La vida que quemé con la inseguridad y la nostalgia

Lidia Meriño

Lidia Meriño en el Café Literario de Santa Clara, Marzo de 2011

A mis padres y hermanos

A la memoria de Zaida y Gilberto

Hace apenas unas semanas Laura, mi hija más pequeña, que dentro de poco cumplirá catorce años, llegó de la escuela preguntando “qué cosa era el Período Especial”. Le explicamos, a grandes rasgos, que había sido un tiempo muy difícil que desde hoy parece increíble haber sobrevivido.

Por sus comentarios y expresiones resultaba insólito, fantástico, como si le estuviese narrando una historia de ficción, sobre todo porque ya se cuenta como un hecho del siglo pasado. Solo así caigo en la cuenta de que la distancia temporal evidente en la edad de mi hija (acostumbro, por cierto desorden de memoria, a asociar las fechas y etapas vividas con las edades de mis hijos) me dejará lagunas insalvables de hechos que bien valieron la pena memorizar, con toda la nitidez que el caso conlleva. Creo incluso, que por determinado mecanismo intrínseco de auto salvación.

Lo primero sería definir mi verdadero Período Especial, si es que puedo limitarlo a una sola etapa de las vividas en mis ya comenzadas cuatro décadas, pues más de una podría entrar en esta categoría que el cubano asociará en primer orden con precariedad alimentaria, o al transporte casi nulo, o más particular en “la cubana”, a la ausencia de almohadillas sanitarias; por sólo citar los ejemplos más primarios, aquellos que afrontó la población de distintas maneras.

Algunos no se enteraron, pero como la mayoría creyó que todos estábamos pasándola igual, entonces elijo un punto denominador común —del que, a mi entender, escaparon muy pocos— para ceñirme a esa temible palabra: “apagón” y a la falta de combustible para cocinar, por contar mi experiencia de “ese” Período Especial.

Ahora que intento rememorarlos, me parece que fueron largos, muchos…aquellos años cuando recuerdo el tiempo que anduve en bicicleta o la preferencia alimentaria para con los niños o el reciclaje de la ropa a partir de la que ya otros miembros de la familia no usaban. Así mi hijo Kikito –mi hija aún no había nacido y yo tuvimos “shorpants” (imagino que se escriba así aquella especie de short largo, apenas dos dedos encima de las rodillas) a partir de vestidos y sayas en desuso de Zaida, mi suegra. Aunque a él todavía le tocaron pijamas y algunas telas o zapaticos y aquellos culeros irrepetibles de gasa que vendieron en los comercios conocidos como “Bebito” y la “Canastilla” en lo último de los años ochentas.

Me gradué del Instituto Superior Pedagógico en el año noventa y ya Kikito tenía un año. Hija del proletariado yo, la mayor de tres hermanos, tenía guardadas viejas carencias de adolescente para realizar con mi soñado salario. No sé si lo escuché o lo leí en alguna parte, pero me he agarrado a la (¿auto?) definición de que este fue el año cero de mi generación.

Bastaron uno o dos años de experiencia laboral, de servicio social, para que comenzara el éxodo masivo de los profesionales, los más privilegiados hacia el sector del turismo. Otros alternaron el aula o la consulta, con el trabajo en alguna finquita con el fin de autoabastecerse; sin contar los que dejaron definitivamente el país o la profesión.

En lo particular, aún cuando disfrutaba el acto de enseñar, también emigré laboralmente. Primero había dado clases de Español y Literatura, por un curso, en una secundaria y después de Historia de la Moda y el Maquillaje (la asignatura seguramente no se llamaba así, pero era eso en esencia) a los peluqueros(as), en una escuela que ni sabía existía hasta ese momento. A la par matriculé en la escuela de idiomas, donde mejoraba mi inglés “por lo que pudiera aparecer”. No tenía ubicación fija por no haberme ido al municipio Sandino, al extremo más occidental del país, a cumplir el servicio social, por mi condición de madre de hijo pequeño.

Recuerdo que para ese entonces ya había abierto “la casa del oro” (2) en La Habana y allá me fui con dos de mis más entusiastas alumnos peluqueros, después de recorrer lugares nunca vistos, dormir en la Terminal del Lido, montarme en algo que iba para Artemisa, para después llegar a Pinar del Río como a las doce del mediodía siguiente. Llegué con los ojos súper irritados y con apenas una muda de ropa para el niño y un par de tenis negros que eran el furor del momento, que intercambiaríamos, según la ocasión, el padre de mis hijos y yo.

