Del otro lado de los sonidos que puedan escucharse

Arístides Vega Chapú

En casa todos los muchachos decidieron estudiar música. A estas alturas contamos, como padres, con una ya larga experiencia de las vicisitudes, experiencias, situaciones difíciles y menos difíciles, sacrificios, y gratificaciones que junto a ellos se comparten en una carrera tan larga y esforzada que comienza en edades en que, por la falta de madurez, únicamente con el apoyo de toda la familia se pueden sobrellevar.

Por eso duele ver el estado al que han llegado muchas especialidades en una provincia que ya puede mostrar los resultados de una larga tradición de la academia de música, con jóvenes virtuosos, incluso en muchos instrumentos que hace apenas unos años atrás no existían o eran deficitarios en nuestra región.

Hace apenas unos días la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso, de Villa Clara, realizó su concurso anual de instrumentistas. Asistí al de piano básico y es del que puedo hablar. Pero antes de testificar mi experiencia en ese certamen quiero referirme al estado calamitoso y de abandono en que se encuentra la escuela, falta desde hace ya algunos años atrás de una reparación capital, que es obvio no ha podido asumir el presupuesto de la provincia.

Mi único cuestionamiento al respecto, ya que desconozco cómo se manejan los recursos de una localidad, sería si es preciso dejar que edificaciones como esta lleguen a un deterioro absoluto para que precisen de una intervención capital que como se sabe es sumamente costosa.

También es de cuestionar el estado de abandono de pianos de los que ya solo queda su armazón. ¿Nadie pudo detener a tiempo ese desgaste?, tal y como lo hacemos en casa, reparándolos, mejorándolos poco a poco, ya que en su mayoría son instrumentos con más de setenta años de uso.

Pero el grave estado constructivo de la escuela no justifica la suciedad y la desidia en áreas comunes en las que incluyo las de estudio, los llamados cubículos, y las verdes, que alrededor de toda la escuela pudieran agradar en algo la deprimente imagen de edificios faltos de pintura, persianas y puertas que faltan o están deterioradas, un mobiliario roto que en su gran mayoría simula el amontonamiento de trastes viejos que alguna vez sirvieron pero que solo ahora representan el estado calamitoso en que se encuentra, de manera general, el centro.

Una escuela, sea cual sea, debe en primer lugar ser un sitio agradable y acogedor, para los que estudian o la visitan. Pero es obvio que uno lo espera aun más de una que forma a futuros artistas, que permanecen en el centro mucho más tiempo, en horas y años, que otros estudiantes, pues allí hacen su primaria y secundaria, con una doble sesión que incluye la escolaridad y la especialidad.

Por otro lado, no todos tienen por igual la misma suerte con respecto a los profesores del instrumento. Algunos de ellos imparten las clases por contratos y a estas suman otras y con ellos ausencias a clases que impiden la sistematicidad que exige una carrera de música. Muchos de los profesores contratados en la escuela de arte no solo son músicos de orquestas y agrupaciones, con giras y programaciones habituales, sino que ofrecen su talento en los centros turísticos de la costa norte, lo que equivale a que muchas veces no pueden cumplir con los horarios de clases que es obvio son los más afectados, pues son, a escala económica, los menos remunerados.

Estos alumnos, cuyos profesores son inestables, tienen que enfrentarse, como cualquier otro que haya contado con la suerte de un profesor riguroso y consecuente con una labor como la de enseñar, a un sistema de pase de nivel que es nacional, con profesores de la capital que no tienen por qué tener en cuenta la caótica trayectoria de estos en cuanto a la inestabilidad de no haber contado con la sistematicidad de un profesor. Por lo que se exponen a una mala evaluación y a la imposibilidad de continuar una carrera que comienza en los primeros grados de la primaria y en que se tienen que llevar a la vez la escolaridad y la especialidad, de forma muy sacrificada.

Esa frustración no es solo una derrota para el adolescente y su familia, sino para un estado que costeó durante años la formación de ese alumno en un sistema de enseñanza que es caro en cualquier parte del mundo.

Una manera de paliar esta situación ha sido buscar y encontrar a un profesor que de forma particular les ofrezca clases a los alumnos fuera del apretado horario escolar. Algunos de esos profesores particulares son los mismos que integran los claustros de la escuela, incluso algunos de los que no cumplen con los horarios de clases establecidos. Claro que no son todos los que pueden costear las clases particulares. Lo que suma mucha más desigualdad a las posibilidades reales de quienes cuentan con este paliativo y los que no.

Las clases particulares se han generalizado y se han sofisticado. Ya hay algunos alumnos que tienen la ventaja sobre los otros de haber recibido esas clases en La Habana, por algunos de los profesores que integran los tribunales de pase de nivel.

No creo pueda existir una prohibición en esto, pero sí un reconocimiento de que sucede porque algunos quedan abandonados por la inconstancia de sus profesores, o incluso, la falta de estos.

