Como la tierra prometida

Tres poemas de Alpidio Alonso Grau

Poema de la infidelidad

Pero aún debería padecer la casa.

La casa: lugar último.

La casa y su consumación de rastro en los

escombros.

Una casa que no era

y en el dolor surgía;

matada, sin espejos,

dividida su sombra por el odio,

sus cimientos de humo, sus jardines.

Una casa y su eterna contraseña con el hombre.

Una casa como la tierra prometida.

Que anticipaba su círculo de odio en las paredes.

Legalizada en mi ansiedad;

habitable hasta el miedo en sus contornos;

dibujada por mí;

soñada por mí;

tarde a tarde por quién mi muerte alimentada,

puerta a puerta.

Una casa fue siempre lo que ambos quisimos,

la posibilidad,

el árbol entrevisto a cada sobresalto.

Dije: «mi casa», y los amigos iban llegando cada uno

de atravesar la escarcha.

Dije: «Dios», y una casa cedió a sus estandartes.

Y cuando dije: «infidelidad»: era mi casa.

Dije: «César Vallejo»: y era mi casa.

Pronuncié: «mi hijo»: y fue una casa quien vino a despertarme.

 

Una casa ocurre en la rabia, nos esgrime,

en el poema ocurre;

su cuerda de miedo apuntalada en el desastre,

acontecida en la escasez,

varada en su espiral de altos precios.

Una casa era la última oportunidad,

las riendas,

el reto a no dejar la suerte en entredicho;

sin que ahora debiera sopesar las deudas,

los principios,

las causas dobles a qué mudez debidas,

las marcas de la infancia.

Y apostar en su contra, quién lo ha dicho,

quién se hubiese atrevido con su arena.

Una casa es lo que siempre falta,

lo que en el árbol queda de nosotros.

Y saberlo, cargar la culpa

(ya no habría de ser otro, sinverso y sinparedes),

sucumbir a ese lastre,

cometer la casa,

y sentirme uno más, desheredado…

ha sido la suerte, el precio del poema,

la verdad que me acusa ante vosotros.

 

 

Sonetos del hacedor (VII)

Yo te veía venir entre los pinos

frágil y distraída, casi ausente,

caminar por la fronda indiferente

a las oscuras voces del camino.

 

Tú eras entre los árboles un trino;

tus pasos, ese tímido afluente

que en silencio ofrecida su corriente

brindaba a mi caudal alma y destino.

 

Yo te veía venir, y no era un sueño.

Cuando en tu caminar me aletargaba,

todo cuanto soñarte me ordenaba

te traía real para mi empeño.

 

Yo te veía venir, y no era un sueño.

 

O era un sueño. Y yo no despertaba.

 

 

Venegas

Un día habrá

en que baje del tren,

y no haya nadie esperándome.

 

La calle vacía hasta la estación,

las casas a ambos lados,

sin nadie parado en el poste de luz

donde, aunque no se vea —lo sé—,

siempre está esperando mi madre.

 

Ningún niño

corriendo a saludarme,

gritando mi nombre,

mientras a mi espalda

el ruido del tren

se va

alejando.

 

Ese día habré empezado a envejecer.

Ese día

que, entre mis cosas de siempre,

pareceré un extraño.

Fuente: Faz de tierra conocida, pp. 17-20

Confronte además: Suite poética para Alpidio Alonso-Grau

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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