Caracas, una ciudad por descubrir

Crónicas de un viaje a Venezuela
Arístides Vega Chapú

Confieso que muchas veces dije que Caracas no me era una ciudad atractiva. Había estado cuatro días, tres o cuatro años atrás y los altos edificios apenas sin colores, el cielo casi siempre gris, me fueron suficientes para creerla una ciudad sin demasiados atractivos.
Regresé por segunda vez el dieciséis de mayo del 2011 junto a un grupo de nueve amigos a los que se nos había confiado la tarea de impartir un taller sobre las maneras posibles de estimular y promover la lectura.
Viajaba con escritores con los que había compartido algún que otro encuentro como Maria Liliana Celorio y Yohandra Santana Perdomo, Yunier Riquenes, amigo de muchos de mis amigos que consideraron una suerte estuviese él en este viaje, opinión que yo ahora comparto, la editora Fefi Quintana, que por ser de mi provincia la conozco hace años, junto con los que desde hace tiempo conozco y con los que he compartido innumerables experiencias, buenas y malas y con cierta frecuencia nos encontramos; José Manuel Espino y Leymen Pérez y Eldys Baratute. Completaban este grupo la joven editora Mónica Gómez, a quien no conocía y el narrador y escritor Reinaldo Medina, que alguna que otra vez había visto pero con el que no recuerdo haber conversado nunca. Con ellos dos fue muy fácil hacer amistad enseguida, por lo que apenas llegamos a Caracas éramos un grupo de amigos cercanos dispuestos a compartir juntos la nueva experiencia.
Pero esta vez, quizás porque permanecí el suficiente tiempo como para conocer una ciudad, Caracas se me presentó como una gran urbe, llena de atractivos, muchos de los cuales están al alcance de cualquier visitante, sobre todo por su cuidado Metro que posibilita viajar largas distancias de forma cómoda, orientada y de manera muy económica.
Aunque cuando llegamos a Caracas el Metro costaba cincuenta centavos de bolívares y a las semanas subió a un bolívar y alcanzamos ver el aviso de que en una cercana fecha después de nuestro regreso, costaría uno cincuenta. Por el recorrido tan extenso que hace el Metro y sus comodidades sigue siendo un precio al alcance de cualquiera.
El primer atractivo que descubrimos en Caracas fue su Plaza Bolívar con todos sus edificios neoclásicos a su alrededor. Obvio que llegamos hasta la estatua de Bolívar y nos hicimos la primera fotografía de grupo, para luego visitar su casa natal.
Mi amigo caraqueño, el poeta Gonzalo Ramírez me contó que cuando Cintio y Fina visitaron el lugar lo hicieron por sus cuatro esquinas, por desconocer por cuál de ellas lo había hecho José Martí para rendirle homenaje a Bolívar.
La espaciosa y solemne Catedral, la casa natal de Bolívar, el Museo Bolivariano, el Gobierno del Distrito Capital, el Teatro Municipal, reabierto como homenaje por el Bicentenario de la Independencia y cuanto edificio alrededor de la plaza engalana ese raro paisaje de gran ciudad que en algo simula la vida de provincia, sobre todo porque es sin dudas este un espacio de encuentros, como las plazas de los pueblos en que por las tardes las familias llevan a sus hijos, los ancianos van a encontrarse y las parejas lo seleccionan como lugar de encuentro.
Toda esa zona cercana a la Plaza Bolívar está llena de espacios propicios para el encuentro y la conversación, pequeñas plazas y parques que sobre todo en el atardecer caraqueño se llenan de muchachos y jóvenes, ancianos y parejas que evidentemente no se limitan de disfrutar de esas escasas horas que anteceden a las noches.
Parques y plazas que siempre tienen proyectado el espacio propicio para la vegetación, los frondosos árboles que llaman tanto la atención en una ciudad que ha crecido en espacio y en altura y que sin embargo ha sabido respetar esas zonas llamadas los pulmones de una ciudad, tan visibles y disfrutables en Caracas.
En muchas de esas plazas encuentran los artesanos sitio para la venta de sus obras. También vendedores de libros de uso, con precios asequibles y todo tipo de ventas de productos tan variados que pueden ser desde chancletas o gorras, a espejuelos o bisuterías o cualquiera de las muchas mercancías de las que encuentran estos venezolanos para vivir de su compra y venta.
En esta nueva visita permanecería en Caracas primero una semana, después de la cual todo el grupo viajaría a los estados que nos correspondería visitar, para, pasados dos meses, encontrarnos de nuevo en esa ciudad que ya desde los primeros días nos había atrapado a todos, como para desear ese regreso y permanecer en ella una semana más.
En fin que contaríamos con dos semanas para conocer una ciudad tan inmensa y llena de atractivos que deseábamos poderlos descubrir.
Para ello contaba con la ayuda de dos amigos; los escritores Iris Villamizar y Gonzalo Ramírez, personas generosas pero muy ocupadas. A Iris la habíamos conocido recién llegamos pues como especialista del CENAL nos estaba esperando en el aeropuerto y desde un primer momento fue la más cercana y cariñosa del grupo venezolano con el que trabajaríamos.
A Gonzalo, amigo entrañable de Sigfredo Ariell, estaba por conocerlo, cosa que no sucedió hasta mi segunda estancia en Caracas, pues la primera semana fue de tanto trabajo para todos nosotros que no pude sacar el tiempo necesario para conectarme con él. Después desde varios estados nos hablamos por teléfono y muchos de los amigos que fui conociendo en las diferentes ciudades que visité me hablaban tan bien de Gonzalo que ya era una obsesión conocerlo. Cosa que se propició a mi regreso a Caracas, en la última semana que estuvimos en Venezuela.
En realidad de la primera semana creo que todos tendríamos solo que contar que la mañana y la tarde la pasábamos en el CENAL coordinando nuestro viaje por los estados, creando un programa que unificara el criterio de todos y nos permitiera realizar los talleres con un sistema que los igualara.
Del CENAL al hotel nos trasladábamos a través del Metro, en grupo, para con la ayuda de todos no perdernos, sobre todo los primeros días en que aún no todos dominábamos el trayecto.
Cuando vine a ver había pasado esa primera semana y el viernes 20 de mayo me vi solo en una Estación de los elegantes ómnibus Aeroexpresos ejecutivos, camino a la ciudad de Maracay. La mayaría de mis compañeros también se despidieron ese día, en diferentes horarios, de Caracas hacia los distintos estados que nos habían asignado.
El pasaje lo reservé para las doce y cuarenta y cinco de la mañana, que era el horario más próximo para mi destino. Aún cuando los ómnibus presumían de un confort que verdaderamente poseen y esto uno lo asocia a un servicio serio, sin explicación alguna, cercano a esa hora, pospusieron la salida para las dos de la tarde. Por lo que tuve que permanecer en esa Estación de Ómnibus, desde las nueve de la mañana, hora en que llegué para sacar mi pasaje, hasta las dos de la tarde, hora en que viajé a Maracay.
Por lo que la mayoría viajamos al interior del país con los deseos de conocer en algo a Caracas, deseo que pudimos satisfacer a nuestro regreso, dos meses después.
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Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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