Los dioses se me siguen rompiendo

Amador Hernández Hernández
Nacer en el año 1960 significó para mí entre cosas: contagiarme con la pasión de un pueblo que emanaba felicidad por todos sus poros, que derrochaba coraje a diestras y siniestras sin temor a las invasiones y los peligros de guerra nuclear, porque como nunca antes los paradigmas de la historia estaban más presentes, más vivos, más modélicos…. Significó, además, escuchar con sobrada atención las historias que contaba mi abuelo de los que habían protagonizado los grandes combates en la Sierra y en el llano, de que al fin la tiranía había sucumbido ante el empuje de los guerrilleros, los milicianos y de todos aquellos que anhelaban tener el menos una cuadrícula de su piel signada por el heroísmo.
Pero fue asimismo formar parte de las grandes movilizaciones al trabajo voluntario, de los guerrilleros de la enseñanza que subirían a las lomas a forjarse como maestros revolucionarios, comprometidos con las nuevas verdades de la patria; comprometidos con la esperanza de una nación capaz de continuar sacrificando los intereses individuales a favor de las grandes masas desposeídas; con la tarea de educar a las nuevas generaciones en su apego a la revolución, a sus líderes, a las tradiciones patrióticas, en fin, en el más elevado altruismo.
Pero no bastó con que me contagiara con esa lava volcánica que se desplazaba a paso de gigantes por cuantos rincones de la Isla: la Nueva Trova nos llenó con su música, con sus letras colmadas de poesía. Brotaba en el quehacer cultural del país una novedosa metáfora –bien atendida por la entonces presidenta de Casa de la Américas, Haydée Santamaría.
Sentía por aquellos años que el corazón se me agitaba frenéticamente cada vez que escuchaba en los noticiarios ICAIC las notas de Cuba Va, La Nueva Escuela o de otras tantas que se volvieron himnos de lucha, de trabajo, de amor, de antiimperialismo.
Sivio y Pablo se convirtieron en nuestros íconos, en la imagen de la Joven Cuba; dejaron de ser posesiones de sus propias identidades y pasaron a ser patrimonio de los sueños de adolescentes y jóvenes que saturaban los escenarios o se batían en librerías por los últimos «larga duración» que de estos cantores salían a la venta. Cuántas veces sacrifiqué fiestas, ropas nuevas, películas o meriendas para ahorrar dinero con el fin de comprar un tocadiscos y escuchar a mis anchas a Los Beatles, Joan M. Serrat, Ana Belén, El Benny, al grupo Experimentación Sonora del ICAIC, a Noel Nicola; pero sobre todo, a Silvio y Pablo. Cuántas canciones de ambos tarareé por los pasillos de la nueva escuela.
Mas los dioses —aquellos que con tanto cariño nos fuimos forjando— han ido demoliéndose poco a poco, será por aquello de que lo humano es imperfecto. Miserias humanas empañan la vida de los hombres, pocos no se repliegan a la primera tentación, tal vez por eso solo el hijo de Dios —el que nos abrió sin temor alguno su pecho casto— ha podido vencer al Diablo.
Silvio y Pablo pasearon por el mundo su música y con ella los ideales de la nueva sociedad, reverdecieron la fe en los pueblos oprimidos, pasaron de artistas populares a embajadores del socialismo cubano en miles de plazas culturales y políticas del mundo. Bastaban solo ellos dos para reunir en Cuba a artistas de muy diversos lugares y atraer la solidaridad a saco lleno con la revolución.
Ahora andan ripiándose el pellejo, sacándose trapitos sucios, oreando al sol ciertas actitudes miserables que van de boca en boca y de oído en oído sin el menor pudor. Si pudiera arrancarme cosas de mi pasado, me extirparía la admiración en exceso que por años sentí por ambos cantores, los análisis de sus textos que muchas veces compartí con mis estudiantes en las aulas, el apego incondicional con el que marché por este país al son de su música; en fin, los arrancaría a ambos como mala hierba que me creció en los jardines. Pero por piedad solo atino a decirles: EPD.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en Polémicas en Web. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Los dioses se me siguen rompiendo

  1. Laura dijo:

    Silvio sigue siendo tan admirado y respetado como siempre, sobre todo en Argentina, ponerlo al mismo nivel que Milanés es sumamente injusto, arrepentirse de lo que nos hizo sentir un poeta?, arrepentirse de los sentimientos?.

    • ogunguerrero dijo:

      Laura, comparto su idea acerca de las posiciones reciente de Pablo y Silvio, ídolos de mi generación, pero he compartido el criterio de este escritor, que me envió el texto para Ogunguerrero, primero, por su espíritu revolucionario, que rescata directamente y a fin de cuentas acusa lo que fueron estos trovadores desde entonces, segundo, porque refleja la información que el autor recibe, apenas por correo electrónico y viviendo en un municipio: Encrucijada. Los correos de los cubanos son invadidos diariamente por una propaganda contrarrevolucionaria, distorsionadora, y de algún modo, eso se manifiesta en la necesidad de las personas de cultura de conseguir un equilibrio.

  2. Laura dijo:

    Mi comentario fué hacia el autor de la nota, no hacia la página, sin ningún ánimo de censura, estoy de acuerdo en que se publiquen los pensamientos de todos con respecto a la información es sesgada y mal intencionada en todos lados, en todos los países, así tengamos nenor o mayor acceso a la misma.
    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s