Los que asaltaron la ciudad

Dos poemas de Alexis Castañeda Pérez de Alejo

Carta pendiente para Anna Ajmatova

Vieja amiga

cuánto samovar ha sonado entre tú y yo,

cuánta dinastía ha estallado en la larga estepa

por donde nos hemos arrastrado

para ahora descubrir

que no solo erramos el mismo camino

sino que el fin de todos los caminos

tendía a ser el mismo

con la misma bebida

y los mismos rebaños.

Los que asaltaron la ciudad

creyendo decidir en buena hora

la herencia de la tierra

luego volvieron a su sombra

buscando las migajas,

descifrando en una historia

—ya muy antigua—

que aquellas no eran las señales, al menos todavía,

de esa estación que les dijeron

sino una primavera inventada por un dios

inventado a su vez por otros dioses;

que ellos también destruyeron lo soñado

porque no todo era odio de clases

sino también amor,

el inmenso amor de unos

por el sitio del otros.

Que en la mañana del juicio

fueron de nuevo sus espaldas

—aderezadas entonces para el júbilo—

las que soportaron el orgasmo,

porque ellos se quedaron por la puerta del fondo

esperando el hedor de las migajas

(ese acto donde el hombre siempre muere

y es el espectro de su hambre)

Pero tal vez no sea tan tarde, vieja amiga,

porque estamos tú y yo

tratarnos de encintrarnos

cuando los colosos

se han aburrido de apedrearse

y necesitan de los labios

como única manera

de cruzar el precipicio.

Estamos tú y yo, amiga

tratando de que por primera vez

en esta historia

el asesino no regrese

al lugar del crimen,

borrando las huella

para si vuelve

al menos no recuerde el olor de la víctima

 

 

Móvil del magnicidio

 

 

 

 

Tú no querías hacerlo David Chapman

fui yo a tu lado

quien te puso el espejo

y te mostró tu mismo rostro,

el mismo que en la Navidad pasada

habías prometido suicidar para siempre.

Tu no sabías que aquel era su paso,

ni procurabas que fuera aquel día

tu cita con su historia.

Pero yo estaba allí

y dejé el exceso de comics en tu pistola

le enseñé el olor tierno de John.

No querías creerlo,

decías que solo era un espejismo

provocado por la sed de un viejo sueño,

solo un pretexto del Welfore State,

que cualquiera lleva espejuelos,

y el cabello muy  triste.

Pero yo te lo mostré,

te ayudé a descubrir el halo de Lucy sobre su cabeza

en medio de un reguero de diamantes,

que el raro esplendor que lo seguía

era la sombra de un inolvidable submarino.

Viste tu mismo rostro

y otra Navidad brotando en los anuncios.

Sabía que no podías perdonarlo

por eso te llevé hasta aquella calle,

hasta aquel exacto sitio

que no anotó ningún horóscopo.

No podías seguir viviendo el mismo sueño

y un invierno distinto cada año

cuando ya todos se cortaban los cabellos.

Fui quien te dio el secreto

y te dijo que aquello no era un arma

sino un cálamo encantado

que haría que John te mirara y sonriera.

Por eso lo hiciste,

por mí,

porque yo también lo amaba

David Chapman.

Fuente: Faz de tierra conocida, Letras Cubanas, 2010, pp. 67-70

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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