Durante esos años él era el director de un preuniversitario en el campo, de donde venía con ideas de recetas propias del momento: dulce de berenjena o de col y otras cosas que lamentablemente ya no recuerdo.

Sus padres llevaban el peso de la casa haciendo mil inventos; “arroz ¿microget o microjet?” (3)(igual que el plátano, a todo lo que crecía se le llamaba así). Comprábamos las hamburguesas, que vendían con carnet de identidad, para prepararlas en casa, sin aceite, a la parrilla.

Fregábamos con agua de arroz. Lavaba los cuellos y axilas de la ropa con un viejo cepillo de dientes para ahorrar el ¡¡¡detergente!!! que la madre de una vecina le enviaba de Chile y ella vendía a quince pesos “la latica de leche condensada” (medida “universal” cubana).

Pero el más insufrible de todos estos inventos fue un fogón de aserrín (que recolectábamos Zaida y yo en un aserrío cercano) y que pegaba un tizne resinoso a los calderos, los cuales después de ello eran insalvables. Este fue posterior a haber cocinado con leña, pues el carbón era casi un lujo.

En medio de todas estas carencias a la gente aún se le ocurrían chistes como aquel que decía: “Van a repartir jabón angolano”, y ante la pregunta ingenua del interlocutor, ¿sí?, respondían: “échate el agua y pásate la mano”.

En las noches reuníamos a los muchachos en la azotea de la casa con juegos de dominó y otros de mi no tan lejana infancia entonces, para entretener al nuestro, agotarlo y así quedara dormido después de tanta sánsara debajo del mosquitero, abanicándolo todo el tiempo hasta lograr la gran batalla a oscuras.

Los viajes a casa de mis padres en San Juan y Martínez se distanciaron cada vez más. Mi hijo comenzó a nombrar a las rastras de la Base de Camiones, cercana adonde vivíamos, como “los camiones de ir a San Juan”, por las reiteradas botellas que nos daban.

Por una parte el transporte público casi no existía, por otra ya era una complicación aparecer con un niño y las manos vacías en una casa donde la mayor parte del tiempo comían sopa de arroz. Hace muy poco tiempo mi madre me confesó que una vez sólo comieron col hervida, sin sal, pero que incluso su día más triste fue aquel sábado de “alumbrón” cuando instaló la “Aurika”(4) con la intención de lavar la ropa a mi hermano menor que estudiaba, por suerte, Licenciatura en Inglés, en el Pedagógico pinareño y se percató que sólo tenía dos piezas de vestir.

Mi otro hermano, que había regresado de su Servicio Militar en Angola hacía muy poco tiempo, cuenta a veces, entre risas y ojos húmedos cuando se fueron los dos junto a mi padre a desmontar, a pico y coa, una tierrita en un monte cercano. Árida, sólo les dio unas tristes yucas, malogradas después de cargar el agua del riego. Siempre estuvo también la iniciativa de sembrar en canteros, en la azotea del edifico: ajíes, orégano y otros pequeños cultivos, sobre todo para sazonar.

Entonces fue cuando decidieron él y mi padre irse a trabajar al Contingente Blas Roca, de donde venían los fines de semana con dieta, salario, estímulo y plátanos (¿microjet o microget?), hasta que mi padre puro militante él, regresó a casa infartado y con otros males del cuerpo y el espíritu.

Los mejores momentos “nutricios” ocurrieron cuando comenzamos a visitar la filial de la Asociación Culinaria, donde el padre de mis hijos tenía algunos amigos. Allí consumimos algún que otro invento culinario de los que se estrenaban a menudo por aquellos días. No puedo enmarcar con exactitud la fecha de aparición de las jabas de nylon en la vida del cubano, denominadas “chillonas” en Pinar del Río, lo cierto es que un amigo cercano aseguraba que en la segunda parte de cualquier festividad comenzaba “la llovizna”, por el sonido que éstas producían, (general y colectivo) en el momento en que todos los participantes comenzaban a cargar con cuanto comestible fuera permitido.

De pronto apareció un contrato para mí en otra secundaria, hasta que en el noventa y tres encontré la única opción que se me brindaba como puente a otros mundos, (no sabía entonces cuáles, pero imaginaba que algo mejor aparecería, es obvio que ni soñaba con la escritura). Por increíble que parezca de la noche a la mañana era funcionaria de la UJC, que empezó a nombrarse en esos años Ujotacé.

