Aventuras de Sísifo dichoso

Jorge Ángel Hernández

Publicado en CubaliterariaSisifo dichoso

“Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”, concluye Albert Camus en su tantas veces citado El mito de Sísifo, pues lo ve, de acuerdo con la frase de Homero, como “el más sabio y prudente de todos los mortales”; sabiduría y prudencia que se sustentan nada menos que en la capacidad de ser “el héroe del absurdo”. “Lo es —confirma Camus— en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra”.

El personaje que Camus enfoca no es, en rigor, el que debió tomarse de la cultura clásica en un convencional gesto de apropiación, sino el entresacado por él de la tradición puesta a prueba por los desplantes lógicos de la actualidad. Y es, además, el que él mismo quisiera proyectar una vez apresada la visión de sí. De tal modo que acepta como sabia la condena, y se pregunta: “¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?”.

A continuación ejemplifica y define lo que avizora como el núcleo esencial de ese castigo:

El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio. Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría.

Se trata, en esencia, de la dicha de asumir el destino que nos corresponde, absurdo a toda costa en la visión del autor de El extranjero. Un mito, a fin de cuentas; pues otra cosa sería que diariamente topásemos con ese hombre y su carga como con, pongamos por ejemplo, el simpático y maloliente pregonero que bordea incansable el centro de nuestra ciudad. No hay tragedia en su sino, porque no hay conciencia: la deficiencia mental lo garantiza.

Y así me veo, escritor-personaje a cada paso.

Cargo la piedra como si fuese carne de mi carne, sin que le importe en realidad a quienes dejan que el castigo se recicle en plena impunidad. Pero, en tanto la visión de Albert Camus nos conduce a un mito y, luego, a un ideal del absurdo proyectado en actitud; la mía de hoy mismo se duele de una realidad palpable, de una frase que el existencialista se negaba a escribir con toda letra: el ser social determina la conciencia social.

La disyuntiva es, por consiguiente, simple: el escritor que hoy somos, o apenas consigue aspirar a ser un Sísifo dichoso —es decir, un pregonero simpático y absurdo, que ignora olímpicamente aquel epigrama de Guillén: “Qué delicia / ser tonto sin saberlo”— o, por el contrario, sucumbe en la tragedia al hacerse conciente de su situación. No es posible, en nuestros días, ser escritor y nada más en esta tierra. Y, sin embargo, seguimos promoviendo el talento literario con editoriales, instituciones, talleres, tertulias e iniciativas varias y entusiastas, y —lo que va más allá— a cada paso cargamos con la mole de letras y de tropos. Una política cultural que ha soportado los embates de la crisis global y, sobre todo, del derrumbe del socialismo europeo y sus mecanismos de intercambio comercial, se resiste a despedirse de su implicación con las funciones básicas de los escritores. ¿Qué buscamos, un atajo de Sísifos dichosos, o un ser social cuya conciencia responda a mejorar, de verdad, la sociedad? Porque un escritor es, también, un ser humano que carga su existencia con los mismos recursos que su semejante, un proletario de sus propias ideas que se alimenta de metáforas y símbolos únicamente en el nivel simbólico.

En tanto el destino se acepte con mítico entusiasmo, seremos Sísifos dichosos, monótonos viajantes de la imaginación. Luego, dado el caso de que hagamos conciencia del malsano designio de los dioses, seremos trágicos fantasmas de una ruta que, a la postre, ha de superar el dictamen de expulsión de la República platónica para transmutarlo en materia residual presta a finito reciclaje. Mientras, unos seguimos acarreando, pues se trata de un algo a lo cual es imposible renunciar, evitando los peligrosos flujos de conciencia; otros, por su parte, escancian la copa del olvido y hermosean la tragedia con fórmulas probadas de tergiversación. Eso sí, cada uno proyectando con esmero las propias visiones de sí mismo, puliendo hasta cegarlo el espejo de Narciso, amontonando, en una frase, el mito sobre el mito.

¿A cuántos, a quiénes y en qué medida importa el destino del Sísifo que somos?

Son preguntas de siempre que, no obstante, deben ser respondidas de acuerdo con el curso inmediato de la vida. Y en la respuesta, atenerse no solo a la idea voluntariosa, sino, además, al flujo inmediato de los hechos, con sus consecuencias de posterior desarrollo en sociedad.

Observo, por ejemplo, que los autores de libros reciben una remuneración muy inferior a aquella que suele otorgarse a autores de guiones televisivos o radiales. Y que autores de artículos, ensayos y poemas, al ser incluidos en publicaciones periódicas, recibimos, por ley de más de treinta años de data, un irrisorio pago. ¿Son embates infiltrados de un concepto racional capitalista de economía, o desviaciones discriminatorias de los mecanismos de aplicación de las políticas culturales? ¿Responden esas marcadas diferencias de remuneración a un error perceptivo, y estratégico, de los organismos de representación directa? Si lo observamos en el nivel simbólico, los niveles de reconocimiento a autores de libros superan con creces a los que se extienden a autores televisivos y radiales y —me arriesgo a asegurarlo— guionistas de cine. De modo que, mientras el juicio de valor es alto y perceptible, las estrategias de remuneración se hacen estrechas, insensibles a veces. Y si atendemos a los niveles de propaganda masiva, la proporción es inversa, aunque, a mi juicio —un tanto subjetivo en este caso—, no tan desproporcionada como en el caso del reconocimiento simbólico.

Somos, aun así, un ejército de Sísifos dichosos, superpoblando el panorama cultural cubano, cuya política establece, sin embargo, que debemos seguir desarrollándonos. Los insumos del libro crecen en sus costos y, así mismo, se elevan los precios de los productos necesarios para la subsistencia. Tiene que haber, por tanto, un equilibro contractual que se resista al curso inevitable de la alienación, que mida al escritor por su función en sociedad, por la repercusión de su obra. Esta es la carga del Sísifo que asume la función de gobierno. Si, por ejemplo, esa carga se compone apenas de cifras y ganancias, el ejército de Sísifos que escribe se irá diezmando en dolorosa sucesión. Será un momento de dicha transitoria que, al día siguiente, se convertirá en un más duro trayecto hacia la cima, con un más angustioso regreso a recoger la piedra.

Si, por el contrario, el Sísifo en gobierno desembolsa a mares, sin detenerse a pensar que el resto de la sociedad carga esos costos, al día siguiente de la dicha, las fuentes de financiamiento se habrán visto en la ruina y la multiplicación de Sísifos amargos será alta. No es, por tanto, un asunto de crimen y castigo ni de sencillas decisiones inmediatas, sino de carga a llevar y de objetivo. De fines y de medios en plena relación. Pero, eso sí, ha de tenerse en cuenta, en primer orden, que el Sísifo que escribe, carga aún con la piedra, ¡tan pesada!

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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