El nivel metadiscursivo en la cultura

Jorge Ángel Hernández

En el Changüí de La Parranda cubana los rituales festivos se conservan, pero los elementos discursivos se combinan, rescatando símbolos convencionales, como la bandera y las figuras zoomorfas, y añadiendo al conjunto ritmos e instrumentos musicales de actualidad, y además numerosos referentes históricamente inmediatos

Luego del primer acercamiento al objeto de estudio en la cultura popular, dado por el nivel aprehensivo, la indagación para al análisis ha de adentrarse en el nivel metadiscursivo. Para ello, será necesario observar la diferenciación de las relaciones discursivas, tanto en el universo interno del discurso aprehendido como entre los diversos discursos que pueden acusar vínculos, directos o referenciales, con la propuesta a analizar. En primer orden, y para este nivel, es esencial la comprensión de la dialéctica que estructura estas relaciones para la propia clasificación del discurso dentro del ámbito de la cultura.

El objetivo del método dialéctico, de acuerdo con los presupuestos básicos planteados por Engels en el Antidüring, radica en la búsqueda de una historicidad, en una permutación constante de la causa por el efecto y en una sustitución permanente del efecto por la causa.

“La causa y el efecto —escribe— son representaciones que sólo rigen como tales en su aplicación al caso aislado, pero que, examinando el caso aislado en su concatenación general con la imagen total del universo, convergen y se diluyen, cuando contemplamos una trama universal de acciones y reacciones, en que las causas y los efectos cambian constantemente de sitio y en que lo que ahora y aquí es efecto, adquiere luego y allí carácter de causa y viceversa.”[1]

Es este, para Engels, justamente un proceso discursivo. La “senda dialéctica” —senda, camino, avance— que no pierde “jamás de vista las acciones y reacciones generales de la génesis de la caducidad, los cambios de avance y retroceso” lleva a una “concepción exacta del universo, de su desarrollo y del desarrollo de la humanidad, así como de la imagen por él proyectada en las cabezas de los hombres”.[2]

Al pasar al nivel metadiscursivo, el punto de mira se centra en los fenómenos sincrónicos, pues el relativo grado de unidad con que ellos se presentan facilita la aproximación analítica. Por demás, y como lo hemos aprendido en una de las herencias más juiciosas del estructuralismo, mediante la práctica de cortes sincrónicos a un sistema, se consigue el necesario paso de la noción de estructura a la de estructuralidad. De acuerdo con la explicación de Oswald Ducrot en su Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, “un fenómeno de lenguaje se considera sincrónico cuando todos los elementos y factores que pone en juego pertenecen a un solo momento de una misma lengua (= a un mismo estado)”.[3] O sea, que un mismo estado, observado en una o varias manifestaciones, deberá ser “elegido” por el investigador para estudiar culturalmente el fenómeno. Por consiguiente, los fenómenos sincrónicos son aquellos que actúan en un solo momento y en un mismo estado de un sistema, o de un metasistema, cultural.

Los desfiles de carrozas que observamos tanto en los carnavales como en la Parranda cubana, son un claro ejemplo de fenómeno sincrónico que, en su más general aceptación, puede ser comprendido dentro del subsistema de la fiesta que, a su vez, se atiene al orden sistémico de la cultura popular. De igual modo puede asumirse el modo en que los artistas populares “interpretan” los temas representados en la carrozas y reconstituyen elementos que provienen, en la mayoría de los casos, de referentes librescos, enciclopédicos en cierto modo. La metadiscursividad aporta el entendimiento de la sincronía en la manifestación cultural y prepara con ello las bases para el tercer nivel.

Al tener en cuenta la idea conceptual de sincronía para el análisis en la cultura popular, se puede deslindar el peligro constante del relativismo, no solo desde el punto de vista diacrónico, o histórico, sino desde otras perspectivas disciplinarias que deben aportar elementos resultantes. La diacronía lingüística, agrega Ducrot, se produce cuando intervienen “elementos y factores que pertenecen a estados de desarrollo diferentes de una misma lengua”.[4] Las tradiciones populares, que reeditan prácticas de estados diferentes al de la presentación como parte de su materia discursiva, ponen en riesgo esta división, sobre todo si se toma en un sentido estricto y se aíslan sus términos. Por ello acudimos a una percepción dialéctica, capaz de hacerlas dialogar, en contradicción, y sin que se anulen en la alternancia de dominios.

