La ciudad de las casas de barro

Crónica de una visita a Venezuela
Arístides Vega Chapú

Ateneo de Coro


(entrega exclusiva para Ogunguerrero)
A la ciudad de Coro llegué en la tarde noche del sábado dos de julio desde Palmarito, en la Parroquia Montaña Verde, en Carora. Hasta allí me habían acompañado los amigos Laura Herrera, Víctor García y Edecio Riera, como a todos los demás sitios en los que estuve en ese extenso municipio donde a los pocos días de haber llegado, una semana atrás, me sentí acompañado por cercanos amigos.
Me fueron a buscar en una máquina del Gabinete cultural de Falcón y mis amigos me despidieron con un fuerte abrazo que me estremeció. Despedía a personas con las que había logrado una comunicación sincera y cercana sin saber a ciertas cuándo nos volveríamos a ver.
Con esa sensación extraña de haber dejado atrás afectos tan especiales y a sabiendas de que comenzaba la última etapa de mi extenso recorrido, pues era este el último estado a visitar, llegué a Coro, la ciudad primada de Venezuela. Donde se realizó la primera misa católica.
Una cruz de madera en un guacal al centro de una plaza recuerdan este suceso que al parecer ha propiciado que sea esta ciudad la que más iglesias, por habitantes, cuenta en todo el país.
También posee Coro el atractivo de haber sido declarada, por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad, por la manera tan particular de hacer sus construcciones. Una mezcla de barro con excremento de burro.
Uno observa las edificaciones, sobre todo las más coloniales y elegantes y no imagina el material usado para levantarlas.

Casas Patrimonio de la Humanidad


Merlín Rodríguez, artesana y sicóloga, responsable del Patrimonio del estado de Falcón y del Gabinete Cultural, tuvo a bien encontrar una tarde para llevarme a varias casas que por proyectos de su oficina reconstruían para que conociera de esta manera tan atípica de construir.
Quizás por el clima semidesértico en Coro gustan de pintar las casas de colores alegres. Son en su mayoría casas prolijas, bien cuidadas, dándole lugar a los espacios exteriores como jardines, patios, portales o terrazas, decorándolos con la rica artesanía local y manteniendo los jardines impecablemente hermosos a pesar de la constancia que se supone hay que tener para sostenerlos en un clima como ese.
La noche del sábado estuve recordando una y otra vez los momentos tan agradables e intensos vividos la pasada semana en Carora, como si con ello no quisiera reconocer estar en un nuevo lugar donde aún no conocía a nadie más allá del operador cultural que me había trasladado de Palmarito, en Carora a Coro y que había quedado en irme a buscar el domingo, para mostrarme la ciudad, pero no apareció.
Algo semejante me sucedió en varias ciudades en que recién llegado tuve que arreglármelas solo hasta que a mediados de semana ya contaba con amigos y personas generosas dispuestas a cualquier favor. Era justo esto lo difícil de mi viaje, todas las semanas me encontraba en una ciudad nueva, desconocida, donde no conocía a nadie y cuando comenzaba a ganar afectos ya era hora de viajar hacia otra ciudad.
El domingo cuando tuve conciencia de que nadie aparecería por mí decidí salir a recorrer la apacible ciudad que todo el tiempo me pareció demasiado despoblada para su belleza.
En una de las tantas plazas que se levantan en el centro, justo a tres o cuatro cuadras de donde me hospedaba, la Posada Don Antonio, en el paseo Talabera, varios artesanos mostraban sus obras. Allí conocí a Mar, una española que había recorrido varias ciudades distantes una de otras de ese extenso mundo que se dibuja en los mapas, hasta haber llegado a Caracas dos años atrás y a Coro seis meses antes de mi llegada.
Me cuenta que vive de la artesanía, por lo cual no tiene que pagar impuestos. Va todas las mañanas para esa plaza donde se junta con otros artesanos a vender sus obras, casi todas bisuterías que va confeccionando mientras espera aparezca un cliente.
Este viene siendo el único país del mundo en que ignoran a los extranjeros, ni los persiguen ni los obligan a legalizar su situación. No le interesamos a nadie, terminó confiándome Mar, antes de mostrarme la ciudad, su centro histórico, sus edificios más notables, sus costumbres.
Me habló, como la extranjera que es, con ojos que lo han visto todo desde afuera, de las buenas y malas características de los que habitan esta región venezolana, pero era obvio que se trataba de opiniones dadas por alguien muy inteligente y observador, pues todo cuanto me dijo lo pude comprobar los días siguientes, durante mi breve estancia en esa ciudad.
Me advirtió que los artistas estaban muy fragmentados, que la mayoría no se llevaban unos con otros, que la Casa del poeta, institución que en otros tiempos había vivido su esplendor, estaba en su peor momento.
Finalmente me indicó dónde podía comprar pan, donde el café y la comida más barata. Pasada las siete de la noche, ya a punto de oscurecer, se despidió de mí por unos días pues había sido invitada por una amiga, también española, a pasar unos días en la montaña. Nos despedimos como si nos conociéramos de toda la vida. La soledad y el deseo o la necesidad de querernos comunicar nos había convertido muy rápido en amigos.

