La luz, Bróder, la luz

Tres poemas de Sigfredo Aiel

LA LUZ, BRÓDER, LA LUZ

Mirar caer la nieve en la oficina de registro
cuando uno es la señal con un pañuelo, un sauce
que huele a mar del trópico, un animal aislado.
Pudiera caer ahora mismo la nieve sobre los edificios
en copos graves
y pudiera morirme si me viera en una cerrazón
que tumba la cabeza
hasta las manos de los padres
que esperan sentados en un parque
y que no saben nada.

Un hombre quitaría con una vieja pala esta ceniza.
Vagamente regresa a aquel lugar
donde llovía detrás de la cabeza
cuando tuvo otro nombre y una cicatriz en la barbilla
y era hipócrita y humano
como un pobre diablo.
Bebía en los circos de ocasión
y tenía el bolsillo repleto de llaves inservibles
y un temor absoluto de la soledad.

Seré yo mismo acaso si fuera tenedor de libros
o fuera neerlandés y conociera la magia
y si en el extremo de mi vida la nostalgia
me pasmara las manos sobre el hielo.

Job pudo reposar sin violentarse
sobre este caracol marino
y las sabanas pudieron estar llenas de alfalfas
o de termas brillantes o de casas de troncos.
Quiénes seríamos entonces / calle abajo
acaso compraríamos el periódico de la mañana
cayéndonos de sueño
y las mandarinas y el pan dulce.

Estos años románticos los querrán los hijos de los hijos
y buscarán la letra en el registro, nuestros discos
los papeles sucios.
Voy a morir sin ver la nieve
qué hubiéramos adelantado bajo la nieve harinosa
esa pequeña aventura en nuestra luz:
el paso de un astro, la carrera de una estrella.

Estos días van a ser imaginados
por los dioses y los adolescentes que pedirán estos días
para ellos.
Y se borrarán los nombres y las fechas
y nuestros desatinos
y quedará la luz, bróder, la luz
y no otra cosa.

LA IMPRENTA

Los impresores sacuden el hollín,
se acercan a la luz de la ventana
descifrando mapas incomprensibles,
marcas de agua
que aparecen y desaparecen después
como un racimo de uvas de utilería.

Cabecean las máquinas, los pesados
bueyes derrotados
Chandler & Price dando con la maza
el tímpano, batiendo
postas de tinta que ennegrece las uñas.

Pasa el otoño lunar entre las cajas,
las plumillas temblorosas,
las góticas sin uso,
la letra que nunca vio la luz.

En el centro de la tierra
arde el fuego litúrgico de las imprentas.
Para el marco del diploma
unten el verde de aceituna,
para los folios enormes de comercio
el negro nacional.

Cruza el plomo sin peso
—efervescente
ciego por el arco,
atormentado cruza el plomo medieval,
el pez de plata husmea, escupe su agujero,
culebrea en el desierto
y se esconde después
con las branquias exhaustas
o apaga su farol
o rema su corazón
en la noche volcánica.

Estas letras sirvieron
en los periódicos vertiginosos
—aeroplano de El País—
donde triunfaron o perdieron su corona
antiguos reyes semidioses
y clubes de pelota; un hombre
tajeó el rostro de otro hombre
una mujer sonreía
y la guerra que se le adelantaba.

Hierve el plomo en las sordas galerías.
Títulos y rostros, ya es igual
nombres y firmas, direcciones,
vuelven al plomo,
al huevo,
a la nodriza.

Los impresores contienen el aliento
en la primera prueba.
Deletrean los bailes
donde no estuvimos, argumentos
que representaron bailarines
y actores de comedia, amores
abandonados después
mirando de reojo hasta reconocernos.

Allí crujieron bosques.
Batallones de soldados adolescentes
buscaron la salida.

La pipa del capitán, la cuchara
de un preso
ya es igual, plomo de las imprentas:
señales de una roca
a la otra roca,
estampas que el amor
mece en atroces gavetas familiares.

Para los bordes del programa de teatro
busquen aquella orla de parras
y mediaslunas
donde cruzan jóvenes grifos
conversando en hebreo.

Muerde una mujer un cigarro apagado,
abre el periódico de ayer
donde pusieron nuestros nombres
y envuelve con aplicación
una libra de vísceras de pollo.

Mi madre ponía al fuego
el hielo del arroz,
eran las once, el aceite chirriaba.

A esa hora mi padre regresaba
de la imprenta.

LAS COLUMNAS

Una tarde me senté ante las enormes columnas
del Gobierno Provincial
tenía diecisiete años en la eternidad del mundo.

Unos se lanzaron de cabeza de lo alto de las fábricas
otros cultivaron la tierra o hicieron que otros
a su vez cultivaran la tierra.

La mayoría hizo lo posible por mostrar
cuánto le habían inculcado en la universidad
a costa de extensos sacrificios y pesares.

Conozco algunos casos aún más apasionantes
en los que intervino el cabaret, el tráfico
perenne por ciertas autopistas y la incomodidad
que significa soportar el verano —el enorme verano
en la carne europea.

Los que se aproximaron a París enviaron
tarjetas postales con restos griegos, el escriba
egipcio y variados escombros artísticos
sacados con muy poca delicadeza
de sus emplazamientos.
Quienes viajaron por las islas próximas
acarrearon el dejo de los mares bárbaros.

Hubo quien arribó al África y contempló
los castillos que albergaron a sus ancestros
y a mis ancestros —negros sutiles
que escucho respirar al lado mío
sin nombre repetible, sin dar batalla nunca.

Supe de quien dijo voy a romper con todo
para sentir nostalgia de la nostalgia simple.
Unos pocos cayeron en presidio
a causa de delitos francamente misteriosos
y en la cárcel aprendieron con soltura
a pronunciar en francés.

Todo esto y un par de cosas más
sucedieron a partir de un día:
cuando me senté ante el Gobierno Provincial
con diecisiete años y las columnas
se echaron sobre mí.
Fuente: Faz de tierra conocida, pp. 28-34

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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