Britto García y la contracultura

Jorge Ángel HernándezCameron como icono

La Editorial Arte y Literatura publicó en 2005 una obra inquietante, llena de ideas cuya vigencia golpea aún el panorama global que amenaza cualquier aspiración de mejoramiento social a través del ámbito de lo cultural: El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad.[1] Hilo conductor de esta obra es, por supuesto, la formación, uso y reproducción de la contracultura en el ámbito de la renovación posmoderna. Se trata de un análisis que va de lo conceptual a lo casuístico, con un grado de imbricación que es aleccionador respecto a la necesaria transversalidad que, por naturaleza, reclaman las investigaciones socioculturales. No vamos, sin embargo, a reseñar su sistema expositivo, sino a dialogar con algunos de los preceptos que indagan en la contracultura, cediendo con tranquilidad al placer de dejar descansar en la glosa la complacencia con el criterio propio.

En primer orden, el autor cuestiona, y desmonta, la anquilosada concepción que, artificialmente, separa forma y fondo. Y lo hace demostrando qué surge de ese empedrado camino de buenas intenciones:

“En su extremo máximo de perversión, esa dicotomía entre forma y fondo da lugar al kitsch. El objeto kitsch es aquel en el cual la diferencia entre contenido real y simbólico es tan fuerte, que el uno perturba al otro.” […] “el kitsch es testimonio de una civilización escindida entre esencia y apariencia” [p. 30]

O sea, que aquello que debe expresarse a modo de paradoja informacional, se escinde en un acto dicotómico. Esto permite a los mercados hegemónicos, y a las ideologías dominantes, manipular los niveles de sentido y mediatizar el gusto. Ejemplos abundan en esta propia obra.

Así, el elemento común de los nuevos cultos –y seudocultos– que surgen durante la agonía del pop consiste, de acuerdo con Luis Britto García, en “su agresivo rechazo al pensamiento científico, y una omnipresente regimentación disciplinaria de todos los aspectos de la vida”. [p. 121] Esos nuevos cultos contraculturales se hallan a demasiada distancia de los sectores populares de la sociedad –aunque, paradójicamente, de ellos mismos provengan– para que puedan desempeñar funciones de integración social, o de satisfacción de necesidades culturales en un ámbito mayor que el de la propia estrechez de su marco operativo. De ahí que el sociólogo venezolano asegure que estos “funcionan para sí mismos, e imponen rutinas disciplinarias que, lejos de facilitar la convivencia, extrañan y alienan a sus practicantes, sin otra motivación aparente que el amor por la disciplina misma.” [p. 122] Alienación y extrañamiento; dos elementos básicos para que el gesto contracultura despegue.

No es posible, sin embargo, calificar a la contracultura solo en su aspecto adaptativo, pues, según apunta con justicia él mismo, “la contracultura pasó de una pedagogía a una teoría política, y de una teoría política a una práctica, que la transformó en insurgencia”. [p. 135]

Si bien como insurgencia se muestra, en efecto, no significa que lleve en sí misma los elementos sistémicos que puedan dar origen a transformaciones sociales de importancia para los propios órdenes del sistema de relaciones sociales ni, incluso, para las bases contractuales que permiten la expresión cultural más allá del individuo en su círculo inmediato. Es algo que el capitalismo monopolista reconoce y utiliza en pleno beneficio, económico y propagandístico. Por ello, Britto García advierte con amarga ironía que “una cultura no es más que una contracultura convertida en mercado”. [p. 166] Esta sentencia es en rigor el colofón que intenta sacudirse el pesado lastre de la decapitación de las ideologías, para lo cual, también irónicamente, apunta: “Significativamente, la prédica de la muerte de las ideologías coincide con el nacimiento de la postmodernidad”. [p. 140] Sin embargo, el autor no comparte esa académica conformidad, y acota de inmediato: “El mero avance tecnológico de los invasores no explica íntegramente estos colapsos… Es necesaria la incapacidad de reacción de todo un sistema para que una minoría imponga su voluntad basándose en precarios recursos tecnológicos que a la larga serían inútiles contra un pueblo coherente y dotado de capacidad para aprender”.

