Otto René Castillo: Nada podrá contra la vida

Ricardo Riverón Rojas

La poesía es un arte que se escribe para siempre: un siempre que ni es hoy, ni es ayer, ni es mañana. Es en esa ecuación donde el poeta esparce las esencias humanistas en las que cree. Por tal razón me gusta analizar la obra de Otto René Castillo como si su vida no hubiera sido lo que fue en tanto revolucionario, sino como el libreto espontáneo que le dictara su hondo humanismo. Resulta evidente que este poeta sabía, y por tanto sentía, que el poema es más que las palabras con que se construye.

Hace 45 años, el 19 de marzo de 1967, el poeta guatemalteco Otto René Castillo murió con apenas 31 años de edad, enrolado en una causa que consideró justa. Pero mucho más trascedente que su trágica dedicación al proyecto de lucha guerrillera, que asumió con plenas conciencia y consecuencia, me parece destacable que de manera tan auténtica se valiera de la poesía como brújula para su intenso y breve itinerario vital.

Algunos con buena intención, otros quizás apartando la vista, han dicho que esa temprana muerte impidió que él concretara una obra de madurez. Pero pasaron las décadas, miramos con otros ojos el hoy y el ayer, y la poesía de Otto René Castillo ha superado todas las pruebas. Además de la del tiempo (la más importante), remontó la de los malos augurios que le vaticinaron un colapso similar al que sufriera la tesis de lucha armada en que creyó. Y rebasó también con prolífera cartera de lectores naturales la de los apologistas a ultranza que valoran más su valentía y entrega a una causa política que la extraordinaria fuerza poética vigente en sus textos.

Que la trayectoria de cada ser humano merece ser evaluada a tenor con la máxima orteguiana “yo soy yo y mi circunstancia” se lee, cada día más, como lugar común. Pero, del dicho al hecho —como del suelo al cielo— el trecho es muy estrecho, y quizás por eso, para mal, son frecuentes las valoraciones sobre la vida de este poeta en las que se le juzga sin consignar la coyuntura histórica que le condicionó.

A la hora de valorar el fenómeno literario que fue Otto René Castillo, si se quiere potenciar la simbiosis vida-obra, no debe perderse de vista que le correspondió una época en que la izquierda latinoamericana, en clara vendimia de potencialidades, se guiaba por las coordenadas que trazara la aún joven revolución cubana.

El modelo de Cuba se instituyó como referencia obligada para muchos jóvenes idealistas que asumieron de esa forma el reto de desmontar, a través del uso de la armas, la deformación estructural de nuestras sociedades pos y neocoloniales. Y en el caso de Otto René Castillo, como vivió muy de cerca el fiasco intervencionista sufrido por su país tras las frustradas reformas del gobierno de Jacobo Arbenz, en 1954, no resulta sorprendente que aquellos ideales alimentaran, hasta el encandilamiento emocional, su ejecutoria lírica y revolucionaria.

Lo antes dicho tipifica también el caso de un buen número de poetas, como Javier Heraud, Leonel Rugama, Rony Lescouflair e Ibero Gutiérrez. De ellos da testimonio una antología titulada Poesía trunca, que preparó Mario Benedetti y publicó la Casa de las Américas, de Cuba, en 1978 y, ampliada, en 2007.

Mucho se ha debatido desde entonces sobre la legitimidad de esos movimientos, en torno a su evolución, degeneración, y también sobre la permanencia de las circunstancias que los hicieron nacer. No tomo parte en el diferendo, solo aspiro a “salvar” a los poetas de la muerte literaria condicionada por la muerte que consideraciones políticas pudieran contaminar.

Acaso me contradiga. Pero insisto en que, si malo me parece alejar la trayectoria vital del poeta de su circunstancia, no menos desleal me resulta seguir atando, para el siempre jamás y como castigo divino, la trascendencia de su poesía a las coyunturas que alimentaron sus ideales. La poesía es un arte que se escribe para siempre: un siempre que ni es hoy, ni es ayer, ni es mañana, sino suma selectiva de lo acontecido y atesorado en la subjetividad. Y es en esa ecuación donde el poeta esparce, en dura lucha con el lenguaje, las esencias humanistas en las que cree. Por tal razón me gusta analizar también (¿sentir?) la obra de Otto René Castillo como si su vida no hubiera sido lo que fue en tanto revolucionario, sino como el libreto espontáneo que le dictara su hondo humanismo: Nada / podrá / contra esta avalancha / del amor. / Contra este rearme del hombre / en sus más nobles estructuras. / Nada / podrá / contra la fe del pueblo / en la sola potencia de sus manos. / Nada / podrá / contra la vida. / Y nada / podrá / contra la vida, / porque nada / pudo / jamás / contra la vida.

Esa “avalancha del amor”, ese “rearme del hombre en sus más nobles estructuras”, esa “fe del pueblo” en la “sola potencia de sus manos” no son ideales privativos de una política u otra; con ellos podríamos identificar a muchos otros poetas que integran, sin dudas, el panteón universal. Pensemos sino —solo un caso— en Miguel Hernández; sobre todo en su poema «Vientos del pueblo».

