Visión cucalambeana de la Virgen de la Caridad

Amador Hernández Hernández & Alberto Rodríguez Copa

La historia enseña que sin fe desaparece

 la virtud y la vida pierde su sentido trascendente.

Juan Pablo II, Visita Pastoral a Cuba,1998.

Fuera de las décimas de Hatuey y Guarina, raramente se encontraría un escolar cubano, o un profesor en la Isla, algún que otro verso de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, en los programas de estudio. Y, desde luego, dado el carácter laico de la Educación en el país, no hallarían tampoco ninguna referencia lírica del autor de Rumores del Hórmigo a la Virgen de la Caridad, nuestra patrona de Cuba.

Y tanta falta que nos hacen ambas cosas: la caridad y la poesía. Porque una nación no puede sostenerse eternamente sobre la prédica repetitiva de sus instituciones acerca de “la formación y desarrollo de valores humanos”, cuando la sociedad marcha vertiginosamente en sentido contrario, al dictado de la dura realidad económica. Para sobrevivir en la jungla social de hoy, todos los medios son válidos, al parecer: la estafa, la mentira, el oportunismo, la hipocresía, el soborno. Todo se convierte en mercancía: desde una amistad hasta una mujer, desde un examen escolar hasta un título científico. Bajo la aparente quietud de la vida cotidiana, bulle una lucha sin cuartel por la sobrevivencia, y cada vez más gente, y en especial más jóvenes, se distancian de esa vieja ética del ser que se sustenta en el desinterés, la honestidad, la generosidad, el altruismo, para optar por otra –tan vieja como aquella, pero de moda ahora- que es la del tener a toda costa, y que implica un feroz egoísmo, la animalización del hombre en aras del consumo.

Cada vez importa menos la otredad, es decir, nuestros semejantes, tal vez sin percatarnos de que, como ha dicho Alberto Cortés, somos los demás de los demás.

Cuba necesita esperanza, necesita amor, necesita fe. Necesita Caridad. Y, desde luego, también poesía, porque, como sentenció el Apóstol: ¿Quién es el ignorante que sostiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? (Martí; 1887, t 13: 135).

Y es que, en la expresión poética de una nación afloran las más auténticas esencias de su paso por el mundo, la memoria afectiva de su pueblo. Sin esto, no hay verdad completa, ni historia posible. El propio Martí nos dice:

Poesía es un pedazo de nuestras entrañas, o el aroma del espíritu

cogido, como en cáliz de flor, por manos delicadas y piadosas. (Martí; 1884, t 7: 417).

¿Y qué manos más delicadas y piadosas que las de la virgen de la Caridad, el símbolo espiritual de Cuba, para recoger, como en cáliz de flor, los versos que le dedicara uno de nuestros más populares escritores del siglo XIX, expresión él mismo de la cubanía más honda: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé? Porque: asomarse a un poema viejo, es como asomarse al Paraíso. (Martí; 1885, t10: 236).

En efecto, El Cucalambé constituye una de las voces más notables del siboneyismo y del criollismo en la literatura cubana, tendencias surgidas en la primera mitad del siglo XIX, vinculadas con el tratamiento de lo vernáculo y que se dan íntimamente relacionadas, porque son de hecho los mismos autores los que cultivan ambas corrientes, expresiones de una misma esencia, aunque con matices diferentes. Entre los nombres más descollantes de una y otra se encuentran los de Domingo del Monte, Ramón de Palma y Joaquín Lorenzo Luaces.

Juan Cristóbal Nápoles Fajardo nació en la antigua provincia de Victoria de Las Tunas (hoy Las Tunas), el primer día de julio del año1829. Era hijo de Manuel Agustín Nápoles Estrada y Antonia María Fajardo, una rica familia, propietaria de grandes extensiones de tierra y del ingenio El Cornito, situado en las afueras de la ciudad.

En lo que fuera la residencia de los Nápoles y Fajardo, se levanta hoy un motel del mismo nombre que el del citado ingenio, lugar que se ha convertido en centro de peregrinaje de poetas de toda Cuba, pues allí tiene lugar, cada año, un homenaje a El Cucalambé que se convierte en fiesta de la décima, cuyo momento culminante es la premiación del concurso que tiene como nombre el del poeta.

