Crimen y castigo

Androcentrismo, violencia y sexo en el habla popular cubana.

Jorge Ángel Hernández

Argelio Santiesteban advierte en su diccionario enciclopédico Uno y el mismo, que la gesticulación del cubano hace coincidir aquellos gestos que equivalen a muerte con los que “significan posesión sexual”.[1] No es baldío el hecho de llamarle posesión, pues se trata, desde la perspectiva cultural que el autor no evita dejar de fondo, de un ejercicio de posesión y dominio masculino, coincidente con el punto de vista del imaginario social. Es el macho el que posee a la hembra. El vocabulario mismo de esta obra, y de su importante anterior diccionario El habla popular cubana de hoy, deja ver hasta qué punto es natural el sentido de posesión del macho sobre la hembra en la relación sexual. Por su parte, Carlos Paz Pérez escribe invariablemente “posesión sexual” a la hora de definir los términos que significan coito o fornicio.[2]

Del mismo modo en que los fenómenos tabuados en las sociedades modernas suelen ser designados en el habla a través de eufemismos, o de figuras retóricas que asumen la parte por el todo, revelando las distancias aún no recorridas en la comprensión, la designación literal se corresponde con el punto de vista de la concepción cultural del hablante. De ahí que en la mayoría de los Diccionarios hallemos estas reminiscencias adrocéntricas discriminatorias aún cuando no sea un objetivo para sus autores. Es preciso, pues, desprejuiciarse también en el análisis y focalizar los fenómenos relativos al habla teniendo en cuenta su imprescindible carga histórica, su lento y entorpecido proceso de transformación.

Tres tópicos dominan la relación significante entre los vocablos que el habla popular cubana usa para significar el coito y el sentido del cual éstos proceden en la lengua: matar, agredir y timar o embobecer.

Bailarse, cepillar, echarse al pico, pasar por la piedra, o por la chágara, limpiar el fusil, adquieren en la norma general comunicativa la doble acepción de matar y copular. Se trata de términos difundidos mayormente en sectores marginales, a veces carcelarios, cuyas reminiscencias machistas son altas y subidas. Partir, que también significa matar, se emplea además para expresar el acto de copular con una virgen, o sea, desvirgar a una mujer. Este vocablo también se actualiza en el ámbito del desvirgamiento anal, tanto femenino como masculino, lo cual extiende lo discriminatorio a la homosexualidad.

Comerse, y jamarse, significan además “poseer sexualmente”, es decir, aplicar el coito por parte del hombre a la mujer, o incluso también, por parte del homosexual llamado activo al llamado pasivo. Dar candela es lo que el habla reconoce como repellar, o sea, rozar con los genitales masculinos el trasero femenino. Recuérdese la popularidad del estribillo “que le den candela”, de una canción interpretada por Los Van Van. Tal vez por una vía análoga, o sucedánea, los reguetoneros latinos llamaron al acto, en el baile, perreo y le añadieron el verbo perrear.

En todos estos términos, la aplicación del coito liquida a la mujer; el asesinato es, por supuesto, moral, directamente dependiente de los códigos éticos que la preservan con vida mientras no haya cometido el disparate de someterse a la cópula. No es difícil hallar en la literatura y el periodismo del siglo XIX, y anterior, el eufemismo “su más preciado tesoro” para aludir a la virginidad femenina. La virginidad masculina, por su parte, es sinónimo de vergüenza, torpeza o, acaso, una actitud irracional de preservación fiel a alguien en específico. Todavía hoy, los cubanos siguen aceptando el vocablo señorita más como sinónimo de joven virgen que de mujer que no haya contraído matrimonio. Todavía hoy, además, escuchamos, entre otros el chiste de: “¡¿Señoritas?! ¡Ni en dulces!”. Y, por supuesto, llamarle a un hombre “señorito” denota una puesta en ridículo que puede incluso ser ripostada con ofensas o agresiones.

El vocablo matar, sin embargo, no significa coito, sino contemplar lascivamente mientras se masturba, lo cual revela la importancia simbólica de los significados que se retransmiten a través de la cultura, un poco por encima del mismo proceso inmediato de comunicación. Así, matar, como acto a fin de cuentas sancionado como execrable por los códigos sociales, se transforma en un eufemismo que, a su vez, va a servir para significar el coito de sentido androcéntrico, machista.