Ya había vivido la experiencia de recorrer los campos para intercambiar productos. Muy lejos fuimos, con la única recompensa de unas ristras de ajos o algún “producto marino”, mi inseparable amiga Elizabeth y yo, que hasta el pueblo de Cortés llegamos, desde donde podíamos divisar las luces de México, (le decíamos en tono jocoso a Cecilia, nuestra compinche de los tiempos de la Escuela Vocacional, que vivía en el extremo del extremo). Sinceramente reconozco haber olvidado cómo llegamos hasta allá, supongo sea por aquel mecanismo intrínseco de autosalvación que mencioné al principio.

Desde mediados del noventa y tres y principios del noventa y cuatro después de sanciones y análisis en el Comité de Base por malentendidos, rozaduras y encontronazos en la esfera en que trabajaba, me trasladaron a la Facultad de Ciencias Médicas, como Secretaria del Comité del Área Básica (primer y segundo años de las carreras de Medicina, Licenciatura en Enfermería y Estomatología).

En un primer momento, aquellos incumplimientos me hicieron sentir el ser más trágico y desdichado. A quien podría importar que me hubiese aprendido cuanto bache tenía la calle Cavada, para poderlos vadear en apagón a las diez de la noche, sobre mi bicicleta; ni mi esfuerzo por conseguir un hombre para el batallón de la caña, tarea en la que fallé siempre a pesar de mi empeño, para llevarla como un estigma todo ese tiempo.

Así que cuando supe que Ciencias Médicas me esperaba, y que lo principal era visitar en el trimestre las reuniones ordinarias en los veintitrés Comités de Base, me dije: “esto es pan comido”.

Lo que no sabía era que no tendría las armas humanas para exigirles cumplimientos incomprensibles a aquellos muchachos que estudiaban hasta bien entrada la madrugada, bajo el alumbrado de la Carretera Central, frente a la escuela, porque la Fisiología o la Bioquímica no entendían de apagones; que almorzaban invariablemente, arroz, sopa de arroz y dulce de arroz con azúcar (remedo del arroz con leche) y que así y todo conservaban el entusiasmo para montar performance y mantener un taller literario, al que empecé a asistir hasta sorprenderme escribiendo unos textos que ojalá conservara para definir ahora de qué se trataban.

Pues ya que, no obstante todo ello, iban —además de hacer sus reuniones, aunque no fueran precisamente mensuales— a los desfiles y se enganchaban las cintas aquellas de los actos en la frente, se merecían alguna fiesta de vez en cuando.

La escuela sólo podría aportar una caldosa con los productos cosechados en la parcela del autoconsumo, (cuestionado con vehemencia una y otra vez por los dirigentes estudiantiles, que aparte de otras cosas se debatían en distribuir bicicletas y reservaciones para el Campamento de los estudiantes en Varadero), así que comprar hamburguesas (salvavidas todo el tiempo) y alguna que otra oferta debía ir por nosotros, por lo que se me ocurrió confeccionar postales (la presidenta de la FEU hacía ciertos dibujos con versos) y venderlas en “los amarillos”, frente al Hospital Nuevo, en la misma frontera de la Facultad.

Las vendimos todas y pudimos hacer la fiesta del catorce de febrero del noventa y cuatro.

Hasta yo me pregunto, desde ahora, cómo pude trabajar en un lugar que exigía una entrega de horarios con un hijo pequeño y una vida cotidiana azarosa como la de todos.

Ya nos habíamos mudado (después de la muerte de Gilberto, el abuelo de mi hijo) a un apartamento cercano a la Facultad de Ciencias Médicas, por lo que podía ir y venir con frecuencia, siempre en bicicleta.

El edificio tuvo bala de gas colectiva racionada por horarios durante un tiempo, por lo que nos hicimos de un fogón criollo de kerosén que adaptamos a petróleo, con el que tampoco logré entenderme muy bien, por lo que estaría de más decir el color que adquirió el techo de la cocina.

Así que, no obstante encargar las tareas más engorrosas, como las Brigadas Técnicas Juveniles (que nunca entendí en concreto para qué eran) y las Brigadas Estudiantiles de Trabajo, en vacaciones, a dos profesores que eran miembros del Comité de la Juventud y en quienes encontré un fidelidad sin límites y apoyo incondicional, no me perdonaba que alguna vez llegara a la casa y mi hijo ya estuviera dormido.

Su padre, que para ese entonces era el Secretario del Sindicato de Educación, Ciencia y Deportes, se ausentaba mucho más que yo. Por lo que al cabo de ese breve período ya estaba enferma de montar bicicleta, usando “sustitutos” de las almohadillas sanitarias y la soriasis, enfermedad crónica de la que padezco, anunciándose peligrosamente; razones más que suficientes para cambiar de nuevo de trabajo.