Desde que publicó sus primeros textos en El Fanal, periódico de la Villa de Santa María de Puerto Príncipe (actualmente Camagüey), firmados con el seudónimo que lo inmortalizaría, Nápoles Fajardo  se convirtió en un bardo de gran aceptación popular. Él supo decir con voz personalísima el amor a la mujer y al entorno cubano, a las tradiciones, a la patria lírica, en suma; y lo hizo además con la dignidad suficiente para estar, con estera justicia, entre las voces poéticas descollantes del siglo XIX en Cuba, y con la capacidad comunicativa y la autenticidad necesarias para que sus versos se convirtieran en himnos, recitados y cantados por miles de personas a lo largo de muchas décadas, cantores y recitadores que a veces no sabían ni siquiera quién era el autor de aquellos versos.

Este misterio, que solo es explicable porque el arte verdadero perdura por encima de los nombres y de los hombres,

La Iglesia Católica publica, junto con el calendario de 2010, doce décimas poco divulgadas de El Cucalambé inspiradas en la Virgen, en las cuales la veracidad del sentimiento religioso se vuelca espontáneamente, y la sencillez de la forma desprecia todo alarde de elaboración, todo artificio expresivo, como si el poeta temiera que el exhibicionismo metafórico falseara su diálogo con la sagrada Imagen, y lo llevara por sendas apócrifas, demasiado narcisistas para ser sinceras.

Hay en ellas algunos momentos importantes de su infancia, que reseñaremos seguidamente; pero el poema se refiere sobre todo a una experiencia de significación especial en la vida de El Cucalambé: su encuentro en El Cobre con la Virgen de la Caridad, hecho que, como veremos también, lo conmocionó profundamente.

El texto comienza narrando de qué modo fue para él una sublime revelación la de la Virgen cuando, siendo aún muy pequeño, se madre le comunicó, junto con su propio amor, la veneración por la Madre de Dios.

Cuando yo, inocente niño,

En el regazo materno

Era objeto del más tierno

Y solícito cariño,

Cuando una mano de armiño

Me acarició en esa edad,

Mi madre con la ansiedad

Más grata y más fervorosa,

Me habló de la milagrosa

Virgen de la Caridad.

Así, en este tono narrativo, el poeta nos cuenta este suceso de su infancia, que fue para él como un segundo alumbramiento. Este lazo familiar, del cual bebe tan tempranamente los valores religiosos, nos recuerda aquellas palabras del Papa Juan Pablo II: ¡Cuba: cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón! (Juan Pablo II; 1998: 20). Y más adelante nos dijo: Que la Virgen de la Caridad del Cobre (…) interceda por todas las familias de Cuba para que, renovadas, vivificadas y ayudadas en sus dificultades, vivan en serenidad y paz. (Ibídem: 20).

El hecho del descubrimiento del poeta niño es presentado con absoluta sencillez, sin acrobacias líricas, y solo la robusta musicalidad del poema nos conduce.

Para luego, el relato poético, en un segundo momento, abordar el asunto del hallazgo milagroso de la Imagen:

Tratábame sin cesar

De esta imagen bendecida

Por milagro aparecida

Sobre las aguas del mar.

Y oyendo yo relatar

De su aparición la historia,

La conservé en la memoria

Desde la ocasión aquella,

Y soñaba ver en ella

Un astro de eterna gloria.

De manera que, desde el seno materno, recibió El Cucalambé, como parte sustancial de su formación espiritual y ética, el sentimiento cristiano en general, y en específico, la veneración por la Virgen de la Caridad.

El poema revela un suceso muy poco conocido de una vida que no ha sido, por cierto, muy estudiada: y es la visita del poeta al templo del Cobre, lugar donde estuviera, probablemente, más de una vez:

Trájome oculto destino

Muy cerca de esa señora,

A quien acata y adora

Todo infeliz peregrino.

Por ver su aspecto divino,

Sentí el más grato interés;

Quise cantarla después

De cumplida mi ansiedad,

Y con profunda humildad

Me fui a postrar a sus pies.

Y ahora surgen, junto con la descripción del paisaje donde está enclavado el santuario, los rasgos típicos del criollismo, fundamentalmente el que se traduce en un intento de interpretación de nuestra entonces incipiente nacionalidad, a través de cuadros de la vida nacional, esencialmente del campo, que buscan esa concreción de lo cubano, lo cual se hace sobre todo a través de la décima o espinela, géneros que, no obstante su mayor complejidad estructural y rítmica, logró imponerse en Cuba, como estrofa popular campesina, en detrimento del romance:

En una elevada loma,

Cuya pintoresca cumbre

Se ve brillar a la lumbre

Del astro rey cuando asoma,

Como una blanca paloma

Que vuela en la inmensidad,

Se eleva con humildad

Y una sencillez bendita,

El santo templo que habita

La Virgen de Caridad…

Aquí y allá aparecen motivos que se volverían recurrentes en este tipo de poesía: las lomas, el sol naciente, la paloma, las palmas, el monte, las yagrumas, el bohío, etc.