En el Changüí de La Parranda cubana, por ejemplo, los rituales festivos se conservan como si el estado actual de las poblaciones fuese el mismo del siglo XIX, o de inicios del XX, pero los elementos discursivos se combinan, rescatando los símbolos convencionales, como la bandera y las figuras zoomorfas, y añadiendo al conjunto ritmos e instrumentos musicales de actualidad, y además numerosos referentes históricamente inmediatos. De ahí que la aproximación sincrónica tampoco complete el método de análisis en la cultura y que muchos acercamientos no arriben a conclusiones profundas, permanentes, pues se limitan a indagar en sus bordes, es decir, en el nivel metadiscursivo.

Si en el nivel aprehensivo entraban en juego una serie de paradigmas ya cristalizados por el conocimiento, con el objetivo de ser reordenados en una exposición sintagmática, en el nivel metadiscursivo es preciso acercarse a una construcción sintagmática para determinar los paradigmas en que ella se sostiene. Se trata de la aparición de un sintagma, esto es: la asociación lineal de unidades culturales susceptibles de aparecer en sistemas no precisamente culturales dentro de los elementos del discurso específicamente cultural. Las divisiones entre lo cultural, lo social, las diversas actitudes miméticas del proceso productivo y la estandarización del mercado y el consumo del producto que debió ser artístico, para detenernos solo en ejemplos harto socorridos, trascienden a su estatuto semiótico de acuerdo con la agudeza misma de quien ejerce el análisis al aplicar ese primer nivel del método, aunque, justo sería reconocerlo, los grados de percepción pueden estar implícitos si, por las razones que fueren, el observador redacta ya directamente desde el segundo nivel.

Un discurso, en el sistema global de la cultura, es un evento en el que toda función significante mantiene una relación de correspondencia directa con la actividad comunicativa y, por ello, el orden de sus enunciados puede ser percibido en un uso sintagmático, según la línea trazada por los signos mismos. El signo, como estructura permanente, presenta un doble desplazamiento: simbólico, cuando la relación establecida por sus componentes internos privilegia los lazos de contigüidad, esto es, las figuraciones metonímicas, y, conceptual, cuando esa puesta en relación se fundamenta en figuraciones metafóricas, es decir, de semejanza. De ahí que las relaciones sintagmáticas se encuentren estrechamente vinculadas con los desplazamientos simbólicos del signo y que nos sirvan, con mayor facilidad, para la comprensión de los discursos culturales.

El carnaval, para tomar otro ejemplo, es enunciativamente un discurso que se forma bajo las normas del lenguaje de la cultura popular. En él se manifiestan, en sucesión vertiginosa, sintética y hasta elemental, procesos sociales que le permiten actuar, como un metasistema, en el plano de lo cultural. La aplicación abigarrada de sus múltiples acciones, responde a un orden de transformaciones discursivas asimiladas e incorporadas a su línea sintagmática en el transcurso de su larga duración. El enmascaramiento, la inversión de roles, la posposición del calendario, si bien son constantes de este tipo de festividad, ocurren siempre en una sucesión lineal dentro del evento a la que habrá de acercarse el nivel metadiscursivo.

En este punto entra a jugar un papel importante en la estructuración del método la semejanza entre la lengua y el habla, con sus correspondientes diferenciaciones, que nos permite extender al hecho cultural —del modo en que podría extenderse al hecho social además— sus estructuras conceptuales y no depender, al mismo tiempo, de las especificidades de la sintagmática lingüística. Todo evento cultural es discursivo en su presentación, por tanto, se enuncia discursivamente, como en el ámbito del habla, y a la vez se ejecuta en relación con la cultura que lo engloba, como en el ámbito de la lengua. Y todo discurso implica, además, un sistema semiótico capaz de propiciar la relación dialéctica entre la situación específica en la cual se constituye y las unidades que le permiten su desplazamiento. Por cuanto el discurso es siempre progresivo, en él se manifiestan todas las nociones que componen el concepto de cultura.