De igual modo, ironiza a costa de ciertas prácticas contraculturales que –en ese mismo ciclo de iconización del símbolo– como novedad emergen a la pública opinión:

“Estrictamente hablando, toda la teoría de la liberación femenina fue desarrollada por Platón, quien, al señalar que en un Estado donde impera la justicia cada ciudadano debe ocuparse del oficio para el cual es más apto, añadió que debía darse también esa oportunidad a las mujeres, tomando en cuenta como único criterio selectivo el grado de aptitud individual presentado por cada una de ellas, y no el sexo” [p. 169; Cf. Platón: La República]

Opina además en esta obra el siempre agudo analista que “la colectividad industrial responde a esta necesidad de símbolos distintivos como si se enfrentara al problema de producir una mercancía y, por consiguiente: a) adopta símbolos, y b) procede a su comercialización masiva, hasta el extremo de aquellos que pierden todo significado distintivo y pasan, de señales de exclusión y de protesta, a señales de conformismo, con lo cual se produce c) la inversión del significado” [p. 193]

Considero, por mi parte, que la industria cultural se cuida muy bien de producir símbolos, o de apropiarse de ellos propiamente; si así lo hiciera, apenas estaría reconfigurando la plenitud individual, humana y cultural, de los consumidores, pues el valor del símbolo radica en que, al enunciarse y trascender el canal, simboliza, hace pertinente la simbolización de aquello que se significa. El proceso que en rigor lleva a cabo la industria cultural, y que mejor se ajusta a la visión de Britto sobre la reproducción simbólica, se inicia con la iconización de esos símbolos que van a ser reproducidos. O sea, lo simbólico se ve reducido por lo icónico, en virtud de hacer socialmente estática la significación y, sobre todo, de estandarizar cualquier expresión que simbolice las posibilidades de cambio social. Solo así queda listo para su multiplicación.

Y esta transformación se produce a partir de un redundante proceso de reconstitución significante que domina y limita el carácter icónico de esos símbolos que de algún modo tienen pertinencia en la significación social. Luego esos iconos, en el juego entre la moda y la comercialización, serán reajustados, de manera que se haga fácil, y altamente rentable, la empresa que los reproduce. No es que no importe que la moda los coloque en órbita sin atender a lo que pudieran significar, sino que se necesita que no complejicen su sentido, es decir, que no simbolicen en esencia. Ese es el fundamento del kitsch y el subproducto cultural: la usurpación del sentido simbólico del signo por parte de un proceso de iconización de cualquier símbolo que pueda servirle de funtivo. Aparece entonces, con efectividad asombrosa, la degradación de los significados.

Y el doble juego se expande, en general, mediante modas. Modas que no son solo sujetos manipuladores de masas populares, sino además condicionantes de esos sectores que, en el plano de lo cultural, se representan como por encima de la sociedad. No por gusto, y de acuerdo con el mismo autor,

“la moda cultural intenta separarse de la religión por un supuesto llamado a la inteligencia, a la «razón», a la «ciencia». En este sentido no es más que la coartada de un pensamiento religioso o mágico que se avergüenza de reconocerse como tal en un entorno donde el pensamiento científico de la modernidad es aceptado como determinante. De allí que toda moda cultural busque poner de acuerdo simbologías antiguas con hechos científicos contemporáneos, prestándole a aquellos el prestigio de estos”. [pp. 127-128]

En el proceso de transformación de la ropa de moda proveniente de sectores baratos, entra en juego un proceso identitario (en sus marcos de alienación) de creación popular a partir de la necesidad. Si la tela de hilo y los tejidos Christian Dior se pudiesen adquirir a precios irrisorios, esos sujetos los emplearían, entonces, transformándolos de manera que no representen aquello para lo cual fueron diseñados. Así la moda figura y desfigura su necesidad de evolución.

