De la salida de Guardiola y el contrato social capitalista

Jorge Ángel Hernández

Como la mayoría de las personas, disfruto del fútbol para apreciar la profesionalidad del juego y de sus jugadores. Son cuestiones que, aunque no se definan imbricadas dentro de un nivel de especialización, cualquier fanático domina mediante aquello que en semiología se conoce como análisis subjetivo. Por tanto, y paradójicamente, la sorpresa de que Josep Guardiola abandonará su empleo de técnico al frente del Barça es, a la vez que extraña, supuesta por defecto. Los fracasos de los equipos se le atribuyen, de inmediato y sin más vuelta de hoja, al director técnico, por lo que se “resuelve” el problema sacándolo del banquillo. Es así naturalmente y acaso los fanáticos del mundo del fútbol se extrañen más de que permanezca hasta cumplir que del acto mismo de su cesantía, sea cual sea el matiz que le administren.

El trabajo de Guardiola con el Barça ha sido, aún así, extraordinario, con 13 títulos ganados de los 16 que ha disputado y una aglutinación de juego verdaderamente hermoso; es algo que difícilmente consiguen los tantísimos y tan financiados equipos de las más encumbradas ligas. Sin embargo, y como se había previsto, Guardiola anuncia su salida del FCB y crea un poco de expectativa mediática acerca de sus próximos pasos. Es incluso más probable que se recupere el equipo bajo su dirección antes de que vuelva, de la mano de otro técnico, a conseguir una racha parecida a esta. Pero el mismo Guardiola declara que cuatro años es una eternidad al frente de un equipo que ha generado tal número de expectativas y se presenta como gladiador vencido ante el sordo rugido de las gradas.

Esta común circunstancia que desde el ámbito del fútbol se lanza para nuevos entretenimientos, es análoga, y hasta semejante en determinados detalles, a la pretendida democratización capitalista del sistema de Partidos políticos. Allí los fracasos se resuelven con cambios de figuras, a condición de que el sistema de relaciones sociales permanezca intacto. El caso de España, en manos de un PP (Partido Popular, por paradójico que suene) completamente neoliberal y al servicio de las élites empresariales luego de la gestión marcadamente neoliberal del PSOE (Partido Socialista Obrero español, por insólito que parezca), es uno de los ejemplos concretos de este cachumbambé de suplantación de figuras en el escenario de un sistema en crisis, aunque resiliente en tanto sistema. El ciclo electoral conduce a un cambio de personas y a paquetes visibles de medidas que, en lo superficial, se presentan como nuevos. Los espectadores, alienados del ejercicio político concreto, escogen la casilla de la X de entre una lista pequeña, restringida, y sin el más mínimo chance de salida alternativa. Porque lo alternativo es parte de esa lista predeterminada que el sistema presenta bajo el barniz de Democracia: abstenerse de votar.

La indignación, la protesta, y hasta la reflexión raigal acerca de verdaderos problemas determinantes de la crisis, pasan solo por un tamiz de marginalidad que, para seguir con la edulcoración de términos, como alternativos presentamos. O sea, que el estadio se llena —previo pago de entrada— cada vez que el sistema eleccionario pone en acción su mecanismo. Los fanáticos aclaman con las buenas jugadas, de ofensiva y defensa, y hasta abuchean malos gestos y fallos de los futbolistas, pero no cambian el juego ni, mucho menos, las reglas que lo convierten en un negocio de lucro y especulación. Si se dice del fútbol, la frase es de semántica efectiva; si del capitalismo, igual, aunque su efectividad se desplace a lo semiótico, al vínculo entre signos. Pero en ambos casos, uno (el espectador, el jugador) está dentro del otro (el juego, sus mecanismos de contrato) y, cuanto más se impregne su ilusión de democracia en el espectador, más posibilidades tendrán de perdurar intactos. Es un contrato social que el sistema conserva a toda costa. No por gusto se acosa a Cuba, y a países que, sin salirse del propio sistema eleccionario, con su mismo ejercicio de parlamentarismo representativo, van democratizando sectores de la sociedad e incluyendo espectadores en las decisiones del partido. Partido como juego, y, si se le encarga la mayúscula, como praxis social, como contrato social que el mal no tan menos de entre los tantos al uso.

El ping-pong que ahora pone a Guardiola en cesantía, es el ping-pong que, como mejor opción, la Democracia liberal ofrece. Un espectáculo efímero, henchido de golpes de manipulación emotiva de la masa, con un conservador sistema de dominio.

Publicado en Cubasí

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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