Afinidades, o El cine (la dirección) es un experimento que no siempre sale bien

Ileana M. Rodríguez Martínez
Se estrenó el jueves 3 de febrero en todo el país el filme Afinidades, una coproducción entre Cuba y España, dirigida por los conocidos actores Vladimir Cruz y Jorge Perugorría.
Basada en la novela Música de Cámara de Reinaldo Montero, el guión, escrito por Vladimir Cruz, narra la historia de Bruno y Néstor, quienes ante el vacío y la falta de explicación racional de muchos de los problemas del mundo contemporáneo, tratan de refugiarse en los instintos, y los instintos nos conducen al sexo. Al menos esta es la salida que encuentran los protagonistas de esta historia: el sexo a modo de descarga eléctrica para mantenerse vivos, la manipulación de los demás como vía de conjurar la impotencia y reafirmar sus personalidades laceradas por la soledad. Pero el resultado es efímero y el intento tiene consecuencias imprevisibles.
Lo primero que me vino a la mente, después de visualizar el tan esperado y promocionado filme, fue pensar que no todos los actores devienen realizadores, no todos pueden ser: Woody Allen, Orson Welles o Charles Chaplin, por citar algunos. El dueto que conforman Vladimir Cruz y Jorge Perugorría nos hace viajar en el tiempo y recordar ese clásico del cine cubano que es sin lugar a dudas Fresa y Chocolate, dirigido por los laureados realizadores Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.
Si Vladimir Cruz y Jorge Perugorría querían homenajear a esos grandes realizadores del cine cubano que otrora los dirigieran, aplaudimos y reverenciamos el homenaje, pero hubiera sido más sensato hacerlo volviendo a reunirse como actores de dicho filme, que a nuestro modo de ver nunca debieron dirigir y actuar a la vez, porque como ya apuntamos, pocos son los genios en el 7mo Arte que pueden lograr equilibrar tan complejo reto.
El guión de Vladimir Cruz se resiente en su dramaturgia ya que, una cosa es la literatura y otra cosa el cine; la literatura despierta más la sensación de mundo creado, de fantasía más libre, la dualidad inherente al poder de la palabra (que transmite el contenido de ella misma y de la imagen visual), la palabra comprende a la “cosa en sí”. La imagen parte de un repertorio de signos: color, atmósfera, metáforas, etc. La novela tiende a despertar la sensación de que se nos relata un pasado, de que el argumento ha vivido en un pasado del que participaremos por obra y gracia de la literatura.
Afinidades, más que utilizar los códigos de que se vale el cine para connotar y armar su discurso en función de toda una representación de signos, describe a la manera de la literatura; los personajes recitan en pantalla largos parlamentos que muchas veces no nos hacen creíble la propia historia y más que eso (su propia historia); asistimos de manera continua a un recital de extensos y grandilocuentes parlamentos que nos convierte en puro artificio una trama que se resiente también por el tono en que está contada, el artificio con que se construyen los personajes nos hacen poco creíbles sus conflictos, contradicciones, y hasta la intensa y compleja relación sexual en que se ven inmersos por un fin de semana.
No hay fórmulas para la adaptación de una obra literaria al cine, en nuestra opinión lo esencial es traducir en imágenes el espíritu de sus personajes, así como la ideología del autor; aquí se trató de hacer reproduciendo textualmente grandes trozos de la obra literaria, lo que en definitiva lastró el resultado final del producto fílmico.
En Afinidades hay un prólogo y un epílogo innecesarios, incluso se pudiera decir que los recibimos como recetas aprendidas de memoria, y que pareciera algo acuñado como verdad absoluta, todo lo contrario a lo que en esencia representan estos dos guerreros contemporáneos (Néstor y Bruno), cada uno se bate con las armas que posee, y como puede, en un enfrentamiento por salir airosos de una realidad que cada vez se les muestra más hostil.
Afinidades también nos deja con un sabor amargo en la selección del casting, sobre todo en la debutante Gabriela Griffith, que parece como asustada todo el tiempo en pantalla, es importante resaltar la descarga de adrenalina (la bomba) de la actriz española Cuca Escribano, que en nuestra opinión salva en alguna medida la historia de este cuarteto de seres desesperados que se aferran al sexo como única tabla de salvación para sus males.
Vale destacar y hacer justicia a lo más representativo y logrado del filme, la dirección de arte del reconocido Derubín Jácome, la fotografía de Luis Najmías Jr., que retrata en bellísimas imágenes a Guamá (la laguna del tesoro), lugar emblemático (turístico) de una Ciénaga de Zapata que también se nos muestra en el filme como postal turística, importante resaltar que bien lejos de nuestras posibilidades económicas. Otro de los aspectos a resaltar es la música de Silvio Rodríguez, y la aparición de la gran diva del Buena Vista Social Club Omara Portuondo, aunque su aparición también nos recordó el homenaje que hiciera Pedro Almodóvar en su filme Hable con ella a otro grande de la música latinoamericana, Caetano Veloso; mucho le debe la escena del filme cubano a este clásico del cine español, aunque pudiéramos verlo como un guiño y homenaje cinematográfico de los realizadores cubanos al filme del manchego.
Otro homenaje o pastiche fílmico pudiera ser la utilización de la cámara de video como un personaje más en la historia, recordar el filme La tarea o La tarea prohibida del realizador mexicano Jaime Humberto Hermosillo, que hace más de dos décadas hiciera lo mismo (con la utilización de la cámara) como ese fisgón que penetra en nuestro más recóndito mundo interior y saca a relucir los deseos que nunca confesamos, nuestras fantasías, fantasías que solo nos confesamos a nosotros mismos.
En un parlamento final (a manera de tesis) uno de los personajes protagónicos sentencia: “La vida es un experimento que casi nunca sale bien, cuando parece que todo es perfecto la cosa sale por otro lado, nada es lo que esperabas”
Profético pudiera ser este filosófico y contundente parlamento; la cosa fílmica para Vladimir Cruz y Jorge Perugorría salió evidentemente por otro lado.
Fuente: Umbral, Nº 39.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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