Mar, artesana española


A Mar solo la volví a ver a final de la semana, el viernes, justo el día en que viajé a Punto Fijo, por lo que apenas pude agradecerle sus atinados comentarios, que tanto me sirvieron en los días pasados en esa ciudad, y su amabilidad y cariño de mostrarme algunos secretos prácticos de la ciudad, que también me fueron muy útiles.
Además de los médanos, el paisaje más impresionante de cuantos disfruté en todo mi extenso recorrido sobre todo porque uno no espera encontrar en Venezuela un desierto, el colonial y conservado casco histórico, los muchos monumentos emplazados en toda la ciudad en la que resalto la plaza Bolívar solemnemente atractiva, el Puerto La Vela, a unos escasos kilómetros, también declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad y por donde Miranda entró la bandera venezolana y la izó por primera vez, es esta de las pocas ciudades venezolanas en que sus habitantes te aseguran no existir peligro alguno para poderla andar y disfrutar. Por lo que más que nada disfruté de andarla, casi siempre solo, de hacer suficientes fotos como para que no se me olvidara ningún detalle de este lugar que en mucho se me pareció a la ciudad de Trinidad, a la que por cierto hace más de veinticinco años no voy.
El lunes 3 de julio viajé junto a un grupo de operadores culturales y artistas de la plástica de Coro a Punto Fijo, donde se desarrollaría una velada cultural por el Bicentenario de la Independencia en la que participé con la lectura de varios poemas.
Ver el mar a la entrada de la Península de Paraguaná me sobrecogió o quizás me ensanchó la nostalgia por los míos y es que aunque se viva en centro del país, como en mi caso, se asocia el mar a lo de uno, por aquello de saberse isleño.
Sobre las doce y media de la noche ya estaba de vuelta en la Posada, a sabiendas de que el siguiente día había sido declarado feriado. Lo que significaba para mí pasar nuevamente un día solo, tal y como si fuese domingo.
El operador cultural que había quedado en venirme a buscar al siguiente día de mi llegada, es decir el domingo pasado, quedó nuevamente en recogerme y nuevamente volvió a quedar mal, con él, porque la verdad yo no lo esperé ese día.
Sobre las seis de la tarde decidí salir a caminar después de haber permanecido casi todo el tiempo encerrado en la habitación leyendo. Era una de mis grandes lujos, poseer libros y tiempo, algo que casi siempre no me ocurre.
Ese día de absoluta soledad me permitió escribir este poema:

Noche en Coro

El plomizo silencio de Coro asciende
hasta ocultarse en un cielo
que solo muestra su compasiva oscuridad.
Prefiero cerrar los ojos y caminar
aún cuando me aterra el ruidoso viento del anochecer
recorriendo los tejados de una ciudad que apenas conozco.
En lo más alto de la catedral su campanario se agita.
Estoy solo y prevenido del peligro
de no encontrar la salida de esta calle
que ha arrastrado desde las profundidades del infinito
el aire indomable que me impide llegar
a la puerta exacta donde deberé tocar.

Los participantes del taller, que aquí coordiné como en todos los demás estados visitados, sobre los métodos de incentivar la lectura en la población, fueron en su mayoría personas muy interesadas y abiertas en tener nuevas experiencias y conocimientos. Me lo demostraron con su activa participación. Juntos vimos dos películas cubanas, la de Fernando Pérez, sobre José Martí y Boleto al paraíso, de Chijona, que ampliamente comentamos.
El viernes, último día del taller, quisieron todos retratarse en grupo como recuerdo, trajeron un refrigerio para compartir y hasta artesanías como regalo que sinceramente les agradecí, pues no lo esperaba.
Aunque fue en Coro en la única ciudad de todas las visitadas en las que no gané amigos, quizás por la circunstancia de los dos días feriados que me redujeron a tres días los intercambios en el taller, guardo recuerdos gratos de mi vista a esta ciudad que no solo sabe construir sus casas de manera tan particular y única sino que puede mostrar paisajes también únicos, como el de los médanos y no hay nada que agradezca más que lo diferente.

Coro le recuerda al poeta Trinidad de Cuba

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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