Anonymous, Premios Goya e Industria cultural

Jorge Ángel Hernández 

El conocido grupo Anonymous cumplió finalmente con su promesa de introducirse en la Gala de los Premios Goya. A pesar del despliegue policial y de seguridad, tres de sus integrantes intentaron subir al escenario en el momento en que se proyectaba el video de los nominados a mejor director. Al mismo tiempo, atacaron la página web de la institución y revelaron datos de figuras que apoyan la ley Sinde, con la cual los monopolios de la industria cultural buscan el control legal absoluto de lo que se coloca en las redes.

El relato de Anonymous, que publica en su espacio habitual de Público Fernandez Savater, ofrece, más allá de la espectacularidad del hecho, la interesante reacción de los comentaristas, para quienes, en buena media, solo se trata de un asunto de cobrar o no cobrar por un trabajo. La presencia hegemónica y totalitaria de los monopolios queda fuera de la percepción natural de los comentaristas y, por consiguiente, del espectador. Es, por supuesto, uno de los elementos que ofrece la relativamente libre comunicación en red más allá del control de los medios de comunicación masiva que a intereses de mercado responden. La perspectiva de Anonymous, más acá de su arrojo y valentía, no deja de servirse de una especie de socialización utópica de la cultura, al atacar el ejercicio del sistema en determinadas acciones concretas y no las bases explotadoras del capitalismo en su última fase, más agresiva aún de lo previsto por Lenin.

La percepción del término industria cultural, por parte de la teoría crítica de T.W. Adorno y Max Horkheimer, se enfoca menos hacia modos de producción estética, genérica, artística, o hacia el punto de vista individual del creador, que, básicamente, a modos de producción de relaciones comerciales entre productores, promotores y comerciantes de arte y, en general, de cultura. Una vez que estos últimos se encumbran en la sociedad, se reconstituye la individuación de lo estético y lo ético. Comentaristas al pie en la crónica citada, que se erigen en defensores de los derechos de la industria cultural a dominar el consumo mediante el mercado, pasan por alto este “detalle”.

La Economía convencional supone, o da por supuesta, la soberanía del consumidor, descargando de ese modo sobre el consumo las culpas de la explotación y, sobre todo, de la alienación del gusto. Porque, sin otra vuelta de tuerca, lo que la industria aliena con mayor énfasis es, precisamente, el gusto, generando patrones de consumo que estandaricen el producto y, por línea directa de dependencia, se remitan a lo que la propia industria de la distribución promueve. Incluso esa misma Economía convencional, que se declara ajena a la visión de Economía Política generada por Marx, reconoce que el ejercicio del monopolio frustra la libre elección del consumidor, pues se ve compulsado por la hegemonía que sus distribuciones ejercen. La mayoría de los países con grandes monopolios mantienen en su aparato constitucional, paradójicamente, leyes antimonopolio, como es el caso de los EEUU, para poner el más emblemático de los ejemplos.

Son elementos a la vista de todos que pasan, sin embargo, por debajo del telón, o por encima de la propia alfombra roja de los escenarios mediáticos, como sucede ahora con el evento de los Goya, donde el género negro, violento, se impuso al drama íntimo. Los patrones de juicio de no pocos comentaristas de Público muestran hasta qué punto el sujeto alienado está dispuesto a defender los términos que lo subsumen en la alienación, solo por el hecho de que alcance una mejor escala en el poder adquisitivo personal. Y hasta qué punto, por demás, los creadores sometidos por la industria cultural (sometidos, sí, aunque tan bien pagados salgan), van a defender su propio estatus, sin que les importe que se haga a costa de sus mismos fans y que ello avance hacia un nuevo cierre crítico del universo.

Walter Benjamin divide en dos los modos de recepción de la obra de arte: valor cultural y valor de exhibición. Esta división, como puede apreciarse, muestra analogías con la bifurcación marxista de valor de uso y valor de cambio, considerando “cultural” lo asociado a valor de uso y “de exhibición” lo relativo al valor de cambio. Pero estos, según el propio Marx, aunque antagónicos, están indisolublemente unidos, por tanto, no es posible suponer que existirá una producción cultural fuera de una producción reproductiva de su difusión. Y es aquí donde juegan el papel totalitario los modos reproductivos de la industria cultural y de los monopolios que, al financiarla, la determinan.

Lo reflejan acciones como la de Anonymous, y, sobre todo, la discusión a pie de crónica del sujeto que es parte del show dominador que el capital impone.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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