Mi doble Periodo Especial

Félix Sánchez Rodríguez

A mis compañeros de aula  en la Escuela Superior del Partido de Moscú

Como viví en la URSS entre 1987 y 1990, en la Escuela Superior del Partido de Moscú, mi período especial es un poco más largo, con dos fases, una europea (introductoria) y otra insular. Es decir, le entré al cubano con “entrenamiento”.

Cuando llegué a Cuba de regreso, en junio de 1990, ya había comprado mucha azúcar por “cupones” (dos kilogramos para el mes) en Moscú, y caminado mis buenas cuadras tras una tienda donde quedaran aún medias para hombres, algo increíble en una ciudad que me había deslumbrado en 1987 (caso clásico del cubano que se enfrenta a la venta liberada) con aquellas tiendas por departamentos y especializadas, donde se podía comprar cualquier cosa.

En 1989 mi mapa comercial de Moscú era un documento ya obsoleto. Y comenzaba el “voy a salir a ver si encuentro…” y la sana práctica de averiguar el teléfono de las tiendas para hacer una pregunta aprendida en Cuba: “¿Sabe si sacaron o van a sacar pronto …?”.

Mi compromiso familiar de traer una hornilla eléctrica estuvo a punto de quedar incumplido. Dar entre tantas tiendas, en una ciudad cuya superficie le permite albergar unos ocho millones de habitantes, con la tienda donde venderán esa mañana hornillas era como tirar los dados. Y teníamos en contra la competencia de los estudiantes vietnamitas, alumnos cuya carga docente era, al parecer, más que estudiar, “cargar”. Contaban con una red de comunicación que les permitía movilizar hacia las tiendas a centenares de ellos en minutos.

Las necesidades golpean los sentimientos. Vi a muchas damas educadas en las ideas del Gran Octubre profiriendo improperios discriminatorios, llamando plaga de ladrones, a aquellos casi pigmeos hijos de Ho Chi Minh.

El gobierno metropolitano dispuso una medida protectora para su población. Solo podían adquirir productos de gran demanda en las tiendas de Moscú las personas que vivieran en él. Así se evitaba que ante la escasez se viajara a la capital a arrasar con mercancías que luego venderían a mayor precio en las ciudades periféricas. Comprar, fue desde entonces un proceso que contemplaba dos operaciones: mostrar identificación y entregar dinero. Una mezcla de aduana y comercio minorista.

En ese “vivir en Moscú” se consideraba a los estudiantes residentes en la ciudad. Así que mi carné de alumno cubano que ha cruzado el Atlántico para estudiar el socialismo marxista en los libros de los fundadores, y el socialismo real en la cotidianidad de la capital del primer estado de obreros y campesinos del mundo, me sirvió.

La Escuela del Partido también adoptó medidas para aliviar a sus internos en esa etapa difícil. Elegimos en democrática asamblea de grupo a un “activista cárnico”, por orientación puntual de nuestro decano, y una vez a la semana encargábamos a la administración de la escuela, a través de él, picadillo, hígado, carne de res. Armandito, elegido por unanimidad, hacía el listado los lunes, cobraba, y el miércoles pasaba por cada habitación distribuyendo. Así dependíamos menos de las cada vez peor abastecidas tiendas moscovitas. Aquello, en verdad, nos olía un poco a privilegios de la “nomenclatura”, pero también, de un modo más noble, lo aceptábamos en el acápite de “atenciones especiales con los camaradas extranjeros”.

Cumplí con la hornilla eléctrica, tras unos cuantos viajes fallidos a los barrios moscovitas. Pero no con un hermoso juego de copas al que le había echado el ojo desde mi llegada y que cometí el error de dejar siempre para más adelante. De un pestañazo, la tienda especializada en todo tipo de cristalería, un palacio del vidrio y la porcelana, que se podía recorrer como si se tratara de un museo o una exposición, cerró sus dos plantas superiores y se concentró en la planta baja. Luego la planta baja se fue arrinconando. Y cuando a principios de 1990 entré a ella, me encontré un panorama que ya conocía de otras latitudes y volvería a encontrar aquí en Cuba en los 90. El estante que antes mostraba variedades de copas, ahora cubría sus huecos con un único tipo de jarra, el mismo tipo de jarra, para cubrir todo el espacio, lo que se podría denominar como “adornación en serie”. Y las dependientas, una plantilla inflada, de la época en que la tienda funcionaba a plenitud, charlaban animadamente matando el tiempo tras un mostrador, sin hacer caso de aquel cliente solitario que entraba seguramente buscando algo que ya ellos no ofrecían.

