LA CULPA NO LA TIENE DIOS

Un cuento de Idania S. Bacallao

Había ruido y luz; las persianas estaban abiertas…

Nina Berberova

Hoy es lunes y su cabeza está desequilibrada. Hasta el reloj le produce escalofríos. Los diablos andan rondándole. Y siente ojos que le destrozan el ir y venir del estómago. Se quebrantan sus mecanismos de defensa. La culpa no la tiene Dios. En este desequilibrio está sola. Sola con alfileres en los labios para perdonarse de todo mal. Para perdonarse su comportamiento en estos cincuenta años que acaban de llegarle sin mucha importancia en esta isla donde no queda nada por decir.

Su blusa blanca y sus collares juegan una imagen parecida a un seis sobre la pared. Ha estado borracha, vaciándose copitas en el estómago para alejar a diferentes seres llamados semejantes. Seres que le vuelan dentro y le hacen un escaño como diablos reencarnados. Su estado de coordinación parece una trompeta. Solo suena cuando ella la sopla. Es evidente, se está escapando de una incomodidad cubana. Una más. De sentirse muy bien observada en una de las tantas esquinas. Afectada por un terrible acontecimiento. Los que la rodean son timoratos. Aquí Dios tampoco tiene culpa.

Puede ser que su yo esté quitándose una molestia que le tienen a escondidas guarecidos en el mismo Dios. Su yo está obligado. Está fuera de lugar. Tiene música en los pies y dos brazos para gesticular mentiras como los otros. Pero no. No lo hace. Tiene aquí una verdad que decir. Una verdad que pronto se le escapará disparada. Una verdad de sorpresa. Es evidente que mira a su alrededor. No ve sanos ni salvos. Solo gente sentada esperando que termine su pelea. Completamente distinta a la de ellos. Los mira. Se sienten confundidos y disimulan sacando un pañuelo no para secar sus lágrimas. El pañuelo está sucio. Se secan las manos. Sucias también. La ponen en guardia y se les hace imposible entenderla. Ella tampoco los entiende. Será que en este invierno han consumido demasiada nostalgia. Quizás sea éste el momento de aprovechar que no entienden su ánimo para entonces comprar un violín y tocarlo hasta el amanecer. Pero no se mueve. Solo está en guardia. Sus semejantes lo saben y agachan la cabeza. El invierno ya la dejará en paz. Habrá que acostumbrarse al verano donde el alimento será más barato.

Hoy es lunes y el cielo tiene luna llena. Quizás nadie lo sabe, porque ya nadie mira hacia arriba. Y ésta es su otra guerra. A la luna la conocen para una noche de sexo. Y no ganaría nada si no les grita que la luna es la novia de los dioses. Aunque aquí tampoco Dios tiene culpa. El día lunes tampoco entreteje culpa alguna. Ella dice su realidad. Ellos comentan sobre la realidad que ven en ella.

Les pide que esperen. Mientras, se bebe un vaso de agua para iluminarse los pensamientos. La voz de una niña la interroga como una ridícula humillación… y por qué tenemos que esperar. No la mira, aunque siente deseos de abrazar al mundo a través de aquella voz de duendecillo libre.

Pero solo hace como la zorra. Se oculta para que la espera sea una sorpresa. En cambio, la niña sale en su búsqueda. Su voz parece apresarla. Sacarla de aquella encrucijada que tiene hoy lunes en su cabeza. Le alcanza otro vaso de agua. También lo bebe ceremoniosamente. Aquí sí Dios tiene la culpa. Está segura.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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