¿Si el editor tiene algo que decir?

Denise Ocampo Álvarez
En una biblioteca municipal apareció el humilde, casi apócrifo, Manual del presentador, un cuerpo de instrucciones, no como esos prospectos que nos hacen dudar de si seremos capaces de echar a andar un aparato eléctrico, sino uno de estos textos diáfanos como una receta de cocina criolla. El volumen enseñaba, paso a paso, la fórmula para una presentación de libros precisa, sólida y a la vez ingeniosa, de manera que el usuario de este Manual… se beneficiara con una especie de programa para distribuir la información a lo Propp, aderezarla con los preceptos de Leech y Grice y respaldarla conceptualmente por el análisis crítico del discurso según Van Dijk. Todo esto gracias a la fabulación de Hiram Hernández Castro, profesor de Filosofía de la Universidad de La Habana, quien a propósito de la presentación de La preocupación ética, de Jorge Luis Acanda y Jesús Espeja, tuvo el buen humor de inventar el hallazgo de ese guión que a muchos gustaría tener.
Un tiempo después, en el entonces Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, el propio doctor, también en Filosofía, Jorge Luis Acanda prolongaba la teorización, pero ya sin ánimo de broma. En esta ocasión se trataba de una suerte de tipología del presentador, que distinguía las categorías de omnisciente, egocéntrico y motivante.
Para Acanda, el presentador omnisciente agrupa a aquellos que se dirigen al público como si este ya hubiera leído el libro, dando por sentado que, como él todo lo sabe, el auditorio, también. Es capaz de ir al extremo de dificultar la comprensión de lo referido —por mucha cooperación que presten los oyentes al intentar completar el significado—, o al extremo de rebelar la identidad del asesino resguardada por el autor hasta la última página; en fin, un locutor cuya actitud echa por tierra el cometido introductorio de la presentación.
El presentador egocéntrico es, en esta clasificación, el nombre de quienes se dedican a explicar su apropiación del texto, asumiéndola como la única válida, y esto casi siempre con referencias a su estrecha amistad con el autor, donde el público queda, antes de empezar a leer, marginado y, a veces, hasta excluido.
Finalmente, el presentador motivante, se describe como aquel que muestra un verdadero interés por hacer leer y porque la lectura desentrañe lo mejor posible la madeja de significaciones propuestas; un enunciador adecuado al público, al libro, a la situación comunicativa y al momento histórico.
No sorprende el encuentro de regularidades en el discurso de las presentaciones de libros. Amen de los niveles de profusión y elaboración, en sentido general estas pueden resultar predecibles. Suelen incluir algunas frases sobre el propio acto de presentación. Con frecuencia se afirman los grados de satisfacción (“es un placer”, “tengo el honor”). Se discurre sobre los riesgos del presentador ante el libro o el público, con la común serie de fórmulas de cortesía y humildad que expresan, con falsa modestia o no, una cierta asimetría entre el presentador y la magnificencia de la obra (1) o lo preparados que pudieran estar para hacer la presentación algunos participantes en la mesa o el auditorio. El oído atento a las presentaciones, lo mismo las que se centran en el título específico, que las intervenciones más generalizadoras, permite sintetizar una especie de “presentología”, disciplina que muchos oradores, especialistas en los temas de los libros que introducen, parecen dominar, y que puede revelarse como carencia en los editores que responden negativamente a una cortesía típica del maestro de ceremonias (dicho sea de paso, cuando este es tan cortés): “… si el editor tiene algo que decir…”.
¿Qué puede decir el editor de un poemario cuando la presentadora es Fina García-Marruz? ¿Qué puede añadir el editor de un libro de historia que presentará Eduardo Torres-Cuevas?
Claro que el editor tiene siempre algo que plantear, incluso cuando lo contrario pudiera parecer evidente. No se trata de buscar visibilidad para el editor, para eso bastaría con que permaneciera sentado en la mesa de presentación y que alguno de los otros participantes le mencionara. Sin duda, el editor puede tener una valiosa perspectiva acerca del contenido del libro que ha leído varias veces, hurgando hasta en los detalles más mínimos, y cierto también que probablemente el presentador especialista indague en los mismos temas sin dejar mucho más sitio al editor. No obstante, el editor domina un área específica de la que tendría mucho que aportar. Se trata de que el editor asuma una responsabilidad ante el discurso de su editorial.