Recuerdo bien mi regreso a la escuela esa tarde, porque la escena de la tienda derrumbada económicamente por aquel derrumbe que a nivel político ocurriría unos meses después, se me quedó grabada de una manera especial. No sé si por el frío de ese enero, el frío es muy depresivo, o si por lo absurdo que transmitían aquellos centenares de jarras iguales tratando de embellecer una pared. Si había vivido situaciones similares en las tiendas de zapatos (todavía en 1988 un monumento a la prosperidad), buscando medias para hombres, arroz (el arroz no estaba por talones pero vendían una cantidad limitada, un modo de regulación primaria, que afectaba en primer lugar a quienes lo debíamos consumir dos veces al día), fue aquella tienda uno de los símbolos del período especial ruso que traje a Cuba más claramente dibujado en mi memoria.

Ella ocupa el lugar número dos en un ranking de mis tristezas eslavas. El número uno, sin discusión, es para una escena de otro tipo, y más desgarradora. Una escena que también forma parte de aquel vuelco que la sociedad soviética empezaba a dar de modo irreversible, y para peor al menos en sus resultados inmediatos.

Ese día, lo recuerdo, no andaba solo, y eso dio más fijación a la escena, porque Rider López, otro avileño, condiscípulo, la recordaría en las ocasiones en que yo trataba de olvidarla. Ya habíamos visto a mujeres, gitanas y no, pidiendo limosna en los pirijod (pasos peatonales por debajo de las calles principales), y a jóvenes jugando un tipo de lotería a la entrada de las estaciones de metro, pero aquel niño sin piernas, de unos cuatro o cinco años, acomodado en su cochecito, detrás de la vasija donde los transeúntes arrojaban caritativamente monedas, a solo unos metros de la Plaza Roja, no lo esperábamos y nos sacudió el alma. Hacía frío, y llevaba él un gorro felpudo y unos guantes pequeñitos, y no miraba hacia las personas, miraba a hacia abajo, por vergüenza, o porque no quería creer todavía que allí donde los niños llevan piernas para correr terminaba su cuerpo.

Ríder dijo una mala palabra. Y a mí se me salieron un poco las lágrimas. Luego hubo otras muchas malas palabras y lágrimas cuando llegamos a la escuela y lo contamos al grupo.

¿Cómo comparar esa escena terrible, por ejemplo, con la casi de comedia de la tarde en que Tamayo, el holguinero, llamó desde un teléfono público: “Estoy en una tienda donde sacaron medias. Corran. Apúrense que hay tremenda cola”. Cola. Sacaron. Palabras de nuestra infancia que ahora renacían en otro contexto.

Fui corriendo, no era lejos. Existía el peligro de que volviera a Cuba sin medias nuevas. Confiando en el carácter irreversible del socialismo había regalado todas las que llevé a Cuba en las vacaciones de 1988, como si se trataran de un souvenir para los pies. Llegué tarde. La cola era larga a pesar de que vendían un solo color, directamente de unas cajas colocadas junto al mostrador, y el koniets de las películas rusas me sorprendió sin haber traspasado la puerta.

Luego terminamos las clases, con buenas notas, y la alegría por el regreso definitivo, por el viaje a Karelia, con el cual nos despediríamos de la URSS agonizante, atenuó esa imagen del niño mendigo. Karelia era una república autónoma de la Federación Rusa, situada a la misma altura geográfica de Finlandia. Hicimos el viaje en tren, toda una noche. Mientras viajábamos, sabíamos que el país se encaminaba hacia su autodestrucción como nación socialista. Boris Eltsin continuaba maniobrando bien en sus propósitos y el Partido Comunista retrocedía en los terrenos de la confianza ciudadana.

En Karelia permanecimos once días. Conocimos uno de los lagos más grandes de la URSS, y una iglesia de madera erigida sin emplear un solo clavo, y una casa campesina de la época del huso y la rueca, como nos repiten los cuentos clásicos rusos. Parecía una región que no vivía en igual grado de crudeza el período especial moscovita.

Llegamos a una tienda de zapatos para niños y respiramos felices al ver la oferta. Aquello significaba poder traer zapatos de todos los números que necesitarían nuestros hijos hasta la adolescencia.

Tomamos las cestas y nos dimos gusto. En Moscú no había ya ni una tienda de estas funcionando, pero aquí el derrumbe económico parecía avanzar más lentamente.

Cálculo apresurado y optimista el nuestro. La alegría duró hasta que el primero de nosotros puso su cesta repleta junto a la cobradora, y esta le dirigió esa pregunta aduanal, insólita en cualquier otra tienda del mundo.

— ¿Puede mostrarme su pasaporte?

Había notado ella que éramos extranjeros y nos pedía identificación. No le interesaba de nuestros documentos nada más que aquella parte donde se indicaba el lugar de residencia.

