El nivel aprehensivo en la cultura

Jorge Ángel Hernández

El primero de los métodos de análisis en la cultura, y específicamente en la cultura popular, corresponde al nivel aprehensivo, mediante el cual se produce un acercamiento empírico al sistema que será objeto de análisis. Cualquier elección de ese objeto de análisis que se realice requiere de una interpretación previa de paradigmas ajenos respecto a lo que Iuri Lotman llamara la metaposición del investigador. Se puede llegar al objeto por elección propia, por inducción directa y hasta por imposición, lo cual es importante tener en cuenta para que las definiciones no cedan a la posición previa del investigador.

La percepción, que es el motivo conductor del primer acercamiento empírico a cualquier fenómeno de expresión cultural, se halla fundamentada en la propia tradición perceptiva de los signos. Ellos, per se, no forman ni constituyen siquiera un discurso, mucho menos un texto o un lenguaje. Si es un creyente el que se acerca al fenómeno de las procesiones, percibe en ellas una tradición sígnica de fuerte implicación ideológica, por cuanto esos rituales de desplazamiento y representación se corresponden con el resultado esencial, utilitario, espiritual, del acto. La comunicación con las deidades se da por natural y, de alguna manera, el sentido del ritual se direcciona a través de la idea de la posibilidad cierta de que esa deidad invocada participe del hecho y “responda” a la plegaria. Este elemento se aprecia por demás en textos clásicos como la Ilíada, o la Odisea, donde los dioses son parte del contexto inmediato a pesar de su superioridad. Y lo vemos, también, en el evento de la rebelión de los titanes, perfectamente analizado por Robert Graves.[1] El receptor inmediato de este tipo de obra reconoce esta característica como cierta, del mismo modo en que un receptor, o un investigador, reconoce la acción divina de una virgen sobre los ruegos y súplicas de los procesionarios católicos. La metaposición no es, como se ha insistido en ciertas tendencias científicas, neutral, pues ella surge mediada por la concepción del mundo de quien investiga. Y así mismo se va a desarrollar.

Pero el signo es, precisamente, una estructura permanente; y, ante la percepción de un signo, el sujeto recibe la primera noción de estructura y, con ello, establece una automodelación empírica del sistema de procedencia. Todo signo exige, para su comprensión, una dinámica del receptor, aun cuando ésta se produzca sobre codificaciones más que establecidas desde el punto de vista del emisor, de ahí que el signo no solo conduzca a sus significados más o menos perceptibles, sino que también oriente hacia el procedimiento de semejanza estructural. Cualquier modificación en uno de los elementos que componen el signo, conduciría a modificar el signo mismo, pues, además de permanente, éste se constituye en una estructura permanentemente efímera. Este es el complemento entre la percepción mediada por la concepción del mundo, siempre a riesgo de estrecharse hasta dogmatizarse, y la conformación de una percepción estructural que como tal se conjugue en la cultura misma.

Así, mediante el signo, mediante la percepción de los sistemas de signos con que toda expresión cultural se nos presenta, el nivel aprehensivo puede trascender hasta la valoración metasistémica. En ello radica su más productiva posibilidad y, al mismo tiempo, su limitación. Si bien el nivel aprehensivo puede parecer suficiente a un receptor, o a un simple usuario, de fenómenos en la cultura popular, el análisis debe tenerlo en cuenta como el imprescindible punto de partida, con sus posibilidades y sus limitaciones.