En el tópico de agresión hallamos expresiones como clavar, dar cabilla, dar una puñalada de carne, dar un varillazo, joder, entollar. Se trata de agresiones violentas, con alto grado de implicación de daño físico que, si bien no matan, como en los casos anteriores, sí mutilan. Y se trata, por consiguiente, de acciones que crean un estatuto de animalidad, de bestialización en el acto sexual antes que una búsqueda erótica. Satisfacción de deseos e impulsos naturales, biológicos, más que búsqueda de placer y retribución humana. Son tópicos a los cuales la psicología se ha acercado desde diversas perspectivas, aunque ha predominado la contigüidad con lo patológico individual. La Lingüística, la Semiótica, y la Sociología misma, han preferido la especialización, postergando los acercamientos transversales, interdisciplinarios.

La literatura, por su parte, ha dado pie a la continuidad de numerosos patrones de evaluación, pues el uso de las expresiones del habla, en función de la intensidad dramática de las obras, retarda los procesos de restructuración de los conceptos. Se trata de una doble disyuntiva genérica que no se resuelve por designación ni, siquiera, por expresa voluntad. Por una parte, aparece la cuestión genérica, y estilística, de la obra, que depende de normas, técnicas y recursos centralizados en la construcción literaria antes que en las construcciones sociales. No quiero decir con esto que lo literario determina, o se independiza, de lo social, sino que, en el proceso de creación, y de sustentación genérica en la evolución histórica de la Literatura universal, la cuestión social, moral, etcétera, se acondicionan a la distribución sistémica literaria. El sistema literario convierte en subsistema al sistema de valores socioculturales y lo emplea para sus propios usos. De ese modo, el habla, con sus implicaciones sexistas violentas, se incorpora a la obra y queda como material de uso en el plano de la connotación. Este es un elemento que las Ciencias Sociales han de tener en cuenta a la hora de juzgar lo literario, lo artístico y, sobre todo, lo humorístico. El trasfondo discriminatorio de reflejo en las obras literarias, para ceñirnos a su caso, reclama un análisis capaz de conjugar lo genérico, tanto en su dimensión literaria como en su dimensión social, sin olvidar otras de las cuales se nutre y hace suyas. De lo contrario, será inevitable el tradicional maniqueísmo de la queja por todo cuanto pueda usarse como elemento de discriminación. Del mismo modo en que el género es una construcción social, lo es el habla. Y se hace imprescindible, pues, profundizar tanto en sus complejidades intrasistémicas como en sus incidencias relacionales.

En el tópico de timar, o embobecer, hallamos términos como dormirse, ganarse, jamonear, levantar, repellar o vajear.

La creencia popular asume que el majá de monte, como se asegura de las serpientes africanas, vajea a sus presas para poder engullirlas con tranquilidad. O sea, con el vaho que emite, garantiza que la presa se convierta sin resistencia en su alimento. Así, alguien que vajea a una mujer garantiza su conversión en presa, en alimento, lo cual implica este sentido con el anterior y más extendido en el habla hispanoamericana de comerse por fornicar.

El vocablo repellar se emplea indistintamente para designar el resanado de una pared en construcción y el acto mediante el cual un hombre frota con sus genitales las nalgas de la mujer, ambos vestidos. Con el repello, o resane, la pared queda debidamente cubierta de sus rugosidades, protegida de la humedad exterior, lista para recibir la pintura y adquirir su coloración, y apariencia, definitivas. La pared es, por supuesto, estática, pasiva, en tanto el cemento constituye un elemento dador, de cualidad añadida imprescindible. En su acepción sexual (Ortiz escribe “picaresca”[3] en tanto Santiesteban la considera “lasciva”[4]), este acto se considera, o bien un juego de mutua aceptación, como en el baile, o bien un abuso que el hombre comete sobre la mujer aprovechando circunstancias de aglomeración y hacinamiento. Su evolución en el tiempo, de la picaresca a la lascivia, señala cierto grado de negatividad en la conciencia expresada por el habla. Hacia finales del siglo XX, la implicación negativa del vocablo en el habla popular reivindica así, en cierto grado al menos, el derecho de la mujer a no ser repellada si así no lo decide. Esta especie de erosión en el sentido de los términos indica además el curso de las transformaciones culturales sufridas por la sociedad, sobre todo a partir de los altos grados de socialización horizontal y reconocimiento de los derechos de la mujer introducidos desde el proceso revolucionario.