Cuando vio el “Moscú” en los documentos de Froilán o Mario, o de Víctor (nuestro Vituja), no recuerdo, sonrió apenada y nos dijo amablemente que solo los ciudadanos con residencia fija en Karelia podían comprar allí. La medida moscovita también se aplicaba ya en el noroeste del país.

Siete cubanos. Siete cestas repletas de zapatos para niños sobre el largo mostrador. (Debían ser ocho, pero José no había hecho el viaje pues convalecía de un suceso de violencia urbana y nocturna en una estación de metro, unas semanas atrás).

Yo todavía conservaba en 1990 mi radicalismo militar. Me opuse a pedirle nos gestionara una excepción al compañero de la dirección del partido de Karelia que nos acompañaba. Debíamos dar ejemplo de austeridad y disciplina. El pobre funcionario no sabía qué hacer. Nos entendía pero se trataba de una ley. Devolvimos los zapatos a sus puestos. El período especial soviético había llegado a Karelia. Seguramente al día siguiente la cajera de la tienda nos reconoció en la foto que publicó en primera plana el periódico oficial de Karelia, el Karielskaya Pravda, con la información de que un grupo de dirigentes partidistas cubanos, alumnos de la flamante Escuela Superior del Partido de Moscú, visitábamos en delegación oficial la ciudad.

(Una escuela flamante, necesario añadirlo, que también se extinguía con el regreso precipitado de alemanes, checos, búlgaros, polacos, a sus países, a mantener a sus familias, porque ya sus Partidos Comunistas no podían mantenerles un salario de “cuadros en superación”)

Fueron aquellos once días, de despedida de la URSS y del socialismo real europeo. En el encuentro oficial con las autoridades de la república de Karelia (sí, a nivel de ministros y secretariado partidista y esas cosas), se habló sobre todo de calamidades y zozobras: desabastecimientos, descontrol, huelgas, ya nadie parecía esperar nada bueno de la perestroika.Ah, en Karelia tampoco encontramos medias para hombres. Tampoco las encontraron los de nuestro grupo que visitaron en esa misma fecha a Kiev (el convenio, casi suscrito en reunión del grupo, fue que los de Karelia compraran para los de Kiev si las hallaban, y a la inversa). Si ambos grupos compraban para el otro ya nos las arreglaríamos con el excedente. Táctica aquella propia de cubanos, y de período especial. Entrenamiento para la década del 90 que mucha falta nos haría.

Karelia y Kiev. Estuvimos fatales en el aspecto comercial con las K de nuestra última salida fuera de Moscú. Las K ya hechas tan famosas por Karpov y Kasparov. En las noches invernales soviéticas mi compañero de cuarto, el habanero Luis López Taylor, y yo, nos sosegábamos ante tanta incertidumbre con unas largas partidas que casi siempre ganaba él. Entre jugada y jugada intercambiábamos preguntas sobre los destinos de aquel inmenso país, casi sin percatarnos de nuestro privilegio de testigos de años que a su manera “estremecerían el mundo”.

Bueno, por algo debe ser que para muchos un tablero de ajedrez se parece demasiado a la guerra… y a la vida.

FÉLIX SÁNCHEZ RODRÍGUEZ (Ceballos, Ciego de Ávila, 1955) Narrador y editor. Miembro de la Uneac En 1984 ve la luz su primer libro de poesía para niños, Cascabeles, editado por Editorial Gente Nueva. De 1987 a 1990 estudia en la Escuela Superior del PCUS en Moscú, URSS, donde obtiene el título de Licenciado en Ciencias Sociales. Su cuaderno de cuentos La llave pública es premiado en 1991 en el Concurso Roque Dalton que organiza la Filial Provincial de la Uneac en Ciego de Ávila. Obtiene premio en los concursos Juan Clemente Zenea, en 1992, con la novela La estación perpetua; Regino Boti, en cuento, en 1994, por Bifurcaciones; Premio Oriente, en cuento, en 1995, con Cielo doblado y el Premio Eliseo Diego, en 1996, por el libro de cuentos El corrector de estatuas. Su novela Juegos de diciembre, mereció el Premio Emilio Ballagas (1997) y la novela El séptimo cielo. En 1999 su novela Lagri alcanza el Premio Eliseo Diego en la categoría de Literatura para niños. En el género de cuento obtiene el Premio La Casa Tomada en 2001 y el Premio Eliseo Diego por Memorias de la postguerra. Su novela Zugzwang obtiene el Premio Cirilo Villaverde de la Uneac, en 2004 y al año siguiente es premiado en el Concurso Fundación de la Ciudad de Santa Clara en el género cuento con Los huéspedes deben llegar temprano. En el 2010 obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento “Julio Cortázar” con su obra Los confines de la muerte.

Fuente: No hay que llorar, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Hababa 2011.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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