La sociedad es percibida en la cultura como un sistema precisamente porque, ya sea asumida como objeto reflejo, ya como sujeto alienante, deja de tener ese carácter empírico que se muestra en el marco de las relaciones inmediatas típicamente sociales, para adquirir una organización estructural. El sujeto, en su ejercicio de percepción cultural empírica, percibe al sistema social, y a los diversos sistemas culturales que le anteceden, como modelos operativos codificados en su propio nivel organizativo. Determinados signos se organizan como un todo y hasta se aprehenden en bloque, sin desentrañar las variantes internas del conjunto. La propia operación de identificar un mecanismo reflejo de la sociedad en los sistemas integradores de la cultura establece, desde ese empirismo inicial, un acto concreto de aceptación. Y hallamos con frecuencia este tipo de operación interpretativa, si no en el ámbito de lo científico, sí en el de la divulgación y en el comunicativo, por lo que se hace más complejo el fenómeno para el consumidor natural de la cultura popular. De ahí que sea importante no ceder a esas traslaciones directas del sentido de los hechos folclóricos, como la de suponer que ciertas festividades populares reproducen el sentido de sentimientos religiosos que las han transfigurado en su continuo uso. La ceremonia religiosa y la popular que de ella en efecto se deriva, dejan de compartir sentido una vez que en folclor se ha transformado. Ni siquiera en un nivel traslaticio el sentido original, religioso, de la ceremonia se reproduce en el sentido inmediato del suceso cultural. En ese trayecto, los signos han respondido a su proceso dialéctico y se han reconformado. Son aspectos que, si bien el nivel aprehensivo no define, deben estar requisitoriamente presentes en el trabajo de investigación.

Por ello, en este nivel se hace ineludible la tradición del conocimiento, la percepción de múltiples series de paradigmas acumulados tanto por los diversos sistemas científicos como por los modelos operacionales, así como por la inmanencia de los discursos y sistemas percibidos. El procedimiento, para iniciar la comprensión sistémica, consiste en ordenar esos paradigmas, según son percibidos en la tradición de la cultura, para que ellos puedan cumplir una función análoga al signo. Se trata, en principio y aprovechando la proposición de Claude Lévi-Strauss, “de un camino medio entre el ejercicio del pensamiento lógico y la percepción estética”.[2] Esto es: aproximarse al fenómeno de expresión cultural partiendo de la propia tradición cultural del analista, aunque sin suplantar con ella al objeto de investigación.

El procedimiento con el cual Lévi-Strauss presenta sus Mitológicas, es un ejemplo de cómo es posible mostrar las posibilidades conceptuales de determinadas categorías empíricas que pudieran ser redefinidas en el proceso próximo de aplicación, y, de hecho, tomadas como punto de partida en la observación de segmentos específicos de expresión cultural. No importa si con posterioridad un sinnúmero de elementos del mito han reclamado otro valor y otro sentido no coincidente con aquel que Lévi-Strauss le asignara, porque los principios de acercamiento continúan vigentes, al menos en este nivel. En circunstancias semejantes, la experiencia acumulada, y la incorporación de actitudes procedentes de otras disciplinas científicas, puede contribuir a un mejor conjunto de definiciones y a precisiones mucho más duraderas y hasta utilitarias.

Para una semiología que indague en la cultura popular, se hace imprescindible viajar, en este nivel, del modelo percibido a un modelo otro cuya conformación es, en principio, un proyecto. En este viaje inicial la aproximación se realiza hacia los contenidos ideológicos en los cuales se condensa todo el proceso de adaptación y asociación que los antecede. El signo, insistimos, no es una estructura estática, por cuanto los elementos que lo componen están siempre a merced de modificaciones, sino un acto de condensación significante cuya elección se define en el momento mismo de la enunciación.

La definición con la cual el nivel aprehensivo del método debe hacerse operativo se centra en una “cierta condensación del sentido”, según la frase de Roland Barthes. Para un acercamiento analítico al sistema de los signos, en cualquier hecho cultural, se necesita al menos un primer proyecto de percepción estructural y, desde ese paso, llegar a las posibles multiplicaciones del sentido dentro del propio sistema. “La propuesta del análisis estructural —escribe Roland Barthes en «¿Por dónde comenzar?»— no es la verdad del texto, sino su plural; por lo tanto el trabajo no puede consistir en partir de las formas para percibir, esclarecer o formular contenidos (para esto no sería necesario un método estructural) sino por el contrario, disipar, extender, multiplicar, movilizar los primeros contenidos bajo la acción de una ciencia formal”.[3] Es así cómo, de la percepción de la estructura, es posible pasar a la estructuralidad. Dinamitar y mover la tradición del conocimiento precedente, en una búsqueda de su funcionamiento lógico, dialéctico, siempre como fuente nutricia de significados y de un sentido múltiple del cual podemos hacer libre uso, permite al acercamiento empírico su contribución a las conclusiones científicas que los siguientes niveles habrán de reclamar. Esa movilización de contenidos bajo una ciencia formal, reclamada por Barthes, se realiza en el primer nivel de análisis.

