La pérdida o la falta de práctica social

Arístides Vega Chapú
Se hace hoy y cada vez más difícil ser revolucionario desde un concepto literalmente real y consecuente. Algunos se han acostumbrado a sostener un discurso que en nada o en gran parte tiene que ver con su actuar. Revolucionarios de labia, les llama un amigo. Éstos generalmente mientras más tolerantes son consigo mismo más intolerantes se vuelven con los demás, mientras menos autocríticos, más críticos con todos.
Ahora recuerdo un suceso que ocurrió hace unos meses atrás. Una trabajadora pidió al jefe de su centro laboral un transporte para ir a recoger a un sobrino que estaba ingresado en el Hospital Pediátrico y le daban el alta. No tengo gasolina para eso, le respondió.
A los que éramos testigos del incidente ella nos hizo saber, lo que ya sabíamos, que el Jefe viaja a diario hasta su casa, a varios kilómetros de la ciudad, en el carro de la empresa que no tenía combustible para la trabajadora. También lo hace muy a menudo el Jefe de Departamento de Economía, que al igual vive a varios kilómetros, terminó confesándonos.
Pero qué hubiera sucedido con esa trabajadora si en vez de hacer ese comentario con nosotros se lo hubiera dicho al Jefe?
Desacreditar a quienes nos hacen señalamientos ha sido siempre la manera de silenciar a quienes están dispuestos a ejercer su militancia o honestidad, si es que acaso no es lo mismo, diciendo en alta voz su verdad. Es más fácil estigmatizar al contrario, restarle importancia y veracidad que remover de raíz todo cuanto se nos señala como mal que está generando inconformidad, o división, o malestar o cualquiera de las maneras y formas que existen de ir por un camino muy contrario al que la mayoría desea, aspira y necesita y las leyes, los lineamientos, la política establecen.
Se nos pide a todos ser críticos, pero cuando lo somos se nos pone el incómodo membrete de problemático que finalmente invalida, tengamos o no la razón, nuestras opiniones. O por lo menos la pone en dudas.
Cada vez se hace más común encontrar en muchas personas un discurso que nada tiene que ver con el actuar diario. Un discurso que varía con facilidad. Una cosa es el discurso del vecino cuando sostiene un diálogo con su familia, en la mesa de su casa, y otro muy diferente cuando ese diálogo es con otro vecino, como puede ser igual de diferente cuando lo sostiene en su centro de trabajo.
Esto también es apreciable en el discurso de los medios. Una cosa es cuando hablamos del mundo y sabemos ser muy objetivos y cuando hablamos de la realidad nacional en que solemos irnos por las ramas y casi nunca llegar a la raíz de los problemas. Cuando hablamos solo de esa parte de la verdad que, por censura o autocensura, no conviene revelar, porque no es la problemática. Porque es la zona que no nos exige valentía y profesionalismo enfrentarla y defenderla ante los oportunistas que solo están preocupados por no perder un puesto, es decir un estatus.
La impunidad es otro mal que se impone. Cada vez se ejerce con mayor desfachatez, atenido a los cargos, a los méritos, reales o no, y hasta en correspondencia con el estatus social y económico. Porque de qué vale si donde se actúa mal, donde hay corrupción o indisciplina, se cuenta con la anuencia o la apatía del Partido, el Sindicato, de los propios trabajadores, incapaces de oponerse a la administración, decir en alta voz o en cualquier otro lugar que no sea un pasillo lo que está sucediendo y a ellos y a la sociedad le afectan.
Más grave aún cuando los llamados “factores” se juntan para compartir ese actuar corrupto y todo lo que se le opone con cierta facilidad se quita del camino.
En mucho ha colaborado con este no ir de frente a los problemas la necesaria reestructuración que se ha sucedido y se promete en otros centros laborales para ajustar las plantillas. Que conste que este proceso lo creo doloroso y traumático pero más que necesario, pero que ha venido a servir de contención. Porque cuando un trabajador se percata que no existe verdaderamente un Sindicato, o que éste no está en capacidad o voluntad de defenderlo, ni un Partido consolidado y firme que haga prevalecer su opinión desde la política que defiende y representa, el trabajador se sabe en manos de la administración, que es al final la que de alguna manera decide quién queda y quién se va. O en última instancia se sabe en manos de la justicia laboral que suele ser tortuosa, compleja y demorada. Quizás no sea exactamente así en la práctica, pero una mayoría lo cree. Pórtate bien para que no te pasen la cuenta. He escuchado decir más de una vez, sin importar de qué lado se pone cuando uno se está llamando a portarse bien.
La inconsecuencia es otro mal que nos afecta. Si lo que está sucediendo a nuestro alrededor no es lo correcto pero nos beneficia nos callamos y hasta nos molesta que alguien lo señale. Si por el contrario nos afecta somos los primeros en denunciarlo.
Desde la adolescencia mis opiniones reciben disparos que de algo, la verdad, me han servido. Te falta práctica social para enjuiciar, fue uno de los primeros defectos señalados que invalidaron mi criterio. Lo que de igual manera podía traducirse en que eres muy joven y no entiendes.
Hay que ser críticos, te decían y aún dicen desde las escuelas. Forma parte de nuestra formación política. Pero cuando se intenta serlo te refutan con criterios que van desde la edad asociada a la inexperiencia hasta lo injusto de señalar las manchas sin ver el sol.
No hace mucho alguien me dijo que algunos de mis criterios estaban marcados por mi procedencia social. De todas las justificaciones que se me han dado para invalidarme un criterio ha sido esta la que más me ha molestado.
Nací en plena Crisis de Octubre y todo lo que me tocó heredar ha sido sacrificio, austeridad, carencias de muchas cosas, como la gran mayoría de los cubanos.
Pero lo que más molestia me produjo de esta apreciación absurda y hasta pueril es que quien me la hizo vive en una casa donde, antes del cincuenta y nueve, residía esa clase media acomodada a la que él con cierto desprecio me asocia. Ha viajado al extranjero, hasta la fecha, mucho más de lo que aquella clase podía hacerlo entonces. Se ha movido en un carro con mucha más comodidad que la que pudo tener esa clase media, pues él no ha tenido ni que pagar su reparación, ni el salario del chofer y ni siquiera el combustible, pues es de esos carros estatales que siempre duermen frente a la puerta de la casa de quien dispone como si fuese su dueño. Por otro lado estas prebendas las ha tenido de un abrir y cerrar los ojos, en nada están comprometidas con sacrificio alguno.
Algo que no podré entender. Hay algunos que entran por la puerta ancha, sin que su modo y estatus de vida estén justificado por su esfuerzo, sacrificio y entrega. Suelen ser estos los que sostienen con más altivez un discurso revolucionario que cuestiona y pone en deuda o falta a casi todos. También los primeros en traicionar, de las más diversas maneras en que puede hacerse. Pero sostienen un discurso aparentemente coherente que es muy difícil, complejo y a veces hasta arriesgado de refutar, porque de pronto te ubican en el lado contrario, del lado del enemigo. También nos hemos acostumbrado a relacionar el término de enemigo con el externo, pero pocas veces lo relacionamos con el interno, con el que hace daño al lado de uno. Fidel lo advirtió en un discurso en el Aula Magna, hace unos años atrás. Un discurso que deberá tener varias lecturas.
Hace poco llamé a mi amigo por teléfono y le dije que había pensando en lo que me había dicho sobre mi procedencia social. Le hice saber que si me daba a escoger, entre aquella y la que ahora sin pudor muestra las marcadas diferencias con el resto del pueblo, me quedaba con la clase media a la que perteneció mi familia.
Aquella, en su tiempo, en su gran mayoría fue revolucionaria; pese a no vivir mal entonces se conmovió y comprometió con lo que estaba pasando en el país y dio dinero para la lucha armada y muchos se incorporaron al clandestinaje. Mi madre vendió bonos del 26 de julio y mi abuelo enceró las calles más de una vez para que resbalara la policía batistiana que andaba a caballo. La tuya, la clase a la que tú perteneces, le dije finalmente, solo se preocupa por su bienestar.
Colgué el teléfono seguro de que había perdido a un amigo, pero seguro también de que esta vez nadie me señalaría falta de práctica social.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a La pérdida o la falta de práctica social

