Sangrante bajo la metralla de los comisarios rurales

Dos poemas de Noël Castillo

Acerca del uso del copretérito conativo en los juegos infantiles

Anastasia in memoriam

ahora yo me llamaba Anastasia,

sangrante bajo la metralla de los comisarios rurales;

ahora tú te llamabas Pimen,

y llevabas una como cofia blanca

y un icono aprisionándote los pectorales.

ahora yo caía lejos de los fuegos parisinos,

y no le importaba a los soviets

que tuviera un hermano hemofílico.

ahora tú mirabas por los binoculares las carreras olímpicas

en un estadio que llamarán Luzhnikí.

ahora venía a buscarnos una troika

y se me ensuciaba el armiño con el borde de tu hábito.

ahora  un muchacho escuálido nos miraba

y quería escribir un poemeto sobre nosotros dos.

ahora yo me llamaba Anastasia,

y tenía la sangre muy azul

y permanecía como un fantasma vergonzante sobre

las cabezas de los bolcheviques,

y no me mencionaban en las aulas

las toscas profesoras de historia;

ahora tú te llamabas Pimen

y el muchacho te contemplaba en una foto grisácea

y se asombraba de verte con un sayo

entre tantos turistas aupando a sus atletas.

ahora yo me llamaba Anastasia,

y decía no saber nada de los asfódelos;

ahora tú me decías de una poetisa que ignorará lo mismo

en una isla calcinada por el salitre.

ahora yo me llamaba Pimen,

y era un monje ortodoxo,

indolente,

capaz de entregar mis bellas piernas

a la oscuridad de una capilla;

ahora tú te llamabas Anastasia

y me enseñabas a decir hermosas frases

arrastrando toda la saliva:

je te porte dans moi comme un oisseau blessé.

 

ahora tú te llamabas Noel,

y nacías al lado de una cañada,

y querías ser Anastasia o Pimen;

ahora tú te entregabas a una brutal mentira

porque estabas acostumbrado,

y era preferible semejar un  haz de pólvora

a tener el pistilo aterciopelado de los asfódelos.

ahora tú eras indigno y evidente

y escribías poemas para olvidar los otros,

tan falsos bajo este sol

como un hábito,

como un manto de armiño,

como una troika sobre el hielo resbaladizo,

como quien lleva mucho  tiempo jugando

y no ha caído en cuenta.

Tordesillas, 25 de diciembre de 1535

Última carta a la reina de Inglaterra.

 

Catalina, lo sé: yo soy la triste,

la viuda eterna, pálida demente

que en Tordesillas siempre llora frente

al féretro de un hombre que no existe,

que rehago en mi sangre. ¿Acaso viste

demudar a tu amado en ángel? Suerte

que degusto mi viaje hacia la muerte

pensando que tal vez Él se demora

para bruñir mi mano en esta hora

de ventanales que me tornan fuerte.

Pero prefiero el pacto con la nada,

la oscuridad al sol que me denuncia

ante el Señor, que impele mi renuncia

para a un cadáver navegar atada.

Así con mucha vida voy casada

porque sin Él la vida es sólo mía:

más que del agua —su asesina fría—;

más que de la Alta Tierra cuando irisa

con arpegios sutiles la sonrisa

de este gran muerto-vivo que me hastía.

Y no escondí mi cara entre la noche,

no naufragué porque encendí delirios

en caravanas, a la luz de cirios

que a mi amado ataviaban como un broche;

como a un hijo de mí, como a un reproche

le aguardé trece años, y el empeño

me saja todavía cuando sueño

que es polvo entre mis dedos su figura,

que el tiempo me ha burlado siendo pura,

muy pura para Él —mi sol, mi dueño.

Catalina, no cejo pues mañana

las hojas mentirán: «una princesa

tarada por embrollos de realeza;

ved, otra loca más… tan poco humana

que sentía la noche más cercana

si algún fantasma le rondaba lento».

Tal vez, hermana, sepas que no miento,

que a la maldad no le otorgué mi nombre

pues yo, la Loca, solo tengo un hombre…

ni súbditos, ni reinos, ni lamento.

Yo estuve antes, Catalina, luego

sufrirán las demás mostrando el sino

mezclado con su estirpe de camino.

Sangre regia es la mía porque el fuego

que acrecienta el dolor nos sabe a juego,

nos lacera, nos limpia, nos prepara

como a una sombra ingrávida que ampara

el polvo del amado. Catalina,

mi historia vivirá, por cristalina,

de boca en boca como el agua clara.

¿Que a mis hijos no amé; que no hubo modo

de que en un mismo techo les criase?

Puede que sea verdad, mas una frase

es poco para quienes tendrán todo:

hijos son del poder. ¿Qué abrí un recodo

para la duda? Bien, ya estoy cansada:

por la ventana ulula enamorada

la brisa, un ángel lento me despeina.

Catalina, a Dios voy.

Yo, Juana, reina…

y no estoy loca, no; sólo hechizada.

Post scriptum: Catalina de Aragón, reina consorte de Inglaterra, nunca leyó la carta: murió a las 2 de la tarde del 7 de enero de 1536; Juana le sobrevivió diecinueve años, recluida en Tordesillas, fortalecida por el fantasma de Felipe El Hermoso. Creo que no le importó si su misiva llegó a buenas manos; me parece que ya no recordara haberla escrito.

1996

Fuente: Faz de tierra conocida, Editorial Letras Cubanas, 2010, pp. 71-75

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a Sangrante bajo la metralla de los comisarios rurales

  1. Juan C Recio dijo:

    Textos que siempre leeo con la seguridad de que es importante volver a ellos, grande Noel, me le das un gran abrazo,
    JC Recio.

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