No hay que llorar: la sobrevida contada por los sobrevivientes

Jorge Ángel Hernández

No hay que llorar, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

Recién ha presentado Arístides Vega Chapú su libro de testimonios No hay que llorar, Premio Memoria 2009, Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. Como tuve el honor de escribir el prólogo de esta atractiva obra, lo traigo a Ogunguerrero. Su título es el que precede a este post.

Un correo urgente de Arístides Vega Chapú me lleva de inmediato a escribir acerca de un libro que soñé, que predije y propuse, al menos en su esencial propósito: narrar cómo sobrevivimos al Periodo Especial en Cuba, en la última década del siglo XX. Y aclaro de inmediato el inevitable equívoco: no soñé ni predije este libro, No hay que llorar, absolutamente original, del poeta, narrador y entrañable amigo Arístides Vega, sino uno, imprescindible, que se enfrascara con las vicisitudes de a pie, las del ciudadano que debía alimentar a su familia al contado y en el más heroico esfuerzo de sobrevivencia de toda nuestra historia. En varias ocasiones y de diversos modos, amables, corteses y elegantes, como suele hacer Vega Chapú, fui conminado a colaborar con el proyecto; lo acepté, sinceramente, y postergué el testimonio, hasta que fue ya demasiado tarde. Acaso no sea lo mismo sentarse a escribir acerca de esos difíciles momentos, que compartirlos en conversación, como tantas veces lo hemos hecho. De ahí un mérito esencial de esta compilación: los escritores no hablan precisamente como escritores que dependen de la habilidad del oficio, aunque sus virtudes profesionales se reflejen, sino como las personas naturales que son.

Se trata de un recorrido por los modos de socialización de la sobrevivencia en esos años infaustos, fuera de toda manipulación ideológica. Se trata, además, de una expresión cultural viva, basada en los modos de comportamiento, en el testimonio que, acaso, no hubiera conseguido un entrenado equipo de antropología.

Uno encuentra, junto al abismo de la indefensión, junto a la insólita vivencia capaz de convertir a Kafka en imaginador discreto, un sentido del humor raigal, naturalizado, hecho cultura; un sentido del humor que brota, más allá de cualquier intención satírica, más acá de la acidez del lamento, para humanizar la existencia, para dignificar la resistencia. Resistir como personas, para ser mejor como seres humanos. Es algo a lo que los cubanos estamos tan acostumbrados, que olvidamos hacerlo alguna que otra vez explícito.

Vega Chapú es un conversador empedernido, detallista y simpático. Partiendo de tales virtudes, consigue el testimonio de escritores de varias generaciones, con modos diversos de expresión, creencias y credos religiosos y políticos. Así, unos se explican a sí mismos, otros intentan entender qué ha sucedido y cómo, en tanto otros se esfuerzan en revelar al oyente cuanto quisieran que aprendiese. Vocablos del habla cotidiana en uso como Paladar, o merolico, originarios de telenovelas, se emplean como si siempre hubiesen existido en nuestra lengua de a diario. Así prolifera además una serie de términos surgida al pie de esa inventiva angustiosa, irrenunciable, a la que todos nos vimos impelidos. La marca de haberlo vivido en circunstancias de sobrevivencia, parece eximir a los testimoniantes, simbólicamente al menos, de explicar significados: son vocablos anclados en el legítimo trauma de habernos enfrentado al peligro de la descomposición.

Cuba regresó a una especie de sociedad primitiva en el Periodo Especial. Los testimonios, una y otra vez y de acuerdo con el estilo y los propósitos de alteridad, se refieren al diario objetivo de la subsistencia, aún en medio de sus profesiones entradas en la postmodernidad. Una sociedad que, en efecto, había logrado transformar el país y que quedaba de golpe ante una insospechada nada. Pero ese estatuto primitivo cubano se ve signado, una y otra vez, por la responsabilidad con la familia; no una familia sagrada, sino vital, existencial. Los sobrevivientes se declaran incluso dispuestos a rendirse por sí mismos; su familia, sin embargo, los impele, les obliga a postergar barreras éticas, a convertirse en héroes y heroínas que camuflan su mérito. Las estrategias de sobrevida se desarrollan entonces en grupos familiares, con mecanismos que la propia sociedad transformada va incorporando como suyos. A veces, y sin proponérselo, los testimoniantes dan fe de los innobles valores de la especulación comercial, al tiempo que confiesan haber dependido de ella para alimentarse al menos ese día. Dos elementos signan sus deseos: Alimento y Cultura. Ambos pasan, cada vez, por las funciones sociales del trabajo. La mayoría, al detenerse en las vicisitudes, revelan la incompatibilidad del escritor con la maquinaria racional y productiva del capitalista.

Se hallan, pues, testimonios directos, brotes de recuerdos que no buscan asiento literario y, además, relatos literarios que dan fe de esas terribles circunstancias de Periodo Especial. Y textos de acusación, de culpabilidad, de angustias y de fe. Perfectas reacciones humanas que intentan resarcirse del golpe de desgracia.

Y aunque hay menos testimonios de escritoras, casi todos son básicos a la hora de entender la fuerza natural del cubano —en neutro, es decir, en ambos géneros— para esas circunstancias. Desde su trascendido rol de soporte familiar, de lleno en la apuesta por emanciparse, estas mujeres demuestran su capacidad de sostener familia, amigos, costumbres, relaciones y oficios, su ánimo de resarcir cualquier agresión que la vida les depare y, con ello, su propia honestidad para el razonamiento, para reconocer los más entrañables valores del espíritu humano. Desde el primero, de Lidia Meriño, marcado por detalles estrictamente femeninos, vitales y, como sucede en el siempre prolongado patriarcado, sepultados en lo obvio, hasta el de Zaida del Río, con su cabeza llena de pájaros y su descubrimiento de las carencias a través de sus visiones del prójimo, el testimonio femenino se desmarca, se reconstituye y, genéricamente hablando, se vindica.

Este es, por tanto, un libro revelador, un documento valioso para muchos, desde quienes aspiran sólo a disfrutar, sentir, conmoverse con la anécdota, hasta quienes buscan desentrañar explicaciones que sobrepasen cifras, conceptos y estructuraciones y, de ser posible, el anecdotario mismo. Y es, además, un libro que llama a evocación, a la memoria incómoda que vamos ocultando en los desvanes, postergándola, con el secreto deseo de que se volatilice.

Cada lector encontrará en esta obra los elementos que por sí mismo sea capaz de rescatar, a pasos y ritmos diferentes, a diferente calibre de mirilla. Es, también, un mérito de un libro disímil como este, donde los juicios contrapuntean, sin proponérselo acaso. Como aprendimos de José Martí en sus comentarios a propósito de la ambiciosa Masicas, las circunstancias difíciles extremas definirán el valor de las personas. De ahí que cada uno con sus resultados de definición haga de su testimonio carta de presentación tras la terrible, dura, contingente circunstancia histórica del llamado Periodo Especial.

No hay que llorar, nos dice Vega Chapú, apropiándose de una canción popular, y, en efecto, los testimonios no resuman llanto, sino capacidad de sobrevida, inventiva y sentido del humor. De una dificultad extrema, en efecto, puede nacer una iluminación radiante. Del tortuoso camino de esos años, de esos días terribles, henchidos de hambres y apagones, puede surgir, entonces, la luminosa llama de un amanecer en que hemos sido mejores y sinceros. No es baldío que el texto que concluya sea un poema. Cerrar con poesía es apertura.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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