César López en voz de vida

Roberto Méndez Martínez

Hay hombres cuyo elogio es muy sencillo de pronunciar, porque han logrado fundir vida y obra de modo tal que sus méritos van a la vista del mundo, como quien despliega un mural que a la vez fuera música. Así ocurre con César López (Santiago de Cuba, 1933), que ha sido en su vida médico, diplomático, profesor y sobre todo poeta, de esos que pueden hacer de la lírica civil, algo íntimo, a la vez que lo más interno y personal gana en sus páginas el alcance solemne del areópago.

Cuando en 1963 da a conocer Silencio en voz de muerte, texto elegíaco en memoria de su amigo Frank País, redactado en la lejanía española, logra uno de los más intensos poemas patrióticos de esos años, en el que el héroe está visto desde la real talla humana no desde la magnitud monumental. Pesaban sobre su mano las más dolientes estrofas del último Ballagas, tanto como los Poemas humanos de Vallejo o las inflexiones bíblicas:

Respuesta no hay para la voz que clama

en el desierto actual y sin embargo,

como una cuerda tensa, a la que llama,

amor contesta con un grito. Largo

rumor que no has de recorrer (y rama

de doblegarte) en el camino; amargo

sabor de muerte pronta.

La angustia existencial que marca esta escritura  no viene de Sartre ni de Heidegger, aunque él bien conozca sus disquisiciones, no es siquiera el pesimismo del tan cercano T.S. Eliot el que más lo identifica, sino que parece tributario del pensamiento agónico de Unamuno: «Ningún regodeo de muerte se encontrará en este libro. Sólo una lucha o un estar ciego, una agonía exacta, el anhelo que se refleja en cada uno y que también proviene de los demás.»

Se trata de un poema en cinco partes, la mayoría en verso libre, salvo la tercera sección, compuesta por siete sonetos. Lo más atractivo de este texto elegíaco es el tratamiento del héroe como alguien familiar, ante quien, en momentos de doloroso extrañamiento, se indaga en su ser, en su condición potencial y en el misterio de la muerte, que trae el absurdo del no ser y la destrucción. A diferencia de otros escritos de ese período, no asume el estilo de la lírica civil tribunicia, es esencialmente poesía de la reflexión y de la interioridad. Más que «cantar» a la historia, el poeta se siente parte ––bien que ínfima ––  de ella, su patriotismo deriva de la conciencia de su humanidad. Se resiste a ver al héroe como algo monumental, arquetípico; no quiere sobrevalorarlo, al contrario, insiste más en su valor potencial, en lo que pudo ser si se lo hubieran permitido:

No puedo hablar de él como no era

por eso  en mí el decir:

No fue poeta.

Los versos que escribiera, balbuceaban la voz,

iban saliendo,

pero por muchas cosas se quedaron

a mitad de camino.

En la solapa del volumen, un invisible editor apunta hacia la preocupación del autor «por alcanzar en el discurso poético, caminos nuevos». De hecho Silencio… puede colocarse junto a la obra de los grandes elegíacos cubanos del siglo XX––Tallet, Ballagas, Guillén ––, aunque lo más significativo es comprobar que a partir de este libro César pudo cuajar un estilo, una manera de decir, con su poesía áspera y compacta, marcada por una fuerte voluntad arquitectónica, y que el mundo de su héroe, que es también el de su infancia y adolescencia, ha sido cantado de manera singular e irrepetible con esa misma voluntad elegíaca que en él convive con la desesperación, el sarcasmo y una no oculta obsesión de purificación.

La ya legendaria colección Cuadernos de Poesía, publica en 1966 sus Apuntes para un pequeño viaje, escritos entre 1962 y 1964. En esta época el escritor se ha desempeñado como Cónsul de Cuba en Glasgow, Escocia y como peregrino por España, Francia, Bélgica, Holanda. En esos sitios, más que vistos, entrevistos, el paisaje está en segundo plano, asistimos a una especie de itinerario espiritual o ruta de aprendizaje, a través de lo lejano, de lo ajeno, el poeta define lo propio. Se diría que en otras ciudades descubre con más fuerza su condición de hijo de la Ciudad, puede consignar que “la Catedral de Colonia, suavemente, se mece sobre el Rhin” o rememorar la madrugada en que “ un ligero vientecillo enseñoreaba las calles de Praga”, pero se impone el regreso para descubrir “que la Revolución estaba en marcha y que todo viaje sería ya diferente”. Ahora comenzaría a viajar hacia adentro, hacia su Ciudad interior, con todos los desgarramientos posibles, merecidos o no.