Es obvio que un alumno habanero, por ejemplo, no se presenta a esas pruebas en igualdad de condiciones que los otros que residen en el llamado interior del país. Sobre todo los que cuentan con la suerte de tener por profesor a uno de los que integra el tribunal de pase de nivel. Como tampoco están en igualdad de condiciones los que tienen la posibilidad económica para viajar a la capital y recibir clases y los que no, aun cuando el rasero para evaluarlos no reconoce estas marcadas diferencias.

Por lo que no siempre es el talento lo que decide que un adolescente apruebe o no un pase de nivel, sino más bien las posibilidades económicas de su familia, aunque en nada resto importancia a lo primero, junto a la dedicación y el esfuerzo que individualmente cada uno hace por su futuro y de que hay algunos que cuentan con la excelencia de maestros consagrados.

Por otro lado es inexplicable, con esta situación, que muchos estudiantes de la provincia graduados de nivel medio, tanto en la EPA como en la ENA sean ubicados en otras provincias a realizar su servicio social. ¿Acaso estos no responden en primera instancia a una bien diseñada planificación de las necesidades de la provincia? No se me podría dar por respuesta que en estos lugares en que son ubicados, muchas veces ciudades muy alejadas de su ciudad natal, son más necesarios, pues conozco varios casos que están además de albergados, lo que implica un gasto para el estado en alimentación y techo, subutilizados, con muchos menos alumnos que los que aquí esperan por la constancia de un profesor.

Está claro que por mucho talento e interés que posea el alumno, este precisa de un maestro que no solo decida programas, los revise, conozca las deficiencias técnicas y pueda resolverlas. El contacto con un profesor obliga al estudiante a vencer obstáculos y niveles. Cuando él no existe, o falla, o no es riguroso, sin dudas el estudiante pierde la motivación. Conozco niños que en sus comienzos mostraban un talento que ya en su adolescencia no hay manera de divisarlo. Otros que ganaban concursos en sus primeros años de estudio y ahora ni siquiera se presentan a estos certámenes.

La escasa cantidad de alumnos que finalmente se exponen a un pase de nivel demuestra cuántos van dejando sueños y aspiraciones en un camino pedregoso en el que muchas veces los padres con menos experiencia desconocen en qué han fallado sus hijos, si algunos de ellos fueron ganadores de concursos o nunca recibieron quejas de ellos por parte de sus profesores.

Nominalmente, tener completo un claustro de profesores no es señal alguna de que tengamos resuelta la regularidad de clases que exige una carrera. Quizás esta simulación de que objetivamente están creadas las bases para darle frente a una especialidad, cuando no es así, es un mal que de afrontarse con sinceridad pudiera reducir la cantidad de estudiantes a cifras que verdaderamente sea posible asumir para que todos los que cursan una especialidad cuenten con todo el rigor que se precisa y merece un estudiante que debe hacer demasiadas renuncias para lograr un final feliz.

Los concursos por especialidades fueron siempre un momento importante en la trayectoria académica de los estudiantes. Siempre se realizaron en instituciones culturales que por sus condiciones fueron sedes ideales para que los concursantes sintieran el rigor y la importancia de estos eventos y se enfrentaran a un público que siempre fue numeroso y entusiasta, como parte de una preparación que es obvio le es necesaria para un futuro. La Casa de la Ciudad, la Uneac, la Sala Caturla de la Biblioteca Provincial “Martí” sirvieron para las ediciones anteriores de este evento.

En los últimos años, quizás con el pretexto de la escasez del combustible, estos concursos se han realizado en la escuela. Donde está claro que por el estado de deterioro del inmueble no existe ningún local con un mínimo de condiciones para efectuarlos con la calidad, la visualidad y el respeto que merece cualquier convocatoria de este tipo.

Son escasos los padres que llegan hasta la escuela para compartir este momento, supuestamente importante para los alumnos. Como son pocos los profesores y maestros, incluido el consejo de dirección de la escuela, que comparta, como público, lo que años atrás sirvió de estímulo para los mejores estudiantes.

El concurso de la especialidad de piano, el sucedido hace escasos días, como el del pasado curso, parece haber sido secuestrado por la inercia en que caen algunas actividades que dan la impresión de realizarse por cumplir formalmente un plan de actividades previsto u orientado.

No puede estimular a ningún estudiante cuando se realiza en un desvencijado local, en que los ruidos externos dominan por encima de la disciplina de un público mayoritariamente compuesto por ellos mismos, al que no asisten, por el horario y la distancia, ni padres ni maestros y ni siquiera alguien que jerárquicamente les demuestre que esa actividad es la más importante en ese día en toda la escuela.

Se otorgan premios que reciben un diploma y el aplauso de sus compañeros, pero no deja otra huella, al menos en mí, que el llamado de atención de que cuanto hemos logrado con muchos años de esfuerzo puede retroceder a un estado que la ciudad y sus muchos logros culturales no merecen.

Fuente: Umbral Nº 40, pp. 18-20

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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