La nación narrada por Ambrosio Fornet

Cubaliteraria. Semiosis (en plural)

Jorge Ángel Hernández

Lo primero que llama la atención en Narrar la nación,[1] de Ambrosio Fornet, es la humildad y el ejemplar ejercicio de modestia de su autor al presentarlo. Tratándose de un clásico de nuestra ensayística, tanto el autor en sí como sus obras, Fornet acude a adjetivaciones y señalamientos que, o se disculpan por el cúmulo de exposición de ideas, o reclaman un leve espacio en el acápite de logros de objetivos.

El motivo fundamental de esta modestia pudiera ubicarse en la propia personalidad de Fornet, lo cual conozco por múltiples referencias de amigos comunes, además de por no pocos textos públicos de quienes han tenido la dicha de contar con su amistad. No obstante, parte de esas reservas mostradas por el autor para con su propia obra proceden acaso de la intensidad de las polémicas en cuyo centro se halló. Son ensayos que surgen en el epicentro de conflictos que trascienden lo literario para insertarse en lo social, en el futuro de un proyecto de justicia y equilibrio que deje atrás por fin la cínica hipocresía de las hegemonías mercantilistas que oprimen la cultura.

En la obra analítica de Ambrosio Fornet resalta, además de su impecable y viva redacción, comprometida con los juicios y giros del autor, que es persona antes que sujeto, su capacidad sociológica, su habilidad para apreciar lo literario profundamente imbricado con las circunstancias, la historia y las perspectivas de vida, tanto del autor analizado como de los personajes que desde sus obras se expresan. Es un modo auténtico de fusionar, interdisciplinariamente, como gustan anotar los académicos, dos extremos —lo literario y lo sociológico— que mucho más se enfrentan que se complementan en tantos, ¡y tantos!, acercamientos parciales en que se gasta el tiempo y el talento de los estudiosos. Fornet Frutos, si se me permite salirme por completo de lo “críticamente correcto”, lleva en su sangre escrituraria las implicaciones, a fin de cuenta insoslayables, de la literatura y la sociología. De ahí que el agudo e implacable crítico Guillermo Rodríguez Rivera asegurara:

Ambrosio es un auténtico sociólogo de la narrativa, que es acaso la modalidad literaria que más orgánicamente se imbrica en la presentación de las peculiaridades definitorias de una sociedad cualquiera. Leyendo las páginas de En blanco y negro, uno siente el vínculo orgánico que hay entre lo que cuentan nuestros narradores y el proceso de cambio que lentamente van propiciando, organizando, ayudando a constituir y a la vez protagonizando los intelectuales cubanos[2]

Las páginas de En blanco y negro, se hallan también en esta edición de Narrar la nación, con breves adiciones que ejemplifican, a un tiempo, la modestia de Ambrosio y su compromiso con el valor (valga la anfibología del vocablo) que debe acompañar al juicio.

El volumen en cuestión, se inicia con un primer bloque de tres ensayos que formalmente se asocian bajo el subtítulo de «Cartografiando identidades». Las fechas de escritura se enmarcan desde 1979 hasta 2005, el mismo tiempo que ha reclamado el tercero de ellos, «Gómez y la Literatura de campaña», considerado el mapa dos de la sección. En el Mapa 1, «Imaginario y colectividad», Fornet asegura que “La formación de la conciencia nacional y cultural ha sido una de las pocas tareas recurrentes e insoslayables de la intelligentsia latinoamericana, como lo demuestra el hecho de que, durante un lapso que abarca las dos terceras partes del siglo veinte —el que media entre el Ariel (1900), de Rodó, y el Calibán (1971), de Retamar— se produjera una incesante exploración de los rasgos de nuestra identidad a través de los múltiples prismas de la literatura —tanto imaginativa como reflexiva—, así como de la música y de las artes plásticas” [p. 38]

La formación de la conciencia nacional, y cultural —resalto— es una tarea recurrente entre pocas, por lo que se hace insoslayable a través de los múltiples prismas de la literatura y las artes. Un modo de concentrar la opinión a través de su propio prisma de escritura que acompaña al oficio del autor en toda su ensayística.