La imagen —imago que es representación de la naturaleza concebida por el hombre en la cultura—, se relaciona dialécticamente con las unidades discursivas específicas de cada suceso, evento y objeto de expresión cultural. Entre artistas, escritores, especialistas y teóricos, subsiste, aun cuando no siempre se haga explícito, la tendencia a suponer que las manifestaciones del folclor, y también las creaciones que surgen de lo popular, actúan como procesos miméticos del ciclo natural y que, por ende, se han desprendido, sin “contaminarse”, de una percepción intelectualizada. Semejante criterio muestra una de las aristas de nuestras supersticiones modernas, consistente en creer, por una parte, que la naturaleza permanece inalterada en algún mítico estadio y, por otra, que el ser humano que vive relativamente al margen de las transformaciones y avances tecnológicos permanece en circunstancias “naturales”. Aunque este es un asunto a dilucidar más adelante, advertirlo nos ayudaría a no proyectar la posible aplicación del método hacia conceptos de expresión simbólica que mal comprenden las manifestaciones de lo popular. Así, la constante relación entre la causa y el efecto, observada en su permanente sucesión, en el instante en que sacrifican su condición de categorías para integrarse a la función significante, confiere al sistema, justamente, su carácter sistémico.

La búsqueda en las transformaciones del signo en el discurso de las procesiones festivas, por ejemplo, revela relaciones que no responden precisamente a las teleologías icónicas que durante demasiado tiempo las disciplinas de análisis le han atribuido, sino a situaciones inmediatas de comunicación, al devenir permanente y permanentemente efímero de cada uno de los signos convocados. Los diferentes estados que expresan la diacronía del suceso, se colocan en función del estado único sincrónico del hecho folclórico en su discursividad. Dentro de un mismo discurso, son múltiples sus situaciones y sus transformaciones, como son múltiples sus situaciones en el acercamiento y la oposición entre diversos discursos.

El nivel metadiscursivo se desempeña, por tanto, en un acercamiento permanente, presto a sacrificar cualquier establecimiento de categorías a favor de nutrir la función significante y en virtud de no perder nunca de vista las transformaciones discursivas. El análisis de proyección semiótica, para ello, debe practicar constantes cortes sincrónicos que, partiendo del grado de condensación del sentido percibido en el nivel anterior, adquieran ya cierto grado de especialización. No se trata, entonces, de una condensación del sentido, sino de colocar al servicio de la significación en el discurso reminiscencias históricas tradicionales que se sumen al universo de los signos en esas manifestaciones portadoras de sentido.

Una aprehensión adecuada del suceso cultural debe facilitar que el punto de partida de la metadiscursividad no se sature en sí mismo, para que permita a la investigación, al análisis, el salto necesario de su estancia hasta el nivel próximo: el taxonómico.

Publicado originalmente en Cubaliteraria, Semiosis (en plural)


[1] Federico Engels: Antidühring, Editorial Pueblo y Educación, Ministerio de Educación Superior, La Habana, 1970. p. 32

[2] Ídem.

[3] Oswald Ducrot & Tzvetan Todorov: Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Siglo XXI Editores, 1984 (10a edición en español. Traducción: Enrique Pezzoni), p. 165.

[4] Ídem.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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2 respuestas a El nivel metadiscursivo en la cultura

  1. Dios! esto seguramente tiene que ver con tu tesis? te gusta complicarte, eh??

    • ogunguerrero dijo:

      Nada de tesis, Leydi. Esto es una mínima parte de un libro sobre cultura popular (de teoría) que he estado publicando a fragmentos en mi columna de Cubaliteraria, dado el nivel de discriminación que lo teórico recibe en nuestro panorama editorial.
      Mi tesis es más elemental: Estado e ideología en la actualización del modelo socialista cubano, y es también una parte, ajustada a los requisitos del caso, del libro en el que trabjo ahora mismo: Estado, Ideología y socialismo en el siglo XXI

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