Algo para detenernos y pensar en nosotros mismos

Arístides Vega Chapú

 Es cierto lo que le escuché decir a un trabajador del Centro del Libro: todos los escritores nos creemos importantes. Para ser honesto dijo más y nada bueno, pero quiero solo poner en su boca ese bocadillo.

 No imagino a alguien, sea cual sea su oficio, que no se lo crea.

 También es cierto que hay algunos —por edad, constancia, talento y sabe Dios por cuántas cosas más— que están aún por demostrar casi todo en cuanto al valor de su obra.

 Están los que ya han logrado un merecido reconocimiento y una obra que, de cierta manera, es imprescindible a la hora de repasar la literatura cubana de estos tiempos.

 Unos y otros merecemos atención y promoción. Lo que falla es el desconocimiento de las jerarquías, de los lugares alcanzados por la obra de cada uno de nosotros. De lo útil que podamos ser unos y otros en determinados espacios caracterizados.

 No creo en las edades, más allá del desgaste que acumulamos con el paso de los años. El talento que se demuestre con resultados, es a mi manera de ver lo que debe validar a un autor sin importar el tiempo que lleve en la escritura y mucho menos su edad. No creo exista otra manera de ser justo y adecuado.

 La joven Anisley Negrín merece ser tenida en cuenta como una de nuestras más importantes autoras, tal y como corresponde con Ernesto Peña, a quien le festejamos muy poco, a mi manera de apreciar y posibilidades de comparar, su premio Carpentier en Novela, sin dudas una de las recompensas más importantes obtenidas por un villaclareño en los últimos años; como lo merece Jorge Ángel Hernández, quien ha probado desde hace muchos años el rigor de su ya extensa obra y Bertha Caluff con una obra de consolidada voz personalísima y reconocida a pesar de sus escasas publicaciones.

 Son solo cuatro ejemplos obtenidos al azar de una lista ya numerosa y que impresiona por las potencialidades alcanzadas en las letras de nuestra provincia. No somos, por suerte, de los sitios en que tengamos que inventarnos escritores.

 El peligro mayor está cuando ese desconocer cuál es el justo sitio que ocupa la obra de cada escritor va en detrimento del movimiento literario de la región y de sus espacios de confrontación con el público, ganados a través de años de insistencia.

 Nos mostramos a veces al margen de ciertas injusticias, sobre todo cuando no se comenten contra nosotros. Y permitimos que por falta de simpatías, o aislamientos personales, u otros asuntos extraliterarios, se silencien voces que son importantes y trascendentales para las letras nuestras.

 Puedo asegurar que en los ochentas, cuando comencé a escribir mis primeros versos, no había institución a la que pareciera atractivo invitar a un escritor a alguna de sus escasas actividades entonces.

 No existían recitales de poesía y los sábados del libro, en lo que hoy se conoce como el parque de Las Arcadas, eran en su gran mayoría una extensión de venta de libros, sin que estuviese presente un autor, que entonces casi todos eran habaneros y escasamente nos visitaban.

 El panorama, en aquel tiempo, era muy distinto a lo que hoy nos parece natural. Ni promotores literarios, ni espacios caracterizados para la literatura, ni un verdadero reconocimiento social a esta labor.

 Como tampoco existía editorial alguna, aún cuando era de muy difícil acceso las escasas editoriales nacionales de entonces. Con la fundación de Capiro, que años más tarde creara el poeta Ricardo Riverón, no solo se estaba creando uno de los proyectos más válidos y trascendentales para la cultura nacional generados desde nuestra región, sino que se propició salieran a la luz importantes y variados proyectos que no se pudiera, desde hoy, calcular cuánto más hubieran tenido que esperar de no aparecer esta casa editora.

