Desde una sucia ventana

Un poema de Reinaldo Cabrera

Poema de amor desde una sucia ventana

A Tania

No es suficiente soñar corteza adentro

inventar una mujer y sentarse a besarla

la noche también es agria.

También afuera encontré una tarde para morir, era pequeña, y odiosa pasaba sobre las calles para probar si aún podíamos tocarnos. Siempre fui triste, cansado de asombros me agrietaban las historias y su maldita soledad. No supe del aire que se estrecha en los ojos de una muchacha, soñaba solo para cubrirme los hombros, para huir del carnaval y de mi propia cara. No creía en mis manos, sentí la paz respirar en los huesos como una bestia, intenté dibujar una luz insostenible, la llevé en las espaldas, agrandé su hambre sin sosiego y era una trampa.

Donde busqué una mujer sólo había cansancio

comercios y mentiras estiradas en la penumbra

cinturas rotas

dedos palpándose los labios y el desconcierto.

Alguien que era un sueño, o un velamen perdido en la memoria cruzó para descubrirme que había más que ese frío de piedra que llevaba dentro. Quise amar aunque fuera con desconfianza, busqué la ternura con que vestir su cuerpo y su fiebre huidiza; pero el miedo es un puente donde giramos hasta desfallecer, dices «te quiero» y te sorprende la noche, dices «amor o inocencia» y te esquivan como al olor de las zanjas.

El miedo se extiende fríamente para atacarnos

están los miedos que transcurren frente al espejo

el morir desvestidos sobre una lámina

la ventana que abrimos para que entre la humedad o el vicio.

Los miedos que recordamos con rabia

las desternuras y los acuerdos sin esperanza

las amigas estrujando la sorpresa

o lo imprescindible

desnudándose distraídas en algún baño.

Miedo a imaginarlas sollozar sabiamente

y que su piel sea muy blanda

sólo blanda, y las paredes estén manchadas

y el aire fingiendo la sangre infeliz

y el temblor cubriéndoles la lengua como un trapo.

 

¿Contra quién nos desnudamos Dios mío?

Qué triste es la incertidumbre, mirarse y no estar a tiempo, tocar la música y sentirla trepando ingenuamente, crujiendo en la mano como un reloj. Esperar esta ciudad que se pierde herida en los labios, muerta en todas las canciones que recuerdan tu nombre. Para qué seguiste robándome hasta asustarme, creí en aquellos parques donde tus palabras hacían de la soledad una noche menos deplorable, en la amiga que toca el pecho y ofrece un abrazo, un puente donde escapar de la furia que se yergue y nos abraza. Pensé que si contaba esta desnudez podría salvarme y abrí las manos y no era mi mundo, sólo el peligro de siempre tanteando sobre la carne como un ciego.

Después miradas apremiándote sórdidamente

piernas tiznadas por una mala caricia.

Calentar la nostalgia que había entretenido, alimentando como una víbora, acarrear tempestades, pedacitos de miseria lentamente, mientras te alejas. Después te pudres, puedo decirlo, vas a podrirte en mi propio corazón.

Una mujer es cruda

y se estremece como una ciudad

a veces se abre sin tropiezos

y comienzas a tocar

y las caderas hablan muy bajo

con un ronquido sordo

y encuentras bandidos en cada orificio

guardianes que buscan tu brazalete

o tu desamparo

y maricones hurgándose el hielo sobre las vidrieras

y transparencias

y neón.

Estamos repletos de fantasmas

de calles hundiéndose en caderas miserables.

La noche traspasa la inocencia y la vende

el niño juega a olvidarse

a labrar otra cara entre los cuerpos

respira la codicia como un perfume

no se arrepiente.

Las heridas nos desalojan

esparcen el polvo que acogemos para nacer o derrotarnos

quiebran las historias, el viejo alfabeto

la mujer donde dormir y arriesgarse.

Sigues doliéndome; pero ya no miro esa distancia regada por el piso, asumí el olvido y el humo que trasciende la desnudez donde me refugio. El miedo se deslumbró, está descubierto y solo, ahora vendrá a observarme diariamente, a decir obscenidades sobre mis penurias, a estrechar esta suerte que me viste de loco, a indignarse, a decir por lo menos que miento; pero ya no es miedo ni soledad. Ahora es tu aire el que gira blandamente, el recuerdo que desarma toda tristeza, todo rasguño. La luz deshace la saliva con que tiemblo, el carnaval es un disturbio de máscaras que se destrozan en tus ojos.

Pero aún la paz es una muerte insostenible

la lluvia da en nuestro pecho

con una sed que no quiere dormirse

no hay paisaje donde guarecerse

ni están las piernas con que vaciar esta pesadumbre

sólo la vida desenredándose en la garganta

ahogándonos con su voz polvorienta

y sus separaciones

y su espanto.

Fuente: Faz de tierra conocida, pp. 47-50

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en Oficio de leer. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s