La memoria defendida

Sergio García Zamora

Tras presentar No hay que llorar, Vega Chapú responde preguntas a La Prensa. Foto: Eridanio Sacramento

Decía Jorge Luis Borges que los libros son «simulacros de la memoria»; sin embargo, el volumen No hay que llorar de nuestro Arístides Vega Chapú, logra resistirse a esa definición. Más cercanas se encontrarán estas páginas al «cesto en llamas» martiano, antes que entregarse a la simulación. Yo, como Alonso Quijano al leer novelas de caballería, he creído cada palabra.

Digo he creído porque nací en el año de la muerte del mismo Borges, de modo que al comenzar lo más atroz de la crisis, era todavía un niño. Al repasar ahora estos testimonios comprendo a cabalidad que mi memoria de entonces también ha sido defendida, pero de forma distinta: entre aquella realidad y yo, mis padres cavaron el foso de los castillos medievales; algo que a su vez hicieron Lidia Meriño y Laidi Fernández de Juan con sus propios hijos. No puedo decir, como en los versos lezamianos, «mi memoria prepara su sorpresa: / gamo en el cielo, rocío, llamarada», sino que la memoria de los otros prepara mi sorpresa: el hambre (Dean Luis Reyes, Yoss, Agustín Labrada, Ernesto Peña, Carlos Esquivel); la doble oscuridad (Aitana Alberti, Enid Vian); la lucha del espíritu (Rebeca Murga, Virgilio López Lemus, Ricardo Riverón, Reinaldo Montero, Guillermo Vidal, Luis Cabrera Delgado, Edel Morales, Lina de Feria, Zaida del Río); ventas, compras y trueques insólitos (Félix y Francis Sánchez, Arturo Arango, Lourdes González, Víctor Hugo, Otilio Carvajal, Lorenzo Lunar); el nacimiento de hijos (Caridad Atencio, Alberto Garrandés); dejar o no dejar la Isla (Emilio Comas Paret, Aramís Quintero, Rolando Rodríguez, Luis Mesa Fernández, Manuel García Verdecia, Odette Alonso, Laura Ruiz).

Desdeño, pues, toda crítica vana, todo cuestionamiento indigno, toda posible intolerancia, todo comentario sin revestimiento humanísimo con respecto a este libro. Me enorgullece el decoro, como cubano y escritor, de respetar la memoria defendida. Si en Cuba se hubiese vivido un tiempo de prosperidad y abundancia que igualasen a la magnitud de la miseria vivida durante del Período Especial, Arístides habría juzgado necesario dar fe de ello también. Recuerdo que en Roma existió un general: Arístides el Justo; no creo que nuestro Arístides desmerezca ese título. Para mí las calamidades que Alvar Núñez Cabeza de Vaca narra en sus Naufragios valen tanto como el oro o la fuente de la eterna juventud que los mismos conquistadores buscaron.

Pensemos, pues, que estos testimonios son el oro de aquellos años de naufragio. Así, con el fervor del devoto a quien le son concedidos los dones del espíritu, agradezco tales signos de permanencia capaces de hacerme disentir de don Francisco de Quevedo cuando dice que «apenas se defiende la memoria / de las oscuras manos del olvido». La memoria tiene a sus valientes en este libro; la memoria tiene en Arístides a Urías, el heteo, aquel soldado que dormía a la puerta de la casa del rey David sin querer retirarse a otro sitio, aunque después el soberano lo enviase a lo más cerrado de la batalla.

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a La memoria defendida

  1. Otilio Carvajal Marerro dijo:

    Coño,poeta de la luna, me ha encantado eso que escribiste. No solo porque estás más cerca del respeto que merece un escritor como Arístides -a quien le resbala… por la piel- todos los comentarios calumniosos que han provocado JL Viera y Heriberto Hernández con sus reseñas sino por lo asentadita que dejas una de las funciones de la literatura. Como te habrás podido percatar muchos de los que han cuestionado No hay que llorar, jamás se leyeron el libro, ni siquiera las secuencias que el propio Vega entregó en ocasiones a revistas o permitiò que se leyeran en Ferias del libro. Creo que Jorge Àngel no exageraba cuando nos entregò Amigos pa qué. Y no lo digo tanto por la libertad que tienen ambos reseñistas para disentir de Arìstides y de lo que les de la gana, sino por permitir que mientan sobre él sin llamar a capìtulo a los mentirosos. Discrepar es de amigos, permitir que se le ofenda al amigo en sus propias páginas sin salirle al paso, no lo es.
    Si hay un escritor absolutamente honesto en nuestro país es Arìstide Vega Chapú. Los que viven dentro y los que viven -o pernoctamos- afuera, lo sabemos bien. Dice las cosas tal como las piensa sin herir, pero tambièn sin importarle ser complaciente. Jamás ha negociado con su obra para obtener otra dádiva que los derechos que le pertenecen.

  2. Ricardo Riverón Rojas dijo:

    Creo que la historia de un país se escribe con todos sus actores en escena. Este libro de Arístides, que él mismo sabe parcial, es un libro infinito por su posibilidad de crecimiento, por las muchas escenas y los muchos autores que se le pudieran añadir desde todas las orillas posibles. Ni siquiera los que lo han atacado con la ventaja de unos medios muy “acreditados” deben dudar de que es, al menos, el primer registro serio de una época terrible, pero en alguna medida también hermosa, o heroica. Que otros hagan sus libros y pongan sus matices. Arístides hizo lo suyo, lo que tuvo al alcance de su tiempo. Lo felicito, y le doy la mano desde lejos, porque sé que es un hombre honesto y sin precio.

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