Las principales limitaciones del estructuralismo han estado precisamente en la tendencia a hacer estáticos esos procedimientos de estructuralidad, a no desarrollarlos como prototipos móviles, luego de haberlos percibido como tales, y a colocar en su lugar los prototipos esquemáticos y rígidos que el propio Levi-Strauss aporta. No quiere esto decir que no sean operativos, sino que para que continúen siéndolo, o deben desecharse una vez que arrojaron el primer resultado tras el nivel aprehensivo, o deben ser transformados de acuerdo con las nuevas nociones paradigmáticas que arrojen.

Con una actitud estructural, y en el propio método que a partir de ella se conforma, es posible incorporar el método histórico como un importante componente de su interacción dialéctica, para vincularlo, en el proceso de los macroniveles, a aquello que como universal es convencionalmente percibido. La percepción de los microniveles, por su parte, puede ser asociada al espectro de lo que percibimos bajo cortes de más específico acercamiento, en sus ramificaciones casuísticas. Si nos aplicamos a una práctica metodológica de intercambios nutricios entre sus diferentes legados, tanto desde el punto de vista de los diversos métodos que actúan como fuente del conocimiento, como desde la visión general y específica de cada fenómeno de expresión cultural, estaremos en condiciones de apreciar los verdaderos valores que subyacen en las múltiples manifestaciones de lo popular y, lo más importante para el punto de partida en este primer nivel del método de comprensión semiótica, de aprehender los grados de complejidad enunciativa de sus tradiciones para un más pleno ejercicio de profundización.

Esta idea primaria de estructura, y la noción de estructuralidad a la cual dialécticamente nos conduce, componen, la base del método de comprensión semiótica. En la búsqueda de las líneas de conducta de una ciencia formal capaz de entenderse con el lenguaje y los diversos sentidos de las formas, el acercamiento empírico en que se fundamenta el nivel aprehensivo reclama partir, justamente, de esa tradición de percepción estructural. Ello permite, además, que lleguemos a autocomprendernos, inmersos ya en la valoración culturológica, justo en ese proceso de comprensión del fenómeno objeto de análisis, sin que se cuestione el rigor básico del análisis mismo, que no puede aflorar satisfactoriamente solo en su propio marco.

Así, estaremos en condiciones de soslayar los prejuicios al adentrarnos en la búsqueda de figuraciones y unidades de sentido con las que, efectivamente, se nos presentan las manifestaciones culturales de procedencia popular, ya a la par ya al margen del proceso productivo, ya en las siempre ricas experiencias del folclor.

[1] Robert Graves: Los mitos griegos I, Alianza Editorial, Madrid, 1985. V. mi columna «Criaturas del relato fantástico», en Cubaliteraria, Semiosis (en plural) [ ]

[2] Claude Lévi-Strauss: Mitológicas I. Lo crudo y lo cocido, Fondo de Cultura Económica, México, 1972. p. 23.

[3] Roland Barthes: El grado cero de la escritura seguido de Nuevos Ensayos críticos, Editorial Siglo XXI, 1973, pp. 220-221

Publicado originalmente en Cubaliteraria, Semiosis (en plural)

Confronte además: Cuatro niveles para el análisis en la Cultura

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a El nivel aprehensivo en la cultura

  1. mioasis dijo:

    La observación también es otro método muy efectivo y útil. Me parece muy interesante tu artículo. Soy fiel seguidora de tu blog. Un abrazo dde Pinar del Río
    http://oasisdeisa.wordpress.com

    • ogunguerrero dijo:

      Gracias, Isa, por la fidelidad. Este trabajo pertenece a un cuerpo de análisis mayor, que será un libro en algún momento, sobre la formación y desarrollo de lo popular en la Cultura. Y, como dices, la observación es componente esencial de este nivel de análisis, que son cuatro, si lo ves en el anterior: Cuatro niveles para el análisis en la cultura, y lo verás más desarrollado próximamente. Es teoría, desde luego, lo que hace más discriminada que muchos sectores sociales y acaso la más discriminada de las escrituras.
      Un abrazo para ti desde Sta Clara

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