Pero volvamos al tema tratado en el texto: tras referir su visita al templo y describir el escenario natural donde el mismo fuera levantado, el poeta se detiene en los rasgos que identifican a la Virgen de la Caridad, los que la han convertido en la Protectora de Cuba:

Nuncio de paz y ventura,

Dulce esperanza del triste,

en ese santuario existe,

siempre bella, siempre pura.

Brillante sol que fulgura

Tras la negra tempestad,

Y a quien, por su gran bondad,

Los cubanos respetamos,

En tanto que la llamamos

Virgen de la Caridad…

Y es así como, en su momento culminante – no por el desborde lírico sino por la intensidad emotiva -, el poema se convierte en plegaria, en profunda invocación:

Tú, que bondadosa y pía,

Consuelas el trance fiero

Del náufrago marinero

Que en ti con fervor confía.

Tú, cuyo nombre lo guía

Al puerto de salvación:

Tú, para quien nunca son

Los tristes clamores vanos,

No niegues a los cubanos

Tu sublime protección.

 

Es decir, el poeta le pide a la Virgen, en primer lugar, protección para su pueblo, y en apenas cuatro versos lo hace después para sí mismo:

Concédeme tu piedad

En el presente y futuro,

Un astro radiante y puro

De santa felicidad…

 

Para regresar a la preocupación colectiva cuando concluye:

Nunca de la adversidad

Nos cobije el negro manto

Nunca, ¡oh, Madre de Dios Santo!,

Vengamos a derramar

En las gradas de tu altar

Las gotas de nuestro llanto.

El relato lírico de la visita al santuario termina con la confesión de las emociones vividas, y con la certeza e una experiencia imborrable:

Dije, y al místico son

Que resonaba en mi oído,

Salí de consuelo henchido

De aquella santa mansión.

Sentí que en mi corazón

Brotó la felicidad;

Por eso en cualquier edad

De mi vida transitoria,

Siempre tendré en la memoria

La Virgen de la Caridad.

¡Cuánto necesita Cuba, y sobre todo su juventud, de emociones semejantes! ¡Quién pudiera decir, como Dulce María Loynaz!: Cuando yo era niña, mi madre, siguiendo una tierna tradición entre las festividades religiosas, gustaba de enviarme por el mes de mayo a ofrecer flores a la Virgen María en la vieja iglesia familiar. (Loynaz; 2006: 108)

En su homilía en Santiago de Cuba, el 24 de enero de 1998, Juan Pablo II recordó1: Amados fieles, no olviden nunca los grandes acontecimientos relacionados con su Reina y Madre. Con el dosel del altar familiar, Céspedes confeccionó la bandera cubana y fue a postrarse a los pies de la Virgen antes de iniciar la lucha por la libertad. Los valientes soldados cubanos, los mambises, llevaban sobre su pecho la medalla y la «medida» de su bendita imagen. El primer acto de Cuba libre tuvo lugar cuando en 1898 las tropas del general Calixto García se postraron a los pies de la Virgen de la Caridad (…) las diversas peregrinaciones que la imagen ha hecho por los pueblos de la isla, acogiendo los anhelos y esperanzas, los gozos y las penas de todos sus hijos, han sido siempre grandes manifestaciones de fe y de amor. (Ibídem: 51)  

Todo cubano, por el simple hecho de serlo, creyente o no, debería ir alguna vez al Cobre y, ante la sagrada imagen de la Virgen evocar los versos de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, y sin ninguna duda, no será el mismo una vez que haya salido, pues hay lugares y Presencias tan rotundos, que nos marcan para siempre.    

Bibliografía:

Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. El Papa habla a los cubanos. Offset Multicolor, S.A. México, D.F. 1998.

Henríquez Ureña Max. Panorama histórico de la literatura cubana. Editorial Félix Varela, Ciudad de La Habana, 2005.

Iglesia Católica de Cuba. Calendario, 2010.

Instituto de Literatura y Lingüística. Diccionario de la literatura cubana. Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1980.

____________________________. Perfil histórico de las letras cubanas desde los orígenes hasta 1898. Editorial Félix Varela, Ciudad de La Habana, 2004.

Martí, José. Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

Nápoles Fajardo, Juan C. Rumores del Hórmigo. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1967.

Fuente: Umbral Nº 39 pp. 22-24

Confronte además:

La Patrona de Cuba recorre Santa Clara

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a Visión cucalambeana de la Virgen de la Caridad

  1. Gracias por un texto como este. Es cierto: Cuba necesita poesía y caridad.

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