El editor, como diría Pablo Pacheco, Premio Nacional de Edición 2005, representa, en su doble alcance sobre los creadores en una dirección, y sobre los lectores en la otra, un auténtico movilizador de las capacidades humanas. De su talento, flexibilidad, responsabilidad moral y de su ascendiente especialización dependen, en grado sumo, la dinámica de la obra cultural impresa y la concreción efectiva de los propósitos culturales en los que se sustenta la política editorial que anima su empeño. (2006)
Mejor que cualquier otro especialista debe dominar el editor la política editorial de la que participa como actor y cómo engrana el original que ha leído, releído y puesto a punto para la poligrafía, con la calidad que el lector merece. Conoce la estructura del libro, en qué consiste la originalidad de este con respecto a otros publicados recientemente sobre el tema, a qué público se dirige y cuáles son los intereses de este en el momento de la publicación, su importancia sociocultural en el contexto histórico. En resumen, las mismas razones que propiciaron que el original fuera aceptado dentro de un plan de publicaciones. ¿Por qué no confiarlas al público?
Quien asiste al lanzamiento de un libro por lo general lo hace motivado por el autor o el tema, y a eso justamente se referirá el presentador especializado en la materia, cualquiera que sea su clasificación en la tipología del profesor Acanda. La pertinencia de ese tipo de presentador es incuestionable. No obstante, hay elementos que hacen necesaria también la intervención del editor. La ubicación del título en el contexto editorial en que ve la luz posibilita además una mirada a la producción de la casa editora. De esta manera, se divulga la trama de la política cultural de que todos somos parte, activa o pasiva, pero parte al fin, y se permite al lector una valoración más amplia, diversificada por la posibilidad de establecer analogías y contrastes. Se puede, además, generar en el lector el interés en otros títulos de la colección.(2) Sin duda la presentación de un libro por su editor puede ser determinante como parte del esfuerzo por lograr un lector más responsable, informado y en mejores condiciones para elegir. El otro ingrediente sería tal vez, por usar palabras del presentador especializado y editor Aurelio Alonso, “un desafío de ingenio e imaginación”, acaso como aquel que hizo surgir en una biblioteca municipal la utopía de ese Manual del presentador.
Volviendo a las palabras de Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Edición, en la apertura del Encuentro de Editores de la 18 Feria Internacional del Libro, celebrada en 2009:(3)
Es hora de hacer efectiva la comprensión de que el editor no solamente corrige planas y cuando más a los autores. El editor arma libros, colecciones y editoriales; es el verdadero puente o, mejor, el organizador del sistema formado por autores, diseñadores y gente que compone y emplana, e impresores; es el engranaje principal de ese mundo industrial y artístico que entrega los libros o cualquier otro tipo de soporte que permita el disfrute de la lectura.
O nos metemos nosotros mismos en la cabeza, y se lo hacemos comprender también a la sociedad, que el editor es todo un intelectual y persona clave de la cultura letrada, o seguirá la empobrecedora imagen y la triste realidad del editor entendido como un mero corrector que ayuda al escritor.

Notas:
(1) Al decir de la mayoría de los oradores, los que ellos presentan son libros magníficos, cuya introducción reporta un inmenso placer o un tremendísimo honor. Aunque tanta desmesura pueda causar sospechas, guarda cierta lógica si tenemos en cuenta que el lanzamiento no es el foro oportuno para una crítica y que cuando se entrega un libro a su futuro presentador se cuenta con que su opinión será favorable. De cualquier manera, en las editoriales trabajamos para que libros mediocres no pasen del proceso de evaluación del original.
(2) Afortunadamente, al menos por ahora parece estar claro que el interés de las editoriales no son las ventas y la competencia.
(3) Agradezco a Pedro Pablo Rodríguez por haberme posibilitado el acceso a la versión escrita de su presentación.
Fuente: Umbral Nº 39

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a ¿Si el editor tiene algo que decir?

  1. Juan C Recio dijo:

    Muy bueno, lo comparto
    JC Recio

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