Confieso que he admirado a Neruda desde siempre

Jorge Ángel Hernández
Es difícil interesarse por la poesía y no deslumbrarse con los versos de Pablo Neruda. Más difícil aún es sentirse enamorado, flechado, o en raptos de conquistador incluso, y no acudir a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Farewell, Versos del capitán, o cualquier otro de su siempre seductora obra. Y ese ruido estaba en mi primer poemario, Relaciones de Osaida, que ganara el primer Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1989.
Relaciones de Osaida es un libro que cuenta una historia, por tanto sus poemas se encadenan de modo argumental, aunque, desde luego, la mayoría son interdependientes. De ese libro, colocaré hoy dos poemas, unos de los primeros textos que escribí y otro cuya intertextualidad hace patente mi temprana confesión de reconocimiento a Pablo Neruda como un maestro imprescindible.

VI

Escucha:
la lluvia es un pentagrama inmenso y débil.
No respires, no hables,
no dejes que esta lluvia escape
y rompa los presagios que amarramos;
deja que inunde este silencio
—breve como lo triste de tus ojos—
para tenerla después rasgando el tiempo en un papel;
déjala y escucha,
escucha cómo tiembla en nuestros cuerpos,
cómo aviva ese deseo de mi escondido a empellones en las calles.
Escucha:
cada vez es menos lo que llueve,
cada vez es más lo que respiras.

XVII

Desde el fondo de ti, como quien huye,
un niño torpe como yo miraba.
No lo quisimos
o acaso nunca logramos dibujarlo;
seguíamos dictando soledades,
sospechando quizás que éramos héroes.
Para que nada nos atara.
Para que nada cortara tu abandono,
tu perenne posibilidad de fuga.
Por esa vida que no ardió en sus manos
volveré a desgarrar las manos mías,
a soportar la humedad de los oficios,
a trazar campos de oquedad sobre el poema,
aunque a veces mis ojos se encanten en tus ojos
y el amor se desgarre a la deriva de todos los presagios.
No lo quisimos.
O acaso nunca supimos si quererlo.
¿Quién sabe atreverse a deponer su imperio,
quién renuncia al gobierno ganado en buen haber?
Éramos héroes,
seguros de saber cómo se dictan las mejores soledades
o cómo entristecer sobre la pátina de inmensas ovaciones.
Era tan fácil gobernar el olvido,
abrir el corazón a los linderos.
Todo era exacto,
aunque jamás se editó la relación
y
desde el fondo de ti
—tú y yo borrados—
un niño torpe como yo escapaba.

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Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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