El segundo bloque, bajo el subtítulo de «Narrar la nación, I», compila tres ensayos escritos entre los años 1998 y 2000. En el primero en orden, que no en fecha, «De cerca, de lejos: Dos intelectuales ante el desafío de la modernidad», Fornet ofrece otro ejemplo de su abarcadora capacidad de síntesis, al asegurar que “tanto Martí como Heredia, desde ópticas diferentes, están expresando inquietudes relacionadas con lo que el propio Martí llamó «el enigma hispanoamericano». Martí enjuicia desde Nueva York la vida de una metrópoli moderna; Heredia nos cuenta desde Matanzas la historia de un fracaso relacionado con la fundación de un pueblo”. [p. 92] En el siguiente, «La coartada perfecta: Mitologías y mitomanías en el discurso del 98», reincide en la fórmula, como tantas veces y con tan feliz provecho lo hace, al sentenciar que “La Enmienda Platt introdujo en el ámbito del derecho internacional lo que pudiéramos llamar el concepto de intervención preventiva, variante modernizada de la doctrina Monroe según la cual los Estados Unidos no se reservaban el derecho de intervenir en Cuba para protegernos de extraños, sino para protegernos de nosotros mismos”. [p. 107]

«Narrar la nación, II», el tercer bloque, contiene el ya mencionado ensayo «En blanco y negro», con pocas notas añadidas que recogen con hábil y elegante síntesis los múltiples guantes que la enconada polémica intelectual —veladamente politizada casi siempre— lanzara al autor de los más diversos modos. Valdría, sin embargo, por parte de los que al lado de las ideas de Ambrosio se han jugado el juicio, desmitificar también este texto, para sacar de él lo mucho que contiene, sobre todo si tenemos en cuenta que la historia de la nación —y de la literatura y la cultura— cuenta esos lances circunstanciales en unidades mínimas de tiempo, en tanto la esencia de lo visto se recupera de los propios giros de esa Historia.

El bloque cuarto del volumen Narrar la nación, «Nación y diáspora, I», contiene dos ensayos escritos en 2008 («Nicolás Guillén y el laberinto de la diáspora antillana») y 2006 («La literatura cubana de la diáspora y el dilema de las dos culturas»). Estos textos, además de centrarse con la habitual profundidad y síntesis en su objeto de estudio, preparan las bases epistemológicas, en el más estricto sentido de exigencia científica, para el bloque siguiente, «Nación y diáspora, II», donde el tema de la literatura cubana escrita fuera de la geografía física de la Isla de Cuba, reclama, y produce, una cartografía simbólica que puntualiza, o ubica —como se dice en el habla popular cubana: “lo ubiqué”— ciertos mitos, mitemas y hasta rumores que son patrones de juicio ideológico, con los que la nación ha sido, y está siendo agredida hasta el momento de ahora y sin pronosticar un fin futuro. Los cuatro textos de este bloque, escritos entre 1997 y 2005, constituyen, además de un verdadero mapa del fenómeno, un ejercicio modal de investigación y análisis crítico, donde tanto los prejuicios que asedian al autor, como sus preferencias personales, son colocados a disposición de la valoración, del análisis, de la esencia de lo que se estudia y, sin distinción, se disfruta.

Concluye el volumen Narrar la nación con un bloque titulado «Recapitulaciones», cuyos textos de apertura y cierre, «Año 68: El intelectual en la Revolución», escrito bajo las agresivas complejidades de ese mismo año, y «El Quinquenio Gris: revisitando el término», también redactado bajo los no menos agresivos cruces de la polémica que revitalizara la actualización analítica del llamado pavonato, o, como lo dice el título, Quinquenio Gris, en 2007, remarcan la vocación sociológica que el juicio crítico de Ambrosio manifiesta, aun cuando hayan transcurrido más de cuarenta años de ese primer riesgo.

