía conectarme con los míos.
Escribí contando sobre el pueblo. Ni feo ni bonito, para continuar describiendo la posada que no era ni la perfección misma ni el abandono probado, de mi estado de ánimo que no podía ser descrito como depresivo pero tampoco de júbilo, como todos los domingos, terminé mi impreciso mensaje.
No hay domingo alegre en Venezuela, terminé diciéndome a mí mismo.
Había viajado desde Chivacoa hasta Barquisimeto, una ciudad visualmente muy atractiva, con edificios muy altos y muchas áreas verdes.
Dessire Danza, la responsable de la Plataforma del Libro del estado, había ido a buscarme. Alquiló un taxi frente al hotel en el que había estado hospedado con el que llegamos a una terminal en la que tomamos otra máquina que nos trasladó hasta Barquisimeto, la capital del estado de Lara.
Lo primero que me contó es que habían tomado un museo privado y todos los trabajadores del Gabinete Cultural estaban en función de lograr poner en manos del pueblo la institución. Visité el museo, disfruté de la colección que allí se atesora, tiré algunas fotos y me pareció justo lo que se proponían.
Luego fuimos a la Librería del Sur en una amplia segunda planta de un céntrico edificio. Con una espléndida vista que se obtenía desde todos los ángulos pues el local estaba rodeado de ventanas de cristal que daban a una populosa avenida. Muy agradable todo menos la librera, que era obvio que es de esas personas a las que mejor uno ni se acerca.

Captando la ciudad a paso de viajero


Fuimos a almorzar a un centro comercial en que además de varias opciones para el almuerzo había una irresistible bulla pues junto a estar atestado de clientes cada vidriera tenía, a manera de atractivo para sus ventas, un amplificador de música.
Es obvio que almorzamos con mucho ruido, pero Dessire fue lo suficientemente agradable como para que recuerde ese almuerzo sin esa bulla que al parecer es también parte de la globalización con que el mundo se siente unido.
Pasado el mediodía fuimos a la Escuela de Artes, en cuyo amplio patio central se realizaría un Festival de las Artes. El edificio de la escuela había sido años atrás un cuartel del ejército. El lugar estaba lleno de jóvenes, algunos sólo esperaban el inicio de la actividad, otros organizaban mesas de venta de artesanías, exposiciones de pinturas, hacían instalaciones en diferentes zonas del patio. Yo ayudé a trasladar los libros que serían puestos a la venta.
Sobre las cinco de la tarde ya estaba extenuado y pregunté a qué hora me llevarían para mi próximo destino por una semana: el Tocuyo. Fue en ese momento que me hicieron saber que había problemas con el hospedaje, pues no había llegado desde Caracas el pago de la reservación.
A las seis de la tarde habían resuelto llevarme para una Posada en una parroquia a unos kilómetros de Barquisimeto, muy cerca de la casa de Dessire, la muchacha que me atendía, por lo que ese sábado, contra todo pronóstico, no dormí en mi próximo destino al que solo llegué el domingo.
El lunes 20 de junio amanecí listo para encontrarme con los escritores, operadores culturales, facilitadotes y todo el que tuviera deseos de trabajar a favor de convertir a los venezolanos en lectores. Lo que aún no sabía que en este empeño no me acompañaría ningún operador cultural ni nadie más que yo mismo, pues los que debían estar en esta ciudad atendiéndome estaban en función de la toma del Museo, en Barquisimeto.
Caminando seis o siete cuadras por la avenida de la Fraternidad, principal arteria del Tocuyo, frente a la que está la Posada en la que estoy hospedado, y luego tomando a mano derecha se llega a la Plaza Bolívar y muy cerca, en un edificio en que varios locales prestan diferentes servicios se encuentra la Librería del Sur. Allí trabaja la mejor librera de cuantas he conocido. Alguien que conoce a la perfección los títulos en venta, que puede con facilidad recomendar una lectura, que interactúa con los clientes y la persona que me podía ayudar en mi empeño.
En el Tocuyo estuve en un central azucarero. Un paisaje tan recurrente en mi país y saqué la cuenta que hacía más de veinte años que no visitaba un central en activo, pues en los últimos años he ido a varias comunidades de industrias desmanteladas que sus trabajadores ahora estudian en lo que llaman la Tarea Alvaro Reinoso o viven de la agricultura y de otras actividades desacostumbradas para los que siempre vivieron en un batey azucarero.
El Central lleva el nombre de Pío Tamayo y salvo que el café que brindaron era muy a la americana, para nuestro gusto, todo lo demás me hizo creer que estaba en Cuba. Primero por el paisaje de un central, que esté en el país que esté, siempre es igual. Después porque habían varias vallas con consignas políticas, una de ellas el concepto de Revolución dado por Fidel.
En el Central logramos reunirnos con cuatro trabajadores que aunque pusieron de su parte no fue difícil saber que no les interesaba para nada el tema por el que había llegado a ellos: la utilidad de la lectura, a pesar de que hicieron todo lo posible por disimularlo y ser atentos.
También visité la comunidad montañosa La Asomada, sobre un cerro a varios metros del mar y con un paisaje y una vegetación envidiable. Allí estuve con pobladores, sobre todo mujeres, que integran la Misión Robinsón, es decir estudiantes de magisterio y juntos nos inventamos, en la larga conversación que sostuvimos, el país en el que aspirábamos todos a vivir.
Me llamó la atención la seguridad de estas personas, casi todas muy jóvenes, que ahora saben lo que quieren y hace apenas unos años atrás eran analfabetos o con muy bajo nivel de escolaridad.
En la Librería del Sur coincidí con alguien a quien llamaban comandante a pesar de ser muy joven y estar vestido de civil. Fuimos presentados y fue entonces que supe que se trataba del Primer Comandante de la Primera División de Infantería José de Cruz Castillo, Gabriel José Madroñero Gualdrón.
Había estudiado en Cuba y había visitado el Monumento al Ché en Santa Clara. Me dio dos veces la mano, que apretó con fuerzas de militar y me hizo saber que estaba a mi orden.
Como nunca había tenido bajo mi orden a un Comandante, no quise desaprovechar la oportunidad y le pedí ir a su unidad y poder proyectar la película de Fernando Pérez; José Martí, el ojo del canario y realizar un cine debate en el que pudiéramos conversar de diversos temas referentes a la cultura.
El Comandante no solo me permitió hacer el cine debate sino que me hizo las coordinaciones para que repitiera la actividad en varias comunidades cercanas a su Unidad, me regaló una botella de Cocuy y me entregó en acto solemne, frente a los soldados, un certificado de reconocimiento como justo y merecido reconocimiento a su desinteresada colaboración prestada a su unidad.

Captando la ciudad a paso de viajero

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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