 La fundación de Sed de Belleza, de la Asociación Hermanos Saíz, por un grupo de jóvenes capitaneados por René Coyra, cuando ya Capiro estaba consolidada, abrió otras posibilidades, no solo para los más jóvenes y demostró las potencialidades existentes en esta región no solo para sostener con rigor dos casas editoriales, sino y sobre todo para demostrar cuántas voces importantes eran posibles de dar a conocer y llamar la atención de otras consolidadas que se sentían atraídas por estos proyectos.

 Tampoco existía un Premio de la Ciudad, que a estas alturas ha publicado títulos y nombres de trascendencia, con un poder de convocatoria, que desde el principio atrajo a autores de todo el país.

 Siempre repito el cuento que el poeta Carlos Galindo era mi profesor de Literatura en el preuniversitario, y sólo cuando se fundó la filial provincial de la Uneac en Villa Clara, supe que además era escritor, con algunos libros publicados. Él mismo me aconsejó que si quería serlo tenía que irme de Santa Clara.

 Galindo, Viera y el fallecido y poco recordado decimista Leoncio Llanes, además de René Batista, a quien despedimos hace muy poco y que en aquellos lejanos años ya había ganado un premio Uneac en Poesía, eran entonces los únicos escritores conocidos por un círculo sumamente estrecho, si le sumamos a los que entonces comenzábamos a escribir.

 El esplendor de los noventas dio a conocer un grupo de talentosos jóvenes y rescató otras importantes figuras, que eran al menos en nuestro territorio, muy poco tenidas en cuenta.

 Fue en ese contexto en el que aparecieron espacios caracterizados que privilegiaban lo mejor de la literatura nuestra, que se prestigiaba, con cierta frecuencia, con escritores muy reconocidos en el territorio nacional, que llegaban hasta nuestra ciudad también atraídos por el movimiento literario que ya se hacía notar en toda la geografía insular.

 El Museo Provincial de Historia, más tarde el Museo de Artes Decorativas, la Biblioteca Martí, la desaparecida Casa de la Trova, la Casa de Cultura, el recién creado Mejunje, tuvieron espacios habituales que jerarquizaban a los escritores, en una programación que tenía en cuenta muchas de las características que pueden distinguir una buena actividad y que hoy ya se obvian.

 Las actividades literarias, desde esos ya lejanos años se hicieron habituales en la ciudad, que también crecía al amparo de otras manifestaciones que mostraban un envidiable esplendor, sobre todo en la música y en la plástica.

 Se comenzaron a estimular a los autores más sobresalientes, se jerarquizaron algunos espacios como parte de este estímulo, se llamó la atención de los medios, que dejaron de ignorarnos y tanto el Gobierno como el Partido, con mayor o menor frecuencia. sentían necesidad de escucharnos.

 Noto hoy un detrimento en todo esto, sobre todo en las actividades que nosotros mismos generamos y sostenemos y que ya contaban con espacios y un público inteligente.

 Hemos caído en una peligrosa rutina en que la mayoría de lo que se planifica sólo responde al cumplimiento de un plan, muchas veces improvisado y si sus resultados son buenos o malos, ocurre por lo general, por casualidad y sobre todo por la motivación del pago que recibimos con nuestra participación.

 Es obvia nuestra precariedad económica que encuentra cierto consuelo en haber sido incluido en algunos de estos espacios. Aún cuando cobrarlas implique un demorado, engorroso y angustiante proceso que puede dilatarse infinitamente y nos acumula una deuda ante nuestras obligaciones de contribuyentes.

 La rutina, las limitaciones económicas, la comodidad de estar cerca de algunos autores, la simpatía, el intercambio de favores, hacen que se repitan los mismos nombres, lo que propicia que el público comience a desinteresarse por nuestras propuestas y en muchos de nuestros espacios nos tengamos que escuchar los unos a los otros.

 ¿Cuándo fue la última vez que se invitó, por solo nombrar un ejemplo, al escritor Amador Hernández, ganador entre otros importantes certámenes, del Premio Uneac en Testimonio, a uno de nuestros espacios?

