La ira de los Dioses

Dos poemas de Daniel Alemán Pérez

Paris et Oenone, Grabadp de Agostino Carracci (1557-1602)

LA IRA DE LOS DIOSES
Universidad Central, 1988

Ya lo creo, señores catedráticos.
Están justificadas todas vuestras lanzas.
Tiene el visto bueno ese odio contra Aquiles,
son vuestras mercedes unos Paris muy correctos.
Yo no soy más que un griego insolente
que no debe pasearse ante ustedes con los pies al descubierto,
que no debe tener caracoles en sus ojos
ni mucho menos
amar las pieles que adornan sus manos.
Eso sería
como manchar de tinta vuestros safaris,
como descubrir en público
que ustedes usan bufandas estampadas,
pero que las usan
no para tener una sauna particular en el mismo centro del trópico.
Ya lo creo que no.
Las usan, sobre todo,
para esconder las marcas que lleváis en vuestros cuellos,
porque todos,
incluso ustedes, señores catedráticos,
creemos en las noches
que el sexo de las vírgenes es un talón indefenso,
todos probamos suerte con la lanza,
porque las vírgenes no gustan de Paris tan correctos en el lecho.
Y cuando digo vírgenes, fíjense bien vuestras mercedes,
no incluyo ni por descuido a vuestras hijas,
no intento decir que son chispas junto a la hierba seca.
Ellas no lo merecen.
Ellas asisten a la iglesia cada domingo.
Buenas devotas que jamás serán expulsadas del templo del señor.
A la hora en que ellas aumentan la mortalidad infantil
detrás del campanario,
ya no existen policías de recorrido.
No teman. Jamás las expulsarán.
Ni a ustedes tampoco,
Poco importa que les inculquen a sus alumnos:
«Hijos míos, aunque nos mojemos nada podemos hacer en contra de la lluvia.
Ella viene de arriba, hijos míos. Ella viene de arriba».
Poco importa.
Ah, señores catedráticos. La historia se repite.
Vuestras lanzas se hundirán en mis talones indefensos.
Pero no teman.
Para entonces yo no gemiré, ni diré ni esta sangre es mía.
No teman, vuestras mercedes.
Porque gemir sería
como probar suerte con ustedes en la ruleta rusa,
como ser el primero en apuntarse a la sien,
como que estuvieran las seis balas en la maza.

LA ANSIEDAD DE LOS RÍOS REPRESADOS
(el riesgo de la duda)

A estas alturas, al final del viaje, lo que en realidad te queda es el temblor, la leve inquietud de las aguas, el beso confuso de la sal. A estas alturas lo que le corresponde a una buena hija del agua es el odio, la descreencia y la duda. Por eso odias la geología, no crees en ella. Tantos abismos que has sorteado en el solitario vagar de tu vida, tantos bañistas jadearon sobre tu cuerpo, mientras tranquilamente tejías una mortaja, y jamás tu vientre ha podido semejar una colina, volcán que surja de lo profundo e irrumpa por encima de las aguas. Un volcán donde sientas las pataditas de la vida en sus abismos. A estas alturas qué importa ya quién deshizo la canasta guardián de tu infancia, qué importa en qué remanso, en cuál ola olvidaste el incienso, la cruz, el vestido largo y los ojos mirando al suelo casto. Hija del agua, sólo el viento pregunta, sólo el mar desconfía, indaga: ¿Dónde un pobre bañista borró con semen el ridículo, imperdonable y hogareño círculo rojo de tu frente? Sólo el viento y el mar se unen para que tu llegada sea el choque contra la inmovilidad y el ocio, para que sólo te reste blasfemar cuando los peces deifiquen tu cuerpo alrededor de la fogata, para que sólo te reste buscar en el curso del humo, verdadero dios que te llevará hasta la neblina, hasta el pitillo, hasta ese polvo blanco, demasiado fino para ser la sal que te desprecia, hasta esa hostia que por error no consumes, sino que inhalas y que te sube por encima de la Biblia; de los convenientes dioses que nunca se enojan con el rebaño, y de los pobres mortales que incineran tu sexo, como el hierro humilla la carne de la bestia; que te sube por encima del odio a los remansos, te conduce hasta ese minúsculo pez que ahora descubres y levantas, como quien encuentra de repente y a los cincuenta años el hijo deseado: último sonajero de la niñez. Pero no blasfemes, hija del agua. Escupe algún vocablo obsceno y lánzalo contra tu tiempo, recuerda, contra tu tiempo, el pobre solo puede aniquilarte a largo plazo y su amenaza no se oficializa en leyes ni discursos. El pobre no puede calmar tu sed de viajera solitaria, tu breve victoria al acercar el pez a uno de tus senos que se crispa como erizado por las aguas; tu animal regocijo al saborear el gesto mecánico, hecho casi al descuido, por muchas mujeres que lo repiten delante de tu envidia, gesto demasiado tierno para ser erótico, negado para ti y que siempre te arrojan a la cara, como al criminal que le devuelven su arma ensangrentada y tiene que clavársela. Gesto que improvisas con tu pez entre las manos, tan diminuto, tan glotón, tan indefenso, tan hijo del agua. Pero no blasfemes, ya los espejos revelarán tu rostro, desaliñado por el viento, como el hereje que escapa del infierno y se tiende a reposar sobre tu cauce, y el calor es demasiado abrasador para una tarde de invierno y descubre que es mortal de repente, como tú, bestia marcada, pues toda tu vida puede resumirse en ese momento, cuando no te importan ya los bañistas que te miran con el rabillo de la burla. Nada te importa ahora, que eres feliz, gracias a tu pez, a esas mantas que no llegaron, a los bañistas y a la sal que coloca neblinas en tus ojos. Ahora ya no podrán devolverte jamás el puñal contra tu vientre, contra tu tijera oxidada entre las piernas. Ahora tienes tu pez. Ahora tus senos no van a morir vírgenes. Ahora ya no podrán; aunque la espuma de las aguas se tiña con el color que brota de tu seno; tu pez se alimente con tu sangre y con tu hálito de corriente encrespada por la incertidumbre; aunque a estas alturas ya nunca sepas si exigir recompensa por tu vocación de oveja dorada de la familia, seguir con el cementerio en tu alma, los bañistas a cuestas, los peces envejeciendo tus senos antes de que el orgullo lo autorice, o simplemente disecarte el corazón y dejarlo a la deriva, para que todos se santigüen a su paso, y sirva como advertencia de la duda de estos tiempos. Recuerda, hija del agua, de estos tiempos. De estos tiempos.
Fuente: Faz de tierra conocida, pp. 9-13

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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