Los tópicos que más claramente identifico en la poesía de Otto René Castillo, son, digamos: el dolor, la certeza de una temprana muerte, la disyuntiva amor-deber, el goce de degustar cada minuto, cada paisaje como si cada primera vez que se para frente a ellos fuera la última. Su profética certeza del martirologio está, por ejemplo, en Sabor a luto: Tú no sabes, / mi delicada bailarina, / el amargo sabor a luto / que tiene la tierra / donde mi corazón humea. / Si alguien toca a la puerta, / nunca sabes si es la vida / o la muerte / la que pide una limosna. / Si sales a la calle, / puede que nunca más / regresen los pasos / a cruzar el umbral / de la casa donde vives. / Si escribes un poema, / puede que mañana / te sirva de epitafio. Y más claramente en estos de Uno es así de extraño: Tal vez / cuando tú vuelvas, / ya me haya marchado / para siempre de la vida, / sin que tú lo comprendas / ni yo lo haya querido…

Su capacidad para hacer, de cada segundo, un fragmento divino e irrecuperable de la vida podemos hallarla a lo largo de toda su obra. Así, de su exilio berlinés nació el hermoso texto En Berlín, la primavera llega: Todos los años / en Berlín, / cuando la primavera / se acerca de puntillas / a la espalda de la ciudad, / los jardineros / vienen con sus flores / a sembrar / la alegría en los jardines… afirma al inicio del texto, para un poco más adelante continuar con su inventario de deslumbramientos: Ahora hasta podríamos / decir que todo canta. / Es la primavera alemana / en la ciudad Berlín, / la que lo cambia todo / con el aroma de su juventud sonora…

Mirándolo desde otro ángulo temático, en el poema «Respuesta» deja claro su vínculo con la “gente sencilla” de su pueblo: un vínculo que, a mi modo de ver, no puede leerse solo —ni apartado de— su ruta política. No obstante, hago abstracción de ambas prerrogativas y suscribo ese vínculo como el lazo visceral que configura algo tan abstracto, y a la vez tan innegable, como esa confluencia torrencial donde la identidad compartida cobra espesor humano: Amo a la gente sencilla de mi pueblo, / porque son sangre que necesito / cuando sufro y me desangro; / hombres que me necesitan cuando sufren. / Porque nosotros somos los más fuertes, / pero también los más débiles. Somos la lágrima. / La sonrisa. Lo dolorosamente humano. La unidad / de lo mejor y de lo más deplorable. Lo que canta / sobre la tierra y lo que llora sobre ella.

Son los suyos, en su mayoría, versos de aire entrecortado, que marcan sus creaciones con un jadear de encabalgamiento angustioso, enlazado a una engañosa ligereza de arte menor que entra en feliz contrapunteo con la gravedad de lo que sentencia. Tal proceder estilístico da fe de su oficio, tempranamente maduro, y de su convencimiento de que la poesía es un arte connotativo por excelencia, que muestra más por lo que comunica con diversos signos (a veces el del silencio) que por lo que dice. Resulta evidente que este poeta sabía, y por tanto sentía, que el poema es más que las palabras con que se construye, convicción que supo usar con notable maestría: Compañeros míos / yo cumplo mi papel / luchando con lo mejor que tengo. / Qué lástima que tuviera / vida tan pequeña, / para tragedia tan grande / y para tanto trabajo. // No me apena dejaros. / Con vosotros queda mi esperanza.

Resulta significativa una caracterización que de su vida y obra aportara Roque Dalton, otro poeta centroamericano también caído tras los mismos empeños, pero a manos —o frente a las armas— de sus propios “camaradas”:

“Extrovertido, vital, de personalidad fuerte y simpática, no fue, sin embargo, una figura exenta de los errores y las debilidades de los jóvenes centroamericanos de su época. Su afán de vivir intensa y apasionadamente la vida le cobró su precio frente a la severidad de sus camaradas mayores en edad y experiencia y le significó conflictos, desgarramientos, problemas. Por el contrario, los jóvenes le aceptaron siempre en su rica totalidad humana, necesariamente contradictoria con el medio. Quizás el motivo más importante de citar en este aspecto de su personalidad sea el de salvarlo del riesgo, que puede propiciarle su muerte admirable, de pasar a la historia como un santón, como uno de esos personajes planos a que nos tiene acostumbrados el apologismo póstumo”.

No fue la de Otto René Castillo, por tanto, una vida que podamos analizar con tintes monocromos, como tampoco lo es su obra. Intacta permaneció —eso sí— en limpias magnitudes humana y literaria, su capacidad de hacer consecuentes y confluyentes vida y expresión poética. De ambas podemos decir que se fundieron en un tono optimista para convocar al futuro (utópico o secuestrado) y elegirlo como pira donde debía resplandecer y arder su concepción de la poesía como proceso que rebasa la extensión de una vida.

El símil de la hoguera, tristemente, cobra en su caso sentido literal si recordamos que, tras capturarlo en sus andares guerrilleros, los soldados lo quemaron vivo junto a su amada —mártir también—mientras le repetían versos de su más conocido poema, Vámonos, patria, a caminar: Vámonos patria a caminar, yo te acompaño / Yo bajaré los abismos que me digas. / Yo beberé tus cálices amargos. / Yo me quedaré ciego para que tengas ojos. / Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. / Yo he de morir para que tú no mueras, / para que emerja tu rostro flameando al horizonte / de cada flor que nazca de mis huesos.

Frente a semejante barbarie, el tono premonitorio de quien supo que su palabra aportaría nueva vida a su vida, y a sus circunstancias, se torna respuesta que hoy, casi medio siglo después, leemos con reverencia: Estoy seguro. / Mañana, otros poetas buscarán / el amor y las palabras dormidas / en la lluvia

Fuente: Newsweek en español

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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