 ¿Cuándo fue la última vez que le hicimos saber en una actividad a Luis Cabrera, el escritor nuestro con más libros publicados en Cuba y en muchas partes de lo que se conoce como extranjero, el aprecio que sentimos por sus años de intenso trabajo y resultados?

 En nada resto la importancia institucional en todo ello, pero quiero sobre todo reflexionar de nuestra responsabilidad intelectual a detener el visible deterioro y apatía por hacer lo correcto que ya se manifiesta en casi todas nuestras actividades con un notorio irrespeto a su principal objetivo y a nosotros mismos.

 Llamar la atención sobre lo que nos corresponde; en la improvisación a la que a veces nos exponemos, al no escoger con tiempo y seriedad lo que debe o no leerse en determinado espacio, de cuanto debe o no suceder según el público que nos acompañe y el objetivo para el cual hemos sido convocados.

 No son iguales los públicos y eso es algo que, en primer lugar, debemos tener todos presente, el que la organiza y el invitado. No es lo mismo una actividad en la Librería Pepe Medina, que en una escuela primaria o secundaria o incluso en un pre universitario.

 No es lo mismo un público rural, como el que contamos en el Festival del Libro en la Montaña, que el público de los pueblos que nos acompañan en las Ferias Municipales del Libro, como tampoco es el de la ciudad de Santa Clara, que en su mayoría es un público mucho más conocedor y acostumbrado a asistir a nuestras propuestas. No es lo mismo una actividad en una institución cultural, que en un centro laboral, como tampoco lo es cuando se hace en un espacio público como el parque Leoncio Vidal.

 Por tanto no pueden ser repetidos los mismos esquemas para unos y para otros.

 Hay escritores que tienen facilidad de improvisar y hablar en público, hay otros que no. Algunos poseen una preparación que les posibilita teorizar y otros no. Determinados autores tienen el rigor para ofrecer una conferencia o sostener la labor de un taller literario y otros para conducir un espacio. Tener en cuenta esto es parte de los saberes que pueden salvar un espacio.

 Un libro de historia o de ensayo literario, puede interesarle a cualquiera, pero principalmente a los que están vinculados a estos saberes; los estudiantes, profesores, profesionales de estas esferas. A ellos no debe faltarles la invitación porque nos arriesgamos a tener un público que se muestre indiferente por el contenido del libro o el autor que estamos presentando.

 Los interesados por determinada actividad pueden encontrarse, pues existen, si tenemos, en primer lugar, presentes las motivaciones y objetivos de los diferentes espacios.

 No puede haber nada más desestimulante para un autor que saberse frente a personas que cumplen por obligación su permanencia en el espacio. Cuando sabemos convocar al público que exige cada actividad, en principio estamos asegurando la utilidad de nuestro trabajo.

 He presentado mi novela de adultos en un aula de estudiantes secundarios, después de madrugar y viajar hasta un municipio. He visto a un conferencista hablar de técnicas narrativas ante un aula de estudiantes de medicina que le propusieron la actividad a cambio de no dar clases. Y participado en una lectura de poesía en que el público hemos sido los propios poetas.

 Está claro que la difícil situación económica de cada uno de nosotros nos ha hecho pensar en la actividad literaria como una de las escasas posibilidades de las que disponemos para darle frente a la cotidianidad. Pero no puede ser, de modo alguno, la única motivación para intercambiar con lectores, encontrarnos con un público que ya tiene costumbre de asistir a estos espacios y de motivar a otros porque se sumen.

 Una actividad bien diseñada, divulgada, organizada con rigor, puede abrirle horizontes nuevos a los que se acercan por primera vez a una propuesta nuestra. Pero cuando se improvisa estamos arriesgándonos a que esa persona nunca más sienta interés o placer por acompañarnos, también somos responsables de lo que en este sentido suceda.

Fuente: Umbral Nº 41, pp. 20-24

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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