El vocablo levantar se emplea como sinónimo de conquista amorosa. Al conquistar a la mujer, el hombre ocupará su territorio, que en principio es su cuerpo, pero que enseguida se trasladará al contexto de sus relaciones sociales. Se trata de un ser-espacio, de un ser-geografía que deberá ser conquistado. Al emplear el término levantar para expresar el acuerdo de una pareja a tener relaciones amorosas, el papel femenino se reifica, se reduce al carácter pasivo que el androcentrismo convencional le ha concedido.

Jamonear, por su parte, contiene una acepción relativa a la facilidad del acto que se lleva a término, cualquiera que este sea. Jamón y bueno son entrañables sinónimos en el habla popular cubana, de ahí que comer jamón sea algo deseable y expedito por antonomasia. En sus variables sexuales, a las que también se añade el modo dar jamón, designa principalmente el exhibicionismo de los genitales masculinos, aunque también se emplea con el mismo sentido que repellar. El exhibicionismo es, pues, jamón, es decir, bueno, deseable, al menos en un primer nivel de relación connotativa. Hay que tener en cuenta que el jamón suele producirse en pellas tubulares gruesas, por lo que se conecta al mito del falo grande y ancho como ideal para la relación sexual, como algo que deberá seducir, atraer, embaucar a la mujer, para lanzarse al contacto sexual que arribe al coito.

El término ganarse, o ganársela, se emplea en el sentido de conquista, más que amorosa, para conseguir la cópula. En un habla marginal se emplea además como significado de robar, con lo cual se cumple la tendencia reificadora del rol de la mujer en la pareja. Un remoto antecedente del sentido lo hallamos entonces en el rapto femenino. El hombre que conquista a una mujer, se la gana, es decir, es suya, de su propiedad, pues la sacó, la levantó del sitio donde disponible estaba para colocarla entre sus pertenencias.

Dormirse, por último, presenta una contigüidad evidente con la expresión dormir con, eufemismo de mantener relaciones sexuales extramatrimoniales, negativamente sancionadas, por tanto. Y se emplea este término además como sinónimo de embaucar, timar, engañar, embobecer. La connotación arrastra entonces varios estamentos androcéntricos relativos a la moral femenina, que es el mecanismo de control y discriminación más universal y efectivo que históricamente se ha ejercido sobre la mujer.

Como vemos en esta serie de expresiones populares, el tópico que establece el embobecimiento no se constituye como fin en sí mismo, sino que se ejerce como un paso hacia la liquidación femenina. Se cierra en el ciclo primario de la muerte, tantas veces relacionada con el sexo, ya sea por semejanza física ya por nulidad social. Dormirse puede concluir en el sueño eterno de la dominación, en la desaparición como sujeto social; ganarse conduce, sin más, al estatuto de pertenencia, al uso indiscriminado del instrumento en que la mujer se constituye mediante el canon androcentrista discriminatorio; jamonear supone el estatuto ideal de la mujer ante la exhibición falocéntrica, placer que se le otorga como ideal antonomásico; levantar conlleva a la objetualización legítima, al estatuto natural de la mujer como que puede ser adquirido en propiedad; repellar coloca a la mujer en un estático lugar de adorno, de instrumento, en tanto vajear la define como presa que será engullida con facilidad. Son términos activos en el habla cubana de estos días. En la mayoría de los eventos comunicativos en que son empleados, desde luego, el hablante no tiene entre sus planes explícitos esos criminales y violentos propósitos, aunque, sin proponérselo, carga con ellos en su paso hacia los nuevos ciclos de nuestra cultura.

Confronte además:

Androcentrismo, violencia y sexo en el habla popular cubana. Herencias esclavistas.


[1] Santiesteban, Argelio: Uno y el mismo, Ediciones Unión, 1995. p. 137

[2] Paz Pérez, Carlos: Diccionario cubano de términos populares y vulgares, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1994. Cf. pp. 91-102.

[3] Ortiz, Fernando: Nuevo catauro de cubanismos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. p. 431.

[4] Santiesteban, Argelio: El habla popular cubana de hoy, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982. p. 293

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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