Y hay varias lecciones a lo largo de estos ensayos que merecen ser subrayadas.

La primera, y más importante a mi entender, es la que llama a la fuerza del criterio por encima de ciertas manías académicas, o de ciertos patrones de opinión que se alzan sobre la base de destruir a todo aquel que se atreva a disentirlos.

La segunda, apunta hacia la posibilidad de recorrer preferentemente un tema (la identidad, por ejemplo) sin que ello se convierta en la reiteración de estatutos, axiomas cansinos y propuestas teóricas. Por el contrario, la erudición y la cultura se unen para hacerse componente de fondo y colocarse al servicio del saber. Y esto nos entronca con una tercera virtud, que es lo mismo que lección en la obra de Fornet: el ensayista propone y desarrolla sus temarios desde una perspectiva de diálogo, de intensas virtudes comunicativas que no pretenden absolutizar sino, precisamente, proponer. Luego puede enumerarse el modo de definir y conceptualizar, como cuando califica el modelo jurídico de la Enmienda Platt, o, en «Glosario de la Diáspora», donde convierte al enciclopedismo en un ejercicio de reflexión cultural y sociológica; y además la naturalidad con que se emplea la parodia para sacudir la frase y remover la rigidez de ciertos criterios dominantes, desde el título mismo del libro hasta cuando asegura: “Un fantasma recorre el Primer Mundo: el fantasma del inmigrante”. [p. 265].

Vale además tomar apunte del carácter narrativo del tono en el ensayo. Y no se trata de contar historias al modo del novelista, sino de preparar el análisis de manera que consiga imbricarse con la historia —de la cultura, la literatura y la nación— que se relata. Esta fusión de técnicas de la escritura aparece en el conjunto de ensayos con tanta naturalidad, que puede considerarse parte de la norma de escritura. Así mismo, las charlas convertidas en ensayo no acusan, por su destino coloquial originario, carencia de argumentos o de instrumental analítico, sino que se integran al contexto con derecho propio de ensayista.

Destacaría también la valentía con que defiende temas que las modas de los altos estudios han ido relegando, cada una en su época, como el de la identidad cuando la comparsa de lo posmoderno la fue aplastando en sus desfiles, el de la nación, cuando más alto estaba el cenit de la globalización, o el de la emigración como un fenómeno humano antes que político o ideológico.

La última de las lecciones que voy a enumerar se enmarca dentro de la perspectiva de humildad y sabiduría del autor: la honestidad de reconocer equivocaciones, o insuficiencias en el análisis en determinada época, sin justificarlas —como bien podría hacerlo— con circunstancias eventuales del momento. La nota al pie añadida al respecto ilustra y hasta se muestra autocrítica. Como se sabe, escribir sobre sucesos que son parte de la inmediatez de la escritura conlleva a omisiones, o a sentencias que luego no se sostienen, siquiera parcialmente. Ningún autor ha estado libre de este peligro, por lo que pocos se arriesgan, como lo ha hecho a lo largo de su obra Ambrosio Fornet.

Y ese riesgo queda pues facilitado por Ambrosio, no solo en el tiempo sino además y con natural frecuencia, en el juicio analítico, en el dilema crítico. Y ello, dejándonos leer, no enmarañándonos la página con una erudición que, para él, se ve entrañable y no superficial. De modo que ese hombre al que los fatigosos ejercicios de homenaje acusan indolentemente de modesto y humilde, nos protege de saber cuánto nos lleva de ventaja a la hora de mirar, y ver.

[1] Ambrosio Fornet: Narrar la nación. Ensayos en blanco y negro, Editorial Letras Cubanas, 2009. (492 pp.) La paginación entre corchetes remite a esta Edición.

[2] Guillermo Rodríguez Rivera: «Ambrosio Fornet y el homenaje de la Feria del Libro», en http://www.cubarte.cult.cu/periodico/opinion/21311/21311.html

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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