Como no basta con la intención del enunciatario para significar, las manifestaciones contraculturales se ven en la necesidad de “explicar” sus “simbologías” a través del propio sistema que manipula y controla la opinión pública. La explicación conlleva a un establecimiento de codificación elemental, de diccionario, que no le permite hacerse pertinente en extensión simbólica. Estas expresiones, al buscar su extensión en el ámbito social referente, dominador de sus sujetos productores, trazan su propia decadencia y, lo peor, su individualidad siempre finita.

En este orden, nuestra cultura enfrenta una paradoja regenerativa de muy difícil solución: en tanto es necesario conseguir un efectivo, y desalienador, proceso de socialización cultural, las expresiones culturales sufren una constante incidencia de virus de mediatización y estandarización en el mismo escenario en que se van socializando. Preceptos de creación que parecerían ser universalmente válidos en un primer nivel, pueden mostrarse ineficientes en un nivel próximo, siéndolos o no. Si son indiferentes en efecto, estos preceptos actuarán contra la propia base cultural del sistema en que se manifiestan; si se fundamentan por su pertinencia a posteriori, sus consecuencias pueden actuar en el interior de la dialéctica del sistema. Así, según el propio autor, “de la afectación de la riqueza se cae en una igualmente falsa afectación de la miseria”. [p. 195] Simulación de lo barato, de acuerdo con la expresión de William Borroughs.

Britto García fustiga con enconado estilo la carencia de esencias en esas manifestaciones contraculturales, sin dejar de advertir, no obstante, los fundamentos del fenómeno que les da origen. Por tanto:

“Antes que de liberación de la mujer, habría que hablar de volatilización de la familia. Ese cambio redundaría en un incremento simultáneo de la libertad y de la soledad. Están por verse los resultados sicológicos de esta forma de vivir. Hasta el presente, la naturaleza sociable del hombre ha determinado que toda separación del vínculo hasta cierto punto natural de la familia redunde en una entrega proporcionalmente mayor a familias sustitutivas, como la sociedad, la Orden religiosa, la causa política, la amistad y en general el grupo, sea este profesional, deportivo o terapéutico. A medida que Dios y la familia mueren, dejan vacíos cuya ocupación no es sencilla. Se intentan sucedáneos de ambos: a la lucha heroica por librarse de aquellos, sucede una batalla cómica por encadenarse de nuevo a sus cadáveres, y el miedo a la libertad conduce a rituales de resurrección ante las tumbas.” “el trabajo doméstico no es improductivo: satisface de manera directa las necesidades de consumo y socialización más esenciales de la vida humana. Tampoco es impagado —por cuanto su recompensa consiste en compartir el nivel de vida generado por el trabajo asalariado de otros miembros de la familia”.

“la liberación femenina es el abandono por la mujer de estas categorías de asistencia recíproca comunal independiente, para adherirse a las prácticas económicas —trabajo especializado, extrafamiliar, competitivo y cuantificado en un salario— de la modernidad.” [p. 176]

El propio desplazamiento de los estamentos simbólicos de la modernidad por los contraestamentos relacionales de la posmodernidad, se constituye en un ciclo de supeditación dicotómica, justo desde sectores culturales que, al verse por demasiado tiempo por encima de la sociedad, se descubren de pronto fuera de ella: ya ni tan siquiera por encima.

“Lo que ha puesto en jaque a la modernidad –afirma Britto García– no ha sido el «exceso» o el «totalitarismo» de la razón, sino la unilateralidad de esta, la supersimplificación de aceptar como norma universal el parcial raciocinio del burgués o del burócrata o del técnico” [p. 258] Y confirma más tarde el derrotero posmoderno:

“La postmodernidad, en lugar de desalojar a los metarrelatos, habría creado otro género de ellos: los semánticos, reveladores del sentido oculto de los actos y signos más triviales” [p. 270]

“Toda la crítica postmoderna enfatiza esta falsa oposición ente racionalidad, perspectiva social emancipadora y estética, lo cual no es más que una manera inepta de equiparar estética, irracionalidad y alienación social” [p. 275]

He aquí parte de las claves de por qué esta obra aún tiene mucho que decirnos.

[1] Luis Britto García: El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad, Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 2005. Se consignarán las páginas donde las citas aparecen, puesto que de esta misma obra proceden.

Fuente: Cubarte

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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