En el propio 1966, el poeta obtiene una Mención en el Concurso Casa de las Américas con el Primer Libro de la Ciudad.Inauguraba, tal vez sin tener plena conciencia de ello, un ciclo mayor en su obra, el que le otorgaría para decirlo al lezamiano modo “su definición mejor”.

Este volumen, aparecido en  la colección Contemporáneos de la Editorial Unión en 1967, tiene una huella visible de La isla en peso de Virgilio Piñera, de él ha tomado toda una filosofía existencial, escéptica, angustiada para definir lo cubano, el horror a la lírica epidérmica para nombrar las cosas, la mirada a aquellos lados de la realidad que parecen vulgares y sórdidos pero que contienen las claves de las verdades mayores.

Hacer esta poesía es una manera peculiar de filosofar, de comprobar que “el pasado persiste, su peso todavía de pasado a presente” y eso permite que en el mismo espacio y simultáneamente los tiempos se confundan y puedan aparecer juntos Diego Velásquez, el Adelantado y los tranvías, por eso la Ciudad – que es Santiago de Cuba y no lo es – se funda y refunda indistintamente en el ayer y en el hoy, la ceremonia de la Catedral es aquella de los orígenes y es otra hoy, cuando un jovencito recién llegado de París toca fugas en su órgano ante los oyentes perplejos.

Más que por sus edificios, la ciudad se define por sus personajes. De hecho la polis no es más que una suma de pequeñas historias que conforman una caótica totalidad, desfilan ante nosotros: Eduviges Almánzaga, Filomena Gándara, Agripina Estrada, Adelina Landrián. De hecho estos ejemplares humanos definen hasta una topografía, otorgan su aire a ciertos sitios del entramado urbano.

El libro está diseñado con una arquitectura casi implacable. Después del momento fundacional, comienza una especie de libro del Génesis, que abre la segunda parte, las lluvias, purificadoras y fuente de vida, son las que despiertan la voluntad de soñar y por tanto acercarse al límite de lo prohibido. Pero las lluvias lindan con la muerte. La ciudad continúa en su cementerio, por ahí está la relación: Séte y Valery, Glasgow y Cernuda, Santa Ifigenia y César López.

Todo el libro está marcado por la voluntad de mirar las cosas, buscándoles la belleza más difícil, no quiere abandonarse al deslumbramiento, ni acercarse a los orbes ya canónicos de la poesía cubana.

Forzosamente, el primer libro tenía que multiplicarse en otros: vendría el Segundo en 1971 y el Tercero – que no es el último – en 1997. Hay ellos idéntica elocuencia, semejante virtuosismo arquitectónico, sólo que la Ciudad es ahora más interna, el poeta va prescindiendo de las personas dramáticas para abismarse en sus reflexiones, llega por allí a algunos de los más intensos poemas filosóficos logrados en la poesía cubana del siglo XX como ocurre con su “Quinteto para vientos y añoranzas”.

Venturoso César López porque como Jorge Guillén con su Cántico o Luis Cernuda con La realidad y el deseo, ha logrado edificar su propia summa, fijar su Ciudad Eterna, su Catedral que es una mansión multiplicada en sombras y en luces.

¿Cuánto más ha logrado el escritor en sus casi siete décadas de existencia? Con Circulando el cuadrado  y otros relatos ha estado en la génesis de la más audaz vanguardia narrativa cubana y además ha sido comentarista ingenioso e incisivo de Lezama, de Cernuda, de Guillén y hasta de Dulce María Loynaz. Con el mismo humor se ha desempeñado como Académico de la Lengua y como antologador y conferencista.

Hace unos años coincidí con César en un breve viaje a España, por paisaje teníamos los campos de la Mancha, con sus eternos rebaños de carneros y molinos de viento que siguen desafiando al mejor Quijote, allí pude comprobar como, a diferencia de ciertos pequeños académicos muy dueños de su terreno aquende el océano que apenas llegados allá se volvieron caldo soso y reverencia múltiple ante los también mínimos académicos de allende el mar; el poeta, señor de sí mismo, fue todo gracia, contención y sabiduría, tanto que parecía continuamente decirnos: En la ciudad están bailando una pavana y eso me dio para decirlo en términos añejos “grande alegría” porque descubrí allí al mismo César que yo había leído hacía más de veinte años, antes de conocerlo, en la Biblioteca Provincial de Camagüey y al que sabía gallardo, sin miedo y con un mínimo de humana tacha, negado hasta el extremo por sus enemigos y a la vez protegido hasta la temeridad por su mínimo y fuerte círculo de amigos en el que desde hace algún tiempo creo contarme.

Pocos saben pasear con más dignidad la condición de cubano por la Isla y por el mundo que César López.

Fuente:CUBARTE, 2011-11-30. Letra con filo

URL: http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/cesar-lopez-en-voz-de-vida/20753.html

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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