Había empezado el año noventa y cinco y tomé la decisión de tener el segundo hijo. En abril del noventa y seis nació Laura, ya yo era Asesora Literaria de la Casa de Cultura Pedro Junco, de la capital pinareña, con la única experiencia de mi título de Licenciada en Español y Literatura, los intercambios en el taller de los estudiantes de Medicina y como única información de lo que se había escrito recientemente en mi ciudad, un libro “ideológicamente sospechoso” al decir de mis antiguos colegas de trabajo. Su autor y yo nos conocíamos de nuestros años felices en la Vocacional, cuando apenas era un muchachito flaco de quien había perdido el rumbo. Apenas leí aquellos versos publicados en el noventa y tres y supe que “el peso de la isla” nos era común a todos: “Y ahora que guardo mi país,/ sus dudas, sus mentiras tremendas,/ sus cielos desplomados,/ el ácido y podrido olor de ese misterio/ que brota de sus casas;/ mis amigos perdidos, convertidos en sombras/ lejos de la complicidad de mis hogueras;/ ¿quién recoge mis pasos, la vida que quemé con la inseguridad/ y la nostalgia/ de quien quema las secas hojas de un almendro?” (5).

Parecía que algunas cosas de lo que conocimos como Período Especial iban quedando atrás, no creo que totalmente superadas porque ya en planos más personales otras etapas más o menos parecidas, casi todas huracanadas, nos han tocado a la puerta.

 (*)Nelson Simón González: “El peso de la isla”, en El peso de la isla, Ediciones Loynaz, 1993.

(2)La Casa del Oro: En el año 1988 se abrieron las Casas recaudadoras de divisa que tazaban prendas y objetos de oro y plata cuyo valor se retribuía con unos certificados en que constaba el valor de lo tazado y que permitían adquirir en tiendas surtidas, entre otras, de piezas de ropa para ambos sexos, zapatos, productos electrodomésticos y autos de uso, entre otros artículos desaparecidos del mercado. Fue la primera posibilidad de los cubanos, que no viajaban al exterior, de adquirir televisores a color y sustituir los ventiladores, radio, lavadoras, batidoras, etc., de marcas americanas, adquiridos antes de la revolución, o de marcas chinas, comercializadas en los sesenta y de las marcas soviéticas y otros países del campo socialista europeo comercializadas en el país hasta inicios del Período Especial y la caída del sistema socialista en los países de ese continente.

(3)Arroz microget: Sistema que mediante el riego logró hacer crecer el tamaño del plátano, por lo que este producto se comercializó como plátano Microget, que fue en la etapa del Período Especial, la vianda más representada en los mercados. Por lo que popularmente se le comenzó a llamar al arroz, que antes de su coacción definitiva se le echaba una cantidad de agua que posibilitara su crecimiento, arroz microget.

(4) Aurika: Marca rusa de lavadoras domésticas producidas por la desaparecida URSS y comercializadas en Cuba. (Pág.23)

LIDIA MERIÑO (San Juan y Martínez, Pinar del Río, 1968) Poeta y narradora. Miembro de la Uneac.

Ha publicado los libros para niños y jóvenes Villa Lomita y En el estanque azul, ambos por la Editorial Cauce; El libro de todas las lunas, Editorial Capiro, El día de par en par, Ediciones Sed de Belleza y Lloviendo, narrativa, Editorial El mar y la montaña. La Editorial Capiro, en su colección Pintacuentos, publicó Cuando el tiempo salió a paseo, que reeditó la colección Dienteleche, de la Editorial Unión. La colección Rehilete, de la Editorial Cauce publicó recientemente su libro de cuentos Leche con espejuelos y su poemario En el estanque azul fue reeditado por el Grupo Editorial La Hoguera, de Bolivia en el 2010.

Obtuvo el Premio Alcorta en el 2002 y en el 2004 el Premio Regino Boti.

Fuente: No hay que llorar, Ediciones La Memoria, centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2011, pp. 21-28

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a La vida que quemé con la inseguridad y la nostalgia

  1. Juan C Recio dijo:

    Mira que he conversado con Lidia, pero estas cosas me acercan mucho a entender mejor a la mujer sencilla que siempre me trata con ternura, un saludo para ella, para sus hijos y para Aristides Vega, su esposo.
    JC Recio

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