  1. ogunguerrero dijo:

    Por correo electrónico, Arístides Vega ha recibido estas opiniones, que me envía:
    Estimado Aristides
    Me parece muy valiosas y oportunas tus reflexiones que comparto. Tu trabajo es muy inteligente y valiente.
    Un abrazo
    Pablo Guadarrama

    COMO GRITAN LOS PÁJAROS EN LA ÓPERA:
    !!BRAVÍSIMO!!
    De veras, amigo mio, excelente tu arti-denuncia.
    Besos,
    L
    No…L no, Laidi, asi completo, pa que se sepa quién soy..

    Saludos, Arístides, desde Isla de Pinos. He leído su artículo y me ha parecido de una gran honestidad cívica. Le agradezco la valentía y la lucidez para hablar de estas cosas sin ningún tipo de intermediario o intérprete. El debate que usted plantea es urgente en nuestra sociedad pues, como bien apunta, nos corroe la doble moral, la simulación, la indolencia, el oportunismo, y otros males de los que no podemos culpar al enemigo externo ya que son de nuestra total responsabilidad, de todos.Es necesario sacudirse de encima la aptía y el conformismo y tomar la iniciativa para abrir espacios donde se puedan debatir estos asuntos. Nos jugamos la salud moral y ética de la nación, si callamos. Reciba mi aprecio y admiración.
    Rafael